2015-12-17

De la religión nazi a la religión capitalista

Mein Kampf (Mi lucha), el bestseller de Adolf Hitler que vendió 12 millones de ejemplares entre 1925 y 1945, que muchos consideran un manifiesto programático de lo que habría de ser el nazismo, vuelve a estar hoy de actualidad. Y es que el próximo 1 de enero de 2016 vencerán los derechos que ostentaba el Land de Baviera que suponían la prohibición de facto de su publicación desde hace 70 años. El tema está en el candelero, el Instituto de Histoira Contemporánea Múnich-Berlín publicará una edición comentada, y otras obras alrededor del tema aparecen en estos días y son presentadas y debatidas en los foros culturales alemanes. Los expertos sobre el tema se pronuncian sobre si debe o no publicar, si debería o no haberse publicado antes. Hablan de los efectos que esto tendría o habría tenido, de la instigación de la violencia, del resurgimiento del fenómeno, del respeto a las víctimas del nazismo. Pero pocos se refieren a la cuestión que a nuestro parecer es la central.
"En el nazismo puede reconocerse una religión. Es decir: el nazismo sirve esencialmente a la satisfacción de los mismos cuidados, tormentos y desasosiegos a los que antaño solían dar una respuesta las llamadas religiones. La demostración de esta estructura religiosa del nazismo –no sólo, como opina Weber, como una formación condicionada por lo religioso, sino como un fenómeno esencialmente religioso– derivaría aún hoy en una polémica universal desmedida. [...] Tres rasgos, empero, son reconocibles, en el presente, de esta estructura religiosa del nazismo. En primer lugar, el nazismo es una pura religión de culto, quizás la más extrema que jamás haya existido. En él, todo tiene significado sólo de manera inmediata con relación al culto; no conoce ningún dogma especial, ninguna teología. Bajo este punto de vista, el utilitarismo gana su coloración religiosa. Esta concreción del culto se encuentra ligada a un segundo rasgo del nazismo: la duración permanente del culto. El nazismo es la celebración de un culto sans trêve et sans merci. No hay ningún «día de semana», ningún día que no sea festivo en el pavoroso sentido del despliegue de toda la pompa sagrada, de la más extrema tensión de los fieles. [...] La trascendencia de Dios ha caído. Pero no está muerto, está incluido en el destino humano. Este tránsito del planeta hombre a través de la casa de la desesperación en la absoluta soledad de su senda es el ethos que define Nietzsche. Este hombre es el superhombre, el primero que comienza a practicar de manera confesa la religión nazi."

Esta cita es del texto "El capitalismo como religión" de Walter Benjamin, escrito alredor de 1921 y publicado en 1985 (trad. Enrique Foffani y Juan Antonio Ennis). Lo único que hemos hecho es cambiar la palabra "capitalismo" por "nazismo". A pesar de la dificultad del tema, lo cierto es que el texto sigue teniendo sentido con este cambio. Nos parece especialmente iluminadora la frase "La trascendencia de Dios ha caído". En efecto, la principal característica de la religión capitalista es su inmanencia. No es una casualidad que esta tenga mucho que ver con dos religiones eminentemente trascendentales, iconoclastas, abstractas, como son el protestantismo y el judaísmo. El clásico de Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1901), al que se refiere Benjamin en su texto, nos habla de cómo la religiosidad capitalista supone una suerte de continuación de la protestante, especialmente de sus sectas más puritanas. En Los judíos y la vida económica (1911) Werner Sombart nos ofrece una perspectiva gemela de la de Weber, en este caso mostrando lo que la religión capitalista le debe al judaísmo.

En efecto, podemos decir que la religión capitalista se construye sobre un núcleo central judeo-protestante, al que se le incorporan otros elementos para configurar una nueva síntesis. Lo que es singular de la transición del judaísmo y el protestantismo al capitalismo es que en el momento en que la trascendencia de Dios llega a su extremo, en que se convierte en pura idea desencarnada, al mismo tiempo esta trascendencia "cae" en la inmanencia, de alguna manera vuelve a reencarnarse en la realidad concreta. Todo el curso de la civilización occidental, desde el idealismo platónico a la Ilustración, desde el positivismo a la "muerte de Dios" nietzcheana, se puede interpretar de manera general como el proceso de transformación de un dios trascendente, primero en toda una serie de categorías de conocimiento abstractas —la lógica, los principios de identidad y contradicción, de causalidad, de espacio y el tiempo— y después la "caída" de todas estas categorías en la realidad inmanente, hasta fundirse con ella inextricablemente. El "plano de inmanencia" al que Gilles Deleuze y Félix Guattari quieren reducirlo todo abunda en esta tradición y supone una renuncia radical a la trascendencia. Pero la trascendencia tiene la manía de no dejarse expulsar, de esperar agazapada detrás de las pantallas de la inmanencia, de saltar a la realidad cuando menos se la espera.

Se puede decir que el capitalismo era una religión fundamentalmente inmanente en el comienzo del siglo XX en el que Benjamin escribió este texto. Hoy, un siglo después, muchos de los desarrollos tardocapitalistas —del terrorismo hollywoodense a las pandemias de laboratorio, del cambio climático geoingenierizado a los sacrificios de estrellas MkUltra, de la deuda infinita al dinero ficticio— deben ser interpretados como la introducción de elementos trascendentes que dotan al conjunto de mayor relieve, siguiendo la metáfora espacial. Pero la estructura elemental capitalista —el intercambio de mercancías en base a su valor de cambio, el fetichismo de la mercancía y del dinero, la transformación de las relaciones humanas en relaciones mercantiles, de las personas en cosas—, sigue siendo fundamentalmente inmanente.

En cuanto al nazismo, y en general a todos los totalitarismos, nos encontramos otra vez con la lógica de una religión inmanente, tal como mostró Eric Voegelin. Si estos regímenes tienen tanto poder de movilización, de conmoción, si se hace difícil comprenderlos desde enfoques racionales, sistemáticos, es sobre todo porque son fenómenos esencialmente religiosos. No religiosos de la manera que lo son las grandes religiones trascendentes occidentales, sino justamente en el sentido opuesto, como religiones inmanentes en las que la trascendencia "cae" y se confunde con la inmanencia. En este sentido podemos interpretar las marchas militares, los desfiles, los discursos encendidos del Führer, toda la liturgia y el ritual, la parafernalia de las banderas, los estandartes, las esvásticas, los uniformes... También el best seller Mein Kampf. Si todo esto tuvo tal poder de fascinación es porque se trataba de una religión inmanente de un tipo completamente nuevo por aquel entonces, en la que todos estos símbolos eran tremendamente poderosos. Porque eran símbolos encarnados, precisamente por esa trascendencia "caída" de la que nos habla Benjamin.

Como religiones predominantemente inmanentes, el capitalismo y el totalitarismo comparten mucho más de lo que parece a primera vista. Algo parecido podríamos decir del comunismo. Lo que está en el fondo de todas estas religiones es precisamente su inmanentismo, la falta de relieve trascendental. Que el capitalismo tardío está detectando y resolviendo, de manera que la violencia estructural del sistema se desborde intencionadamente en ciertos fenómenos, y sirva así, mediante la lógica del terror inquisitorial de otras religiones, incrementar la violencia en ciertos puntos o la violencia estructural en general. Terrorismo de bandera falsa = legitimación de guerras de conquista en las periferias y policialización del Estado en los centros.

Curiosamente los 12 millones de ejemplares vendidos de Mein Kampf hasta muerte de Hitler doblan los supuestos 6 millones de judíos exterminados por el nazismo, que la propaganda sionista nos trata de vender. Es como si cada dos libros de Hitler hubiese provocado un judío sacrificado. La simetría entre ambos fenómenos y la posible relación entre las cifras tiene más sentido de lo que parece. Sabemos que los 6 millones de judíos es una cifra simbólica, relacionada con la Estrella de David, pero muy alejada de la realidad. Lo que tratamos de decir es que Mein Kampf y el holocausto judío configuran una curiosa simetría, todo ello en el marco de la mitificación del nazismo, y al mismo tiempo que la del capitalismo. Sabemos que el Holocausto ha sido tremendamente manipulado, no solo en el número de las víctimas sino también en elementos muy concretos y simbólicos como la existencia real de las cámaras de gas. Diversos historiadores han puesto en cuestión su existencia y se han tenido que enfrentar a la represión del régimen capitalista e incluso a penas legales, todo ello bajo el control que el sionismo ejerce sobre el nazicapitalismo.

