2015-12-15

El árbol de Navidad y la religión capitalista

Como cada invierno, a principios de diciembre, Berlín, la ciudad en la que vivo, se llena de mercadillos callejeros de árboles de Navidad. A las cinco de la tarde los alemanes salen de sus trabajos y se encuentran en los atascos de hora punta, en sus coches o en los transportes públicos. Se trata en lo esencial de un atasco más, de una hora punta más, como tantos otros atascos y tantas horas puntas de tantas otras ciudades civilizadas. Solo que la rigurosa puntualidad de los alemanes, su particular calma tensa, su correción política, su orden, su disciplina, que encubre una enorme agresividad reprimida, hacen de estas horas punta un espectáculo muy particular. Un buen ejemplo de la calma tensa, de la violencia estructural que caracteriza en general al sistema, especialmente en estos momentos en que la guerra mundial se respira en el ambiente, en que el terrorismo hollywoodense nos amenaza desde las pantallas. Ningún pitido, ningún acelerón, ningún coche colándose por el arcén, ningún paso de cebra bloqueado. La Alemania ejemplar de las que nos hablan nuestros líderes. Los ingentes flujos de capital que desde la periferia europea fluyen a los bancos alemanes hacen innecesario hacer más explícita la violencia, ya de por sí bien instalada en los engranajes del sistema. También en la víspera de Navidad.

A medida que los esforzados alemanes llegan a casa, orgullosos del trabajo bien hecho, empiezan a verse en las calles numerosas versiones de un mismo ritual, el primero de los rituales navideños: la compra del abeto de Navidad. Ya es noche cerrada a estas horas y en estas fechas en Berlín, como en el resto de Alemania. Tras la eficacia y la puntualidad en el trabajo, tras el orden y la disciplina en la hora punta, ahora toca más de lo mismo en la compra del abeto navideño. Cada padre de familia alemán que se precie debe acudir a uno de estos puestos callejeros y volver a casa llevando sobre sus hombros el objeto sagrado, como si regresase del bosque encantado, que tan bien representa al alma alemana, como dijo Elias Canetti. Solo que el disciplinado padre de familia alemán, en lugar de ir al bosque a matar al monstruo o a encontrar la fuente de la inmortalidad, lo único que hace es ir a un puesto callejero de abetos, situado a entre 100 y 500 metros de su casa, y elegir el ejemplar que mejor se ajusta a las condiciones de su Wohnzimmer. Los abetos llegan a los puestos cerrados, con las ramas dobladas hacia arriba, envueltos en una red. Los dependientes los abren y los exponen en filas, para que los clientes los puedan elegir a su gusto, y después los vuelven a empaquetar con ayuda de grandes conos metálicos, y vuelven a envolverlos con la red, para que las ramas del árbol no se dañen y el abeto pueda llegar a la casa alemana de turno, donde estará dos o tres semanas, volver a desplegar allí sus ramas y aparentar ser un abeto vivo, aparentar ser el símbolo de una tradición viva. Los mismos puntuales y ordenados alemanes que han soportado estoicamente su trabajo y su hora punta, que han separado religiosamente la basura en siete o más recipientes, que traen los productos del supermercado en cajas de cartón usadas para no dañar a los mares con bolsas de plástico, estos mismo héroes de la modernidad llevan a casa sobre sus hombros sus abetos de Navidad, por las calles oscuras, frías y desiertas periferias alemanas. Como Cristo portó su Cruz hasta el Calvario

El árbol sagrado ha sido adorado en casi todas las culturas primitivas, desde tiempos ancestrales. Como expresión evidente de la vida de la naturaleza, el árbol ha jugado un papel central en muchos rituales de la fertilidad de la tierra, sea por que florece en primavera, por que fructifica en verano o porque sigue verde en invierno, cuando el resto de la vida languidece. La admirable obra de J. G. Frazer La rama dorada nos da cuenta de la importancia del árbol sagrado en las religiones paganas y su vinculación con los rituales de la fertilidad, con las orgías y con los sacrificios propiciatorios. El árbol es uno de los símbolos más ancestrales y más perennes de las religiones, nos recuerda que todas se derivan de una religión primordial que es la de la naturaleza, que después va adaptándose al culto a la caza, pero sobre todo a la fertilidad de la tierra. El árbol sagrado se asocia al culto a la resurrección después de la muerte, al culto al nacimiento del niño divino después del sacrificio del dios. No es una casualidad que se adore al árbol al mismo tiempo que al nacimiento del dios cristiano. Porque es símbolo, al mismo tiempo, de muerte y de renacimiento, es decir, de vida inmortal, de inmortalidad. El árbol sagrado encarna el orden de la vida inmortal en el que se se inscribe el orden de la vida mortal. Alude por lo tanto de manera evidente al sacrificio, en este caso al sacrificio del dios cristiano. Y es que los árboles sagrados han sido antes que nada árboles sacrificiales, de los que la Cruz es solo una derivación simbólica. Pero además, como símbolo de la fertilidad, el árbol sagrado es también el lugar de la orgía o de la hierogamia propiciatoria. En fin, el árbol sagrado, como nos ha mostrado René Guénon, es el centro del mundo, el vórtice en el que todos los planos de la existencia entran en conexión, el punto en el que se producen las conjunciones y las disyunciones, las transmutaciones del cuerpo y el espíritu, la materia y la energía, en suma, el lugar en el que se celebra la hierogamia y el sacrificio.

Todo esto se puede observar todavía en la tradición cristiana, a pesar de todas las transformaciones que ha sufrido la tradición pagana en la que se injerta. Ya hemos dicho que el árbol sagrado es el árbol sacrificial, es decir, que la Cruz es una sustitución simbólica del árbol de la vida. También sabemos que Adán y Eva no son realmente los primeros seres humanos, sino más bien los eternos masculino y femenino, celebrando precisamente una hierogamia, una boda sagrada. Tanto la hierogamia como el sacrificio se celebran junto al árbol sagrado porque, como hemos visto, este es el símbolo de la vida después de la muerte, de la resurrección, de la fertilidad, de la inmortalidad. Y esto es lo que está en el trasfondo tanto del sacrificio como de la hierogamia: la muerte y la resurrección de los dioses, pero también su unión, también su encarnación y su nacimiento divino. Sacrificio y hierogamia constituyen un complejo ritual inseparable, como tantas tradiciones nos muestran. Los encontramos en los rituales primitivos, en las religiones de misterios, en los regicidios ceremoniales, en la alquimia, los encontramos en los grandes mitos y en las grandes tragedias. Pero no los encontramos en el Cristianismo, más que si hacemos un esfuerzo por leer entre líneas, por leer entre símbolos. Porque las grandes religiones de dominio, control y manipulación de masas, como el Cristianismo, se basan sobre todo en la ocultación de la verdad. Verdad que sigue, sin embargo, presente en los símbolos, para el que sepa verla.

La Trinidad cristiana es la mayor de todas estas manipulaciones, de todos estos encubrimientos, de todas estas apropiaciones y tergiversaciones de rituales y símbolos ancestrales para ponerlos al servicio de la dominación de las masas. Sólo se puede entender en profundidad lo que significa la trinidad como confluencia del sacrificio y de la hierogamia. La Trinidad dogmática cristiana es una entelequia que no tiene ningún sentido tal como se nos presenta, si no es como vehículo de dominación patriarcal, de represión del eterno femenino, de apropiación de los símbolos ancestrales. En la verdadera trinidad —trinidad con minúscula porque es una estructura genérica que nadie tiene derecho a apropiarse— se dan cita todos los elementos de los que hemos hablado. Gracias a la trinidad se comprenden las transmutaciones del goce y la violencia, del deseo y la amenaza, las conjunciones y las disyunciones del cuerpo y del espíritu de las que se han olvidado nuestros intelectuales.

Si el árbol sagrado se sitúa en medio de Adán y Eva, que son en realidad el dios y la diosa, es porque el sacrificio articula la hierogamia; de la misma manera que la hierogamia articula el sacrificio, como en un nudo de Hércules. La calavera de Adán al pié de la Cruz nos muestra cómo ambos símbolos, el Árbol del Edén y la Cruz, son el mismo símbolo. Lo mismo podríamos decir de la Anunciación, que es en el fondo la misma hierogamia de Adán y Eva pero sublimada, la cópula sagrada del eterno masculino y el eterno femenino sublimada en forma de encarnación del Espíritu Santo en el cuerpo de la Virgen. En suma, la Trinidad cristiana no es más que una distorsión de la trinidad ancestral en la que se unen hierogamia y sacrificio. La misma que la de Osiris, Isis y Seth, que la de Deméter, Triptólemo y Core, y tantas otras. Trinidades miméticas en las que el villano y el héroe se disocian en las trinidades del tipo masculino-femenino-masculino, por un lado, y en las que la prostituta sagrada y la virgen se disocian en las trinidades del tipo femenino-masculino-femenino.

La Trinidad cristiana alude de manera explícita al sacrificio, porque es sobre todo de lo que se ha servido la religión como aparato de dominación y manipulación de masas. De la propaganda de la muerte y la vida eterna, que hoy todavía sigue siendo fuente de manipulación política, en forma de terrorismo de Estado generalizado. La Trinidad nos habla de las dos dimensiones, inmanente y trascendente, del dios. En esto hay que hacer justicia a la Iglesia Católica y Ortodoxa, frente al Protestantismo y a otras religiones monoteístas, trascendentes, iconoclastas, por mostranos con relativa transparencia el rol central que juega el sacrificio en la religión. Porque su símbolo más importante nos sigue mostrando, aunque no se reconozca explícitamente, que no se trata tanto de que un dios enviase a su hijo, sino más bien, de que un hombre excepcional fue sacrificado y divinizado.

Pero no podemos decir lo mismo de la hierogamia, que el orden patriarcal dominante ha hecho lo posible por demonizar, alterar u ocultar. ¡Cuántas joyas de la mitología y la literatura nos esconderán todavía las autoridades, no solo religiosas, sino también políticas! ¡Cuántos maravillas de la cultura ancestral esconderá en sus cajas fuertes la Biblioteca Vaticana y el resto de fortificaciones de la cultura oficial! En efecto, hay que desmontar el mito del Espíritu Santo, si se quiere comprender en profundidad la trinidad, que como decimos son dos trinidades mixtas y complementarias. Los gnósticos nos dijeron que el Espíritu Santo es en realidad Sophia, el eterno femenino. Sophia es Eva, pero también es Lilith, es la Virgen pero también es la prostituta sagrada. Si el dios aparece disociado como héroe y villano, como demonio y dios, en la trinidad masculina-femenina-masculina, la diosa aparece de la misma manera disociada en la trinidad femenina-masculina-femenina como madre y como esposa, como mujer legítimo y mujer incestuosa, como virgen y como prostituta sagrada. Todo esto es lo que las grandes religiones monoteístas occidentales, como aparatos de manipulación de masas que son, nos han ocultado. Incluso aquellas que han conservado el misterio de la trinidad, aunque sustituyendo a la mujer por el fantasma del Espíritu Santo.

Solo de esta manera podemos acercarnos a comprender la profundidad del símbolo del árbol sagrado. En él se dan las "conjunciones" y las "disyunciones" de las que nos habló magistralmente Octavio Paz. El árbol sagrado es el centro del mundo en el que todos los planos de la existencia se conectan, lo ctónico y lo uranio, lo maléfico y lo benéfico, lo corporal y lo espiritual, lo inmanente y lo trascendente. El árbol tiene una copa y una raíz, una parte visible y otra invisible, una que asciende y otra que desciende, es anábasis y catábasis, símbolo del eterno retorno. El árbol es permanencia y es mutación, nos habla desde el silencio de su naturaleza, que solo puede ser comprendida en tanto que misterio. Todo esto está presente en el árbol sagrado, así como la vinculación y el significado profundos de las hierogamias y los sacrificios.

Pero hoy de todo esto apenas queda nada en lo que llaman 'civilización', en lo que llaman 'progreso'. Todo lo que queda, a lo que nos lleva el sistema, es a nuestro disciplinado alemán llevando su árbol navideño mutilado a casa. Mutilado el árbol y mutilado el alemán. Para colocarlo en su Wohnzimmer y aparentar que sigue vivo un ritual sagrado, que también es un ritual mutilado, un ritual cortado de raíz, un ritual muerto. Poca vitalidad puede tener un ritual si precisamente el símbolo de la vida y de la inmortalidad está, literalmente, desarraigado, muerto. El abeto mutilado pone de manifiesto mejor que ninguna otra cosa la artificialidad del ritual navideño, la impostura de su sobrevivencia. El árbol cortado de raíz, comprado en los puestos navideños, ya no es tanto un símbolo de la vida inmortal sino de lo contrario: de la muerte, del desarraigo, de la obsolescencia, de la apropiación y mercantilización de la naturaleza y de lo sagrado. Completamente engullido por una religión y un ritual diferentes, y que sin embargo ha crecido, como todas las religiones, sobre las ruinas de las anteriores: la religión capitalista y el ritual del consumo. El abeto navideño de vivero, cortado con sierra mecánica y colocado en los Wohnzimmer de los eficientes alemanes ya no alude a la fertilidad, ni a la inmortalidad de la vida, ni al centro del mundo, ni a la vinculación de la inmanencia y la trascendencia.

La religión capitalista se basa en la transformación de lo sagrado en profano, en la profanización y la objetivización de todo, en la transformación de la naturaleza y de la vida en objeto de intercambio mercantil, en la reducción de todo a valor de cambio. Y todo esto lo simboliza mejor que nada el árbol de Navidad. Para esto, para consumar la profanización y la objetivización de la vida, hace falta mutilar el árbol sagrado, convertirlo en una mercancía, venderlo en un mercadillo navideño. Obsolescencia programada, no sólo de las mercancías, sino sobre todo de la naturaleza. Porque si la farsa del abeto se sostiene es porque este conserva sus hojas verdes durante unas semanas, a pesar de que ya haya muerto, porque ha sido separado de su fuente vital. Como las semillas transgénicas del cartel del agronegocio, los abetos de Navidad solo sirven para una vez. Porque así pueden ser vendidos en masa, año tras año. Porque así cada esforzado alemán, cada esforzado europeo, cada esforzado americano, puede comprar su arbolito e instalarlo en su Wohnzimmer o en su living, y fingir, frente a un árbol muerto, cortado de raíz, sufriente, que su ritual navideño sigue vivo. Pero lo que en realidad está viva es otra cosa, aunque se base en esencia en la adminstriación de la muerte: la religión capitalista.

No dudo de la enorme vitalidad de la religión capitalista. Esta superará su crisis como ha superado todas las anteriores, con más o menos ajustes, con más o menos dinero fiduciario falsificado en sus bancos centrales, con más o menos guerras, con más o menos concesiones al orden multipolar. Las crisis, el dinero ficticio de los bancos centrales, las guerras, no están ahí para mejorar nada sino para reforzar los mecanismos de dominación. No dudo de la salud del ritual del consumo, aunque es cierto que cada vez excluye a segmentos más amplios de la población. No dudo de la pujanza del resto de subreligiones que conforman la gran religión politeísta, inmanentista, totemista, animista, fetichista, incluso sacrificial y hierogámica que es el capitalismo. No creo que vayan a desaparecer de la noche a la mañana todos los "cultos" de la religión capitalista, que tan lúcidamente vió Walter Benjamin. Que muchas de estas prácticas sean en esencia religiosas y que la mayoría no lo esté comprendiendo es precisamente un índice de la vitalidad de esta religión de religiones. La religión de la deuda-culpa infinita, la de las confesiones en los reality shows y las redes sociales, la de las peregrinaciones de puente y low cost, la religión del cambio climático geoingenierizado, la de los temblores divinos generados mediante HAARP, la religión de las plagas de laboratorio militar, la de los misterios de las decapitaciones terroristas rodadas en estudios occidentales, la de las liturgias satánicas de artistas controladas mediante MkUltra, el santoral de las estrellas sacrificadas cuando les llega su turno, la religión de los apocalipsis hollywoodenses. Todas estas religiones que forman la gran religión capitalista gozan de gran vitalidad, aunque tengan que enfrentarse a otras religiones, o precisamente por ello, como ha sucedido siempre.

Pero precisamente por eso, porque de lo que se trata en el fondo es de la religión capitalista y el ritual del consumo, la farsa de la celebración navideña se hace más evidente. El abeto de Navidad comprado en el mercadillo callejero, colocado en el Wohnzimmer durante dos o tres semanas, es el mejor símbolo de toda esta impostura, que en el fondo es la impostura del régimen capitalista, que se enmascara detrás de otros rituales y de otros símbolos, pero que secretamente los va minando hasta vaciarlos por completo de sentido, como ocurre con el arbolito de Navidad, en su marcha imparable hacia el Nuevo Orden Mundial.

Como todos los años, terminarán las Navidades y las aceras de Alemania se llenarán de abetos muertos. Los esforzados, eficaces, disciplinados alemanes seguirán acudiendo con puntualidad ejemplar a sus trabajos, seguirán agolpándose ordenadamente en los atascos de hora punta. Los intereses de la deuda perpetua seguirán fluyendo regulamente a sus bancos. Durante las primeras semanas del año, en muchas ciudades alemanas, y por descontado en sus barrios periféricos más humildes, como en el que yo vivo en Berlín, las aceras se llenarán de abetos muertos que irán cambiando de color. Ahora sí, su color verde, el que les hizo posible sostener la impostura en las Wohnzimmer, se irá tornando progresivamente en marrón. Para entonces las rebajas de enero ya habrán comenzado y los fieles del consumo se sacudirán la resaca navideña para acudir una vez más al ritual de los centros comerciales. Para entonces la farsa del cambio climático habrá avanzado algo más en la imposición de un impuesto global al carbono, de cara a la instauración encubierta de un Nuevo Orden Mundial. Para entonces quizás las agencias de inteligencia occidentales hayan orquestado algún nuevo atentado de bandera falsa. Para entonces es posible que alguna estrella de Hollywood haya sido sacrificada por el sistema. Pero todo esto seguir ocurriento sin árbol sagrado, mientras los abetos de Navidad se convierten en materia muerta en las aceras ante los viandantes impasibles.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/

Imagen a partir de Adán y Eva (1507) [pd] de Alberto Durero, Cristo crucificado o Cristo de San Plácido (ca. 1632) [pd] de Diego de Velázquez y otros [ua].