2015-12-12

El anarquismo y las tríadas miméticas

Los anarquistas dicen que una de las claves de la revolución es la iniciativa individual. Que esta es la clave para superar el autoritarismo. Dicen que uno de los problemas de las experiencias revolucionarias es que, por comodidad, por dejadez, se delega la responsabilidad y el liderazgo a ciertas figuras, de manera que las prácticas vuelven a caer en las perversiones de la sociedad autoritaria que se pretende superar. Dicen que para evitar esto la clave está en la iniciativa individual, que evitaría justamente caer en esta suerte de dejadez, de comodidad, de inercia, de inmobilismo, que son precisamente las lacras que constituyen la sociedad autoritaria. Dicen que las instituciones autoritarias de la sociedad impiden el desarrollo y las actividades libres del individuo, y que para ello la clave es la iniciativa individual. Dicen que la experiencia revolucionaria se basa en esta iniciativa, que supone la práctica y la experimentación permanentes, la prueba y el error, el aprendizaje constructivo y progresivo. Dicen que para construir lo nuevo hay que destruir lo viejo. Dicen, en suma, que para alcanzar la autonomía y la independencia, para liberarse de las estructuras de dominación, el primer paso es no reproducir en las experiencias anarquistas estas estructuras autoritarias, y que para ello la clave está en la iniciativa individual.[1]



Bienvenidas sean todas las iniciativas que pretenden superar el autoritarismo, que ponen en cuestión el orden dominante, que deciden tomar iniciativas que apunten a otras formas de organización social. Bienvenidos todos los radicalismos porque las sociedades solo evolucionan en base a ellos. Animamos y apoyamos todas las ideas, todas la experiencias que pongan en cuestión las formas sociales existentes y que sugieran, propongan, muestren, ensayen, experimenten otras modalidades de relación e interacción social. Pero si queremos poner en práctica una experiencia verdaderamente radical debemos también aclarar algunas cuestiones básicas alrededor de las nociones de individuo, de libertad, de iniciativa, de autoritarismo, si no queremos que estas experiencias pretendidamente anarquistas nos atrapen aún más en la estructura autoritaria de la que pretenden liberarnos.

Para empezar hay que entender que la noción de individuo es una construcción social y cultural, precisamente de la cultura autoritaria. Sabemos que el pensamiento dominante occidental ha mitificado desde hace siglos al individuo, ha elogiado las virtudes del individualismo, ha fomentado por activa y por pasiva la libertad individual. Especialmente el liberalismo y el capitalismo que hoy dominan. Pero se ha tratado siempre de una trampa ideológica, moral, religiosa. Quizás la trampa más grande de esta sociedad tremendamente autoritaria, pero que ha desarrollado mecanismos de dominación muy sutiles, basados precisamente en esta supuesta libertad individual. Habría que ir más allá de los filósofos griegos para entender hasta qué punto la individualidad es sobre todo una forma de dominación, recordar los rituales de los muertos del Antiguo Egipto, en los que los difuntos debían comparecer individualmente, realizar una declaración de inocencia que prefigura los mandamientos cristianos. Individuo y responsabilidad, individuo y culpabilidad, individuo y muerte, individuo y Juicio de los muertos. Pero el individuo no es más que la otra cara de la moneda de la masa. Tanto el individuo como la masa son las dos formas en las que el orden dominante liberal-capitalista nos transforma para hacernos objeto de su dominación. En eso consisten la "anatomopolítica" y la "biopolítica", en convertir al individuo y a la masa en objetos de dominación. O te agarro por arriba o te agarro por abajo, pero seguro que no te escapas. La libertad individual es, como el individuo mismo, un mito, una ideología, una creencia, construida por el orden dominante para someternos y además hacerlo de manera que creamos que somos libres.

Cuestionar radicalmente el orden dominante supone por lo tanto poner en cuestión antes que nada las mitificaciones de las nociones de individuo y de libertad individual, y con ello la de iniciativa individual. También las de pareja y familia. Pero antes que nada la de individuo, pues para liberarnos de esta tiranía necesitamos ser conscientes de hasta qué punto estamos atrapados en la red ideológica, moral, religiosa del individualismo. Del individualismo, insistimos, como una forma de religión. De hecho hoy, a pesar de las apariencias, la familia tradicional constituye una de las instituciones de resistencia a las dinámicas de dominación capitalistas más importantes, especialmente aquellas que han tomado como objetivo de su destrucción el erotismo, el amor y la fertilidad humanas.

Para comprender la noción de individualismo en el régimen capitalista hay que entender que en este la verdadera sociedad, desde un punto de vista estructural, es la sociedad de las mercancías. Hay que reconocer que las personas en el régimen de la "mercancía autoritaria", como ha dicho Tiqqun, están supeditadas a las mercancías, que solo las personas que están en una posición de dominación adquieren, en una cierta medida, el estatus de personas, a pesar de que siguen sometidas al orden de las mercancías que lo domina todo porque la lógica de dominio es la mercantil. La estructura del régimen capitalista es la del intercambio mercantil, en el cual todo termina reduciéndose, por activa o por pasiva, al estatus de mercancía, en el cual la relación social fundamental es la de las mercancías con otras mercancías, a través del valor de cambio. Lo mismo las mercanías profanas que la mercancía sagrada, es decir, el dinero. De esto nos ha hablado Marx en el primer capítulo de El capital. Al menos este primer capítulo, hasta el "fetichismo de la mercanía", debería ser de lectura obligada en los institutos. Pero lógicamente los dominadores no quieren que los dominados conozcan como ejercen la dominación. Lo mismo podríamos decir de la creación de dinero fiduciario, pero nos saldríamos del tema... Volviendo a la estructura de intercambio mercantil, esta lleva implícita la dominación total de las personas y nos está conduciendo progresivamente a un orden cada vez más autoritario, cada vez más violento, cada vez más hipócrita y más cínico, cada vez más anestesiante, cada vez más transformador de las sociedades y de los individuos en el peor sentido de la palabra. Para convertirnos precisamente en mercancías, pues es en tanto que mercancías como más eficazmente el sistema puede dominarnos, controlarnos, manipularnos, reprimirnos. Las dos caras de la moneda, el individualismo y la masa, no son más que las dos formas en que este orden de la "mercancía autoritaria" nos está transformando progresivamente en eso, en mercancías, en entes productores y consumidores, calculadores, apáticos, independientes, individualistas, hipócritas, cínicos.

Si queremos liberarnos de las estructuras autoritarias antes que nada necesitamos comprender cómo estas funcionan. Necesitamos comprender que la estructura básica de las sociedades no puede reducirse a menos de tres individuos. René Girard nos ha hablado de estas tríadas en el contexto del mecanismo sacrificial. Así, la célula básica de la sociedad es una tríada mimética, formada por dos individuos de un sexo y un individuo del sexo contrario. Esto significa que habría dos tipos básicos de tríadas: la femenina-masculina-femenina y la masculina-femenina-masculina. Olvidémonos por un momento de todo el discurso del género y volvamos a hablar de los sexos. Sean bienvenidas todas las alternativas, todas las resistencias, todas las experiencias. Pero que los árboles no nos impidan ver el bosque.

En estas tríadas miméticas tenemos los ingredientes básicos de la alquimia social: el goce, el deseo, la amenaza y la violencia, y todas sus transmutaciones. La dicotomía entre el erotismo y el amor. Las disyunciones y las conjunciones de la inmanencia y la trascendencia, de lo corporal y lo espiritual. No decimos que se pueda crear una sociedad solamente con una de estas tríadas. Este es otro mito de la sociedad autoritaria. Las trinidades que encontramos en tantas mitologías y religiones son una muestra de ello. A pesar que que las hayan manipulado, de que hayan censurado el elemento erótico, sexual, hierogámico, que las constituye, a pesar de que hayan llamado Espíritu Santo a la figura femenina, que es al mismo tiempo la virgen y la prostituta sagrada. Lo que decimos es que la estructura básica de la sociedad es triádica, que si queremos reducir la sociedad a una célula indivisible, esta no es el individuo sino la tríada mimética. O mejor, tríadas miméticas en plural, que se solapan unas a otras para configurar grupos sociales más o menos grandes, más o menos complejos, más o menos dinámicos. No se pueden entender el individuo ni la pareja al margen de estas tríadas miméticas. Porque de hecho, insistimos, el individuo y la pareja son mitos construidos por la sociedad dominante que han sido creados precisamente para atraparnos y dificultar nuestra liberación, nuestra emancipación, nuestro empoderamiento, si no los desmontamos con cierta lucidez.

Gilles Deleuze y Félix Guattari nos han hablado en otros términos de estas tríadas miméticas, bajo el nombre de "triángulo edípico". Han propuesto poner en cuestión el orden dominante precisamente rompiendo estos "triángulos edípicos" de herencia freudiana, liberando los flujos del deseo a partir del modelo de la esquizofrenia. Otra vez, bienvenidas todas las resistencias, todas las alternativas. Pero creemos que están equivocados en lo esencial. Que en última instancia su teoría sirve a los fines del sistema tardocapitalista, de la misma manera que el comunismo ha servido para destruir las sociedades tradicionales y conducirlas al redil del orden dominante, o el socialismo ha servido para defender la farsa del Estado de derecho y su sumisión al orden capitalista-imperialista. Poner en cuestión la tríada mimética, la célula básica de la sociedad, supone indirectamente atrapar al individuo aún más en las redes de la sociedad autoritaria, especialmente en el marco del tardocapitalismo en el que los mecanismos de dominación fundamentales en los centros pasan por capturar los deseos individuales y ponerlos al servicio del capital.

Cualquier experiencia anarquista que se precie debería comprender esta alquimia social. Debería considerar la tríada mimética como la célula social básica, y a partir de ahí experimentar comunidades en las que un número mayor o menor de estas tríadas interectúen, se solapen, se asocien, se combinen y recombinen. Cualquier experiencia anarquista de envergadura debería poner en el centro de su interés los cuatros elementos fundamentales de la alquimia social —el goce, el deseo, la amenaza y la violencia— y experimentar con sus transmutaciones en su propia retorta. Todo lo material, lo productivo, lo organizativo, debería estar inscrito y supeditado a esta alquimia, como los metales y las piedras de los filósofos de la Gran Obra. Comprender cómo estos elementos se transmutan —no sólo el goce, el deseo, la amenaza y la violencia, sino también la materia, los cuerpos en los que se encarnan— es la clave para entender cómo opera el poder. Tantos intelectuales nos hablan hoy del cuerpo. Pero la mayoría se han olvidado del alma. Pues bien, nosotros hablamos de los cuerpos y de las almas, de sus disyunciones y conjunciones, de sus transmutaciones en la gran retorta social, o en todas las pequeñas retortas que se quieran experimentar y diferenciar de ella. No se trata de renunciar al poder de manera absoluta, porque sería renunciar a la naturaleza y a la cultura humanas. De lo que se trata es de experimentar otras formas de poder. Y estas, insistimos, pasan por el aprendizaje de la alquimia grupal, comunitaria, social.

También hay que poner en cuestión radicamente la noción de religiosidad tal como la ha entendido el anarquismo. Sin duda Dios y el Estado de Bakunin es una obra fundamental para entender hasta qué punto las instituciones políticas no dejan de ser formas de dominación religiosa, para comprender que reconocer esta dimensión religiosa de lo político y lo económico es un requisito básico para liberarse de ellas. La resistencia política como herejía. Pero, de la misma manera que el individualismo termina atrapándonos aún más en la trampa del autoritarismo, el ateísmo y el agnosticismo no hacen más que reforzar indirectamente nuestra sumisión al sistema. No se trata de no creer, sino de creer de otra manera, de creer en otras cosas, en otros valores, en otros rituales, en otras estructuras sociales, en hacerlo con una cierta religiosidad, con una cierta devoción. Los más lúcidos entendieron que el ateísmo y el agnosticismo son sinónimos de vacuidad, que se correspondían con una cierta falta de sensibilidad, con una forma de sumisión, de entrega, de muerte en vida.

Volvemos otra vez a la lógica, no tanto de renunciar por completo a las estructuras sociales, sino de reciclarlas, de invertirlas, de recuperarlas, de parodiarlas. Los situacionistas practicaban la "tergiversación" (détournement) como una forma de invertir el sentido de los discursos dominantes. De la misma manera hay que entender las estructuras de poder alternativas en las que ha de basarse una experiencia anarquista realista, que no sea contraproducentemente utópica. Cuando hablamos de religiosidad, cuando hablamos de tríadas miméticas, nos estamos refiriendo a estas "tergiversaciones" de las estructuras religiosas, políticas, sociales, morales, dominantes. Nos interesan las religiones primitivas, paganas, animistas, totémicas, mágicas, tántricas, iniciáticas, mistéricas, etc. mucho más que las maquinarias de dominación y manipulación en las que se han convertido las grandes religiones. Los medios de desinformación del sistema nos bombardean con falsas oposiciones entre estas grandes religiones institucionalizadas y anquilosadas, y así enmascaran la verdadera oposición entre todas estas religiones de masas y las religiones que las antecedieron. Solo hay que comprender hasta qué punto la Virgen cristiana es en el fondo la prostituta sagrada, cómo es una encarnación de Astarté, de Isis, de Afrodita, para entender hasta qué punto las prácticas religiosas pueden ser también "tergiversadas". Sólo hay que entender que todas las divinidades trascendentes han sido en algún momento seres inmanentes sacrificados para entender las potencialidades de empoderamiento que encierran los rituales religiosos. Pero, de nuevo, no entender esto es seguir atrapado en la matrix del sistema, que no es solo de orden económico y político, sino también religioso y moral.

De lo que se trata por lo tanto es de una suerte de re-ritualización de las prácticas cotidianas. O al menos de algunas de ellas. Recuperar el verdadero sentido de la fiesta ya sería un logro inmenso. De lo que se trata es de hacer posible que las actividades dejen de inscribirse en el orden de la producción, del materialismo, de la eficacia, del valor de cambio y vuelvan a adquirir un sentido simbólico, ritual, social, moral, religioso, hierogámico y sacrificial. Aquí es donde interviene la alquimia de las transmutaciones del goce, del deseo, de la amenaza y de la violencia, en las que, como decíamos, deben inscribirse el resto de los intercambios materiales, productivos y de las actividades en general. Para ello todas las experiencias que fomenten la crisis, la fiesta, la celebración, la ritualización, son fundamentales. Pero en un sentido mucho más profundo de lo que el orden dominante ha hecho de este fenómeno, de cómo lo ha degradado y pervertido. Se trata de incentivar aquellas situaciones en las que, a través de la transmutación de los elementos alquímicos sociales, se puedan poner en práctica transformaciones, metamorfosis, intercambios simbólicos, purificaciones, catarsis. Todo ello, en la medida de lo posible, en el marco de experiencias comunitarias. Pero también como vehículo de vinculación con el orden social total. De lo que se trata es de que estas experiencias de alquimia social no solo se practiquen en las comunidades, del tipo y tamaño que sean, sino de que también sirvan para vincularlas con el todo social. Como veremos, en un sentido ambivalente, bidireccional, progresivo. Así se pueden superar el aislamiento, la endogamia, el sectarismo y el resto de ismos, que es otra vez la manera en que muchos movimientos sociales son recuperados por el sistema. De lo que se trata es de que la práctica de la alquimia grupal y comunitaria no solo sirva para reforzar a estos grupos y comunidades, no solo sirva para enfrentarse y resistir el sistema autoritario, sino tambien para utilizarlo como fuente de energía, al tiempo que de vehículo de contagio de estas prácticas al resto de la sociedad. En suma de lo que estamos hablando es de la construcción de máquinas hierogámico-sacrificiales que en un principio estarían integradas en otras máquinas hierogámico-sacrificiales de mayor entidad —el Estado, el imperio, el sistema, el capital— y que progresivamente se irían independizando, autonomizando, empoderando, a medida que la práctica transmutadora fuese más efectiva, tanto al interior del colectivo como al exterior.

Está bien querer destruir el orden dominante para construir un orden nuevo. De hecho la verdadera creación sólo es posible a través de una destrucción recíproca. Una creación que no destruya a su vez es una creación sumisa al orden instituido y por lo tanto deja de ser una verdadera creación. Pero esta destrucción debe hacerse de manera inteligente, operativa, transmutativa, sin renunciar a su dimensión simbólica. Para que la destrucción del orden dominante sea creativa esta ha de alimentar el nuevo orden, y este ha de ser distinto al que se destruye. Aunque insistimos en que se trata más de "tergiversar" el orden dominante que de verdaderamente destruirlo y construirlo de nuevo. Destruir por completo el orden dominante sería una estupidez porque hay muchas cosas en él que son recuperables, porque malgastaríamos mucho esfuerzo y recursos, porque quedaríamos desprotegidos y por lo tanto seríamos objeto de nuevas formas de dominación. Dicho esto, no hay que menospreciar el valor de destrucciones limitadas que, en el marco de la práctica sacrificial, sean fuente de creación de rituales, de valores, de símbolos comunes. En este sentido hablamos de montar máquinas hierogámico-sacrificiales que puedan independizarse progresivamente de las grandes máquinas hierogámico-sacrificiales del sistema. La alquimia de las transmutaciones del goce, del deseo, de la amenaza y de la violencia, de la disyunción y la conjunción del cuerpo y el espíritu, de la inmanencia y la trascendencia, ha de hacerse en la retorta de nuestras máquinas hierogámico-sacrificiales, pero también entre nuestras máquinas y las máquinas sistémicas, de las que pretendemos independizarnos progresivamente. En suma, sí a la destrucción del orden dominante, pero a la destrucción inteligente, progresiva, ritual, simbólica, hierogámico-sacrificial. Si a la iniciativa, pero no simplemente a la iniciativa individual, como proclaman algunos anarquistas, sino a una iniciativa grupal, colectiva, social, abierta y cerrada al mismo tiempo, destructiva y constructiva al mismo tiempo. Sí a la destrucción de la gran máquina hierogámico-sacrificial del sistema, pero al mismo tiempo que construyamos nuestras máquinas hierogámico-sacrificiales.

[1] Este escrito surge a raíz de una iniciativa promovida por el colectivo berlinés Tempest Multilingual Anarchist Library, en la que se ha discutido el texto „Die Iniciative“, Der Rebell. Organ der Anarchisten Deutscher Sprache, 12, Oktober 1885. Aprovechamos para agradecer a este colectivo su iniciativa y su acogida.