De lo que se trata es de entender, como ha mostrado Alain Soral, que el Holocausto es uno de los mitos fundamentales de la religión capitalista. Si todas las manipulaciones históricas del Holocausto, así como su dramatización hollywoodense —también controlada por intereses sionistas como ha mostrado Rafael Palacios en La historia secreta de Hollywood—, gozan del privilegio de una protección legal ilegítima, es porque el Holocausto funciona como mito, como acto fundador, como victimización exagerada y permanente de los judíos, en el marco de la religión tardocapitalista. Y en esta mitología Mein Kampf de Hitler es justamente la contrafigura. Ambos fenómenos configuran una simetría singular —que ha podido también llevar a la manipulación de la cifra de los 12 millones, como la de los 6 millones—. Porque en todo sacrificio hacen falta la víctima y el verdugo, que representen los papeles del bien y del mal. Por una lado la inocencia y la bondad de las víctimas, y por otro el paroxismo de la maldad encarnada en la figura de Adolf Hitler. La gran coartada que es el nazismo, financiado por el capital sionista para desencadenar la Segunda Guerra Mundial y poner por fin a la crisis de 29, la bandera falsa que es el Holocausto, no podía terminar mejor que con la muerte de su supuesto autor intelectual. De la misma manera que los patsies que cometen los atentados terroristas de bandera falsa, manipulados por las agencias de inteligencia occidentales, son asesinados después de cometerlos para cerrar la carpeta.

Si Mein Kampf no ha sido publicado en Alemania desde hace 70 años no es por las razones que aducen los expertos, no es porque no se quiere instigar la violencia, o por el respeto a las víctimas. Si la biblia del nazismo ha permanecido en la sombra, es porque se quería que formase parte del mito del malvado Hitler. Y así encubir maldades más profudas y más estructurales. Así ocultar la profunda afinidad entre el nazismo y el nazicapitalismo. Como mito simétrico del mito del Holocausto. Porque leerlo contribuiría simplemente a desactivar su poder mitificador. Aunque aparentemente el nazismo, Hitler y el Holocausto pertenecen a otra época, a otro régimen, en realidad alimentan de manera profunda y secreta el régimen actual. La religión nazi no es más que el núcleo secreto de la religión tardocapitalista, operando como vacío, como supuesta oposición. La farsa de la democracia y del Estado de derecho que nuestro régimen totalitario capitalista escenifica en sus medios de propaganda se sostiene en buena medida gracias a esta oposición. Democracia ≠ totalitarismo, nos dicen las marionetas políticas y los intelectuales del régimen. Pero toda esta propaganda encubre una afinidad muy profunda entre el totalitarismo nazi y el totalitarismo tardocapitalista. Solo hay que seguir las trazas de los científicos nazis que trabajaban en proyectos de investigación aberrantes, y que siguieron trabajando en continuidad después de la guerra para las potencias aliadas, a través de la Operación Paperclip; solo hay que entender hasta qué punto la ciencia y la tecnología de punta son hoy los elementos fundamentales que dan forma a nuestras sociedades totalitarias, a través de la geoigenieria y la socioingeniería, de la guerra sísmica disfrazada de catástrofe natural, de la guerra climática enmascarada detrás del supuesto calentamiento, de la guerra transgénica enmascarada detrás de la ayuda al desarrollo, de la guerra biológica que encubren las pandemias, etc... para entender la afinidad entre el totalitarismo nazi y el totalitarismo tardocapitalista. En ambos, esta dimensión científica de alto nivel, de base secreta y agencia de inteligencia, juega un papel central. Pero también toda la parafernalia mediática, propagandística, ritual, que nos permite hablar de religiones. En cierta medida inmanentes, porque sus mecanismos nos rodean, porque sus dioses se han multiplicado al infinito. Pero también, en cierta manera, trascendentes, porque la trascendencia se ha fundido de manera muy singular con la inmanencia hasta encarnar muchos de los dispositivos y símbolos del sistema; porque la violencia estructural se desborda en muchos de estos fenómenos configurando nuevas formas de epifanía de lo sagrado desconocidas en las religiones tradicionales.

Comprender los totalitarismos clásicos se convierte en una tarea fundamental para comprender el totalitarismo capitalista global de hoy. Difícilmente se puede luchar contra este régimen si no se comprende esta lógica religiosa, si no se adoptan una actitud y una práctica herejes. No sólo se trata de comprender la dimensión religiosa del nazicapitalismo contemporáneo. Además, aunque esto pueda chocar a algunos, creemos que no se puede sostener una verdadera lucha contra este sistema salvaja e inhumano sin una cierta contrareligiosidad.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/