2015-12-13

La cibernética y la máquina hierogámico-sacrificial

Cuando los discursos dominantes hablan de cyborgs suelen decir que se trata de una persona a la que se le incorpora algún tipo de dispositivo mecánico o tecnológico. Suelen utilizar el ejemplo de las gafas, que, junto con la persona que las lleva, serían un antecedente de un cyborg, solo que las gafas no son imprescindibles para la vida. Sí se podría hablar de un cyborg en el caso de un anciano al que se le ha instalado un marcapasos y que depende de él para vivir. El discurso dominante nos suele hablar también de dispositivos implantados que les permiten a los diabéticos obtener su dosis de insulina sin tener que preocuparse por la inyección. De manera que nos dicen que un cyborg es, antes que nada, una persona a la que se incorpora un elemento mecánico o tecnológico, como un añadido, como un elemento auxiliar.

Evidentemente esta forma de entender la cibernética facilita el que se presente a estos dispositivos como algo que esencialmente complementa al hombre, facilita sus actividades, mejora su vida, en suma, como algo positivo, como un progreso. Esta manera de presentar la cibernética lleva de una forma natural a considerarla como algo eminentemente positivo, bueno para el hombre. Igualmente facilita el que se deje al margen de la discusión la dimensión negativa de la cibernética. Si la cibernética consiste en añadirle algo al ser humano que es bueno para él, ¿por qué habríamos de hacerlo si en lugar de bueno es malo, si en lugar de ser positivo es negativo? La respuesta parece surgir de manera espontánea en la medida en que la cibernética se enfoca desde este punto de vista. En efecto, también parece justificable utilizar estos dispositivos en determinados individuos con un efecto negativo para ellos, cuando esto redunda en un efecto positivo para la sociedad, de la misma que se encierra en la cárcel a un delincuente o se coloca una camisa de fuerza a un loco.

Se trata en todo en caso de una manera de enfocar el problema completamente alejada de la realidad. Para entender en profundidad qué es la cibernética hay que recordar cómo funciona el régimen capitalista en el que esta se inscribe. La clave para entender el capitalismo —no es una casualidad que Marx lo dijera en el primer capítulo del primer tomo de El capital— es que se basa en una estructura de intercambio de mercancías. Todo se reduce en última instancia a mercancías que se intercambian unas con otras a través de su valor de cambio. A nuestros efectos podemos considerar el dinero como una mercancía más, aunque esté lejos de serlo. En este régimen social de las mercancías —en el que la verdadera sociedad, la sociedad desde un punto de vista de la estructura capitalista, es la de las mercancías—, las personas tienden a estar cada vez más supeditadas a ellas, a ser medidas, valoradas también según el valor de cambio que rige el intercambio mercantil.

Pero además, la tendencia también es a que estas mercancías sean cada vez más productos industrializados, es decir, productos de máquinas. En efecto, no solo las mercancías están producidas por máquinas sino que las mercancías mismas también son cada vez más mecánicas, tecnológicas. Incluso las mercancías que no son máquinas, como los alimentos, no solo son cada vez más producidos por máquinas, no solo son cada vez más dependientes de la tecnología para su fabricación, conservación, elaboración, etc. También, como los cyborgs, tienden a incorporar cada vez más algún componente o dimensión tecnológica, como es el caso de los transgénicos.

Por otro lado las máquinas y la tecnología influyen cada vez más en la estructura de intercambio mercantil, en la medida en que permiten gestionar toda la información que afecta a la valoración de las mercancías y a su intercambio. La estructura de intercambio sigue siendo la estructura clásica, la de mercancías que se intercambian unas por otras en base a su valor de cambio, pero a medida que este intercambio está más mediado por la tecnología, toda la estructura se vuelve, por así decirlo, más tecnológica, más mecánica. La financiarización de la economía sería, de manera genérica, también este proceso de progresiva mecanización y tecnologización del intercambio de mercancías, aunque se trate de mercancías tan etéreas como el dinero o los productos financieros. No solo las máquinas juegan un papel central en la producción de las mercancías, no solo las mercancías son cada vez más mecánicas, además la propia estructura del intercambio mercantil, el propio mercado, se vuelve cada vez más una gran máquina tecnológica e informática.

Como decíamos, la clave para entender la dominación capitalista es que en ella las personas son tratadas como mercancías, siempre que no existan mecanismos legales que lo eviten, lo que supone cada vez más una excepción en un mundo globalizado en el que la liberalización del capital supone la disminución competitiva de estos mecanismos de protección de las personas. Pues bien, si la tendencia es a que las personas se transformen en mercancías y a que las mercancías se transformen en máquinas, de ello se sigue que la tendencia es a que las personas se conviertan cada vez más en máquinas.

Llegamos así a un planteamiento diametralmente opuesto al que nos presenta el discurso dominante, el de los defensores de la cibernética. El hombre lleva ya mucho tiempo transformándose en máquina. La transformación del hombre en máquina es un proceso mucho más anterior y mucho mucho más estructural que la cibernética. Los dispositivos tecnológicos que se superponen al hombre simplemente vendrían a hacer más explícito un proceso de transformación del hombre en máquina que se remonta a milenios y que podemos observar en muchos planos y procesos históricos: en la represión de los instintos naturales, en el pensamiento racional, en la moral materialista y productivista, en el mercantilismo, etc. La tendencia que podemos observar de manera evidente, sobre todo desde la Ilustración, y aún más desde la Revolución Industrial, es la de convertir, no sólo al hombre, sino a toda la naturaleza en una gran máquina.

De manera que la cibernética no vendría a cambiar radicalmente este proceso, sino en todo caso a acelerarlo, a hacerlo más evidente, más visible, más explícito. Si bien el tema de la visibilidad es muy relativo, teniendo en cuenta que la tendencia de la tecnología también es a ser cada vez más invisible, más ubicua, más biotecnología y nanotecnología. La cibernética supondría, según el enfoque que estamos proponiendo aquí, una aceleración en este proceso de maquinización total del mundo, pero no sería más que otro factor de los muchos que están contribuyendo a esta aceleración. Así es que como conclusión preliminar podemos decir que la cibernética no es un fenómeno especialmente novedoso o relevante, por más que pueda prestarse a polémicas desde un punto de vista moral o ser exótico desde un punto de vista estético. No es más que una faceta en un proceso secular, que se ha precipitado particularmente con la instauración del régimen capitalista, y que nos lleva a la transformación de la vida natural en vida mecánica.

Pero aún hay que cambiar la perspectiva de una manera mucho más radical para comprender la cibernética en su sentido más profundo. Sabemos que una de las claves para entender la sociedad humana, es la distinción entre bíos o vida individual y zoé o vida colectiva. Sabemos que las culturas pueden asimilarse a zoés de un orden superior a las zoés naturales. Zoés culturales que también son naturales, solo que de un orden superior, del orden de la segunda naturaleza. Pues bien, la tendencia que parece imparable en el régimen capitalista es a que todos los bíoi y todas las zoés se vayan integrando y sometiendo cada vez más a una gran zoé mecánica, aunque también, insistimos, natural. De los bíoi o de las zoés tradicionales es de suponer que solo podrían sobrevivir grupos exclusivos o de élite, reductos o muestras protegidos a efectos de conservación, estudio, experimentación, así como restos marginales. Eso si no se trata de un gran proyecto de transformación de la vida humana por alguna entidad no humana que no tuviese interés en conservar la primera.

Sabemos que las distintas formas de vida de las que hemos hablado —bíoi y zoés— son parte de máquinas hierogámico-sacrificiales. Sabemos que los grupos humanos, las culturas, las instituciones, las naciones, los Estados, los regímenes económicos, las religiones, son todos máquinas hierogámico-sacrificiales, más o menos grandes, más o menos acopladas las unas en las otras. Sabemos que estas máquinas hierogámico-sacrificiales transforman progresivamente la naturaleza en cultura, producen pseudo-objetos de manera recíproca a pseudo-sujetos. Los pseudo-sujetos lo son, es decir, se subjetivizan relativamente, en la misma medida en que objetivizan relativamente a pseudo-objetos. Sabemos que no sólo los bíoi o las zoés objetivizan a las cosas, sino que también se subjetivizan y objetivizan entre ellos, que el proceso genérico es que las zoés objetivizan —siempre relativamente y recíprocamente— a los bíoi, en tanto que pseudo-sujetos sociales. Que también es común que un minoría de bíoi ostente un mayor poder de control sobre estas zoés. Sabemos que ciertas cosas pueden también operar como pseudo-sujetos, es decir, objetivizar a otras cosas o incluso a los bíoi y a las zoés, como ocurre con las cosas sagradas.

Toda esta lógica, que es de hecho la de la máquina hierogámico-sacrificial, nos permite entender el fenómeno de la cibernética de una manera mucho más radical y mucho más profunda que como nos lo vende el discurso dominante, o incluso como podríamos hacerlo en el marco de la tradición marxista. En definitiva lo que hacen las máquinas hierogámico-sacrificiales es gestionar estos procesos de subjetivización y objetivización, transformar a los bíoi, las zoés y las cosas en pseudo-sujetos y pseudo-objetos. Todo esto tiene, evidentemente, un transfondo religioso y político, pues en última instancia la subjetivización y la objetivización persiguen la dominación y el control, y todo esto se realiza en paralelo a procesos de sacralización y profanización, en los que juegan un papel fundamental bíoi y o cosas sagrados, hierogámicos y sacrificiales. En suma, la máquina hierogámico-sacrificial es, por encima de todo, una herramienta de dominación social, política, religiosa y moral.

Pero lo que nos interesa subrayar aquí es que la máquina hierogámico-sacrificial hace exactamente lo que hacen las máquinas tal como las entendemos: que uno o más pseudo-sujetos controlen y dominen a una serie de pseudo-objetos, con relativa independencia de que unos y otros sean bíos, zoés o cosas. Una dominación que nunca es total, que de hecho consiste en un equilibrio de fuerzas, en la medida en que la máquina hierogámico-sacrificial admite estas confrontaciones, estos equilibrios, estos intercambios. Lo cual la hace aún más poderosa, en la medida en que los entes dominados contribuyen en muchos casos a su dominación, se someten a ellos mismos voluntariamente, gracias a la manipulación moral, religiosa, ideológica, que forma parte del funcionamiento de la máquina.

Como vemos, esta manera de formular el problema pone en cuestión de manera radical el discurso dominante de la cibernética con el que empezamos, según el cual las máquinas vendrían a complementar a las personas, como un elemento de segundo orden, como un añadido, para mejorar su vida. En realidad, desde que el hombre es hombre, existen máquinas hierogámico-sacrificiales que lo someten, lo objetivizan relativamente, lo convierten en algún grado en pseudo-objeto. El progresivo desarrollo de la humanidad coincide con la construcción de máquinas hierogámico-sacrificiales cada vez más complejas, que constituyen zoés culturales como pseudo-sujetos sociales, que someten relativamente a los bíoi como pseudo-objetos individuales o como masa. Esto se produce en paralelo a la objetivización, también relativa y nunca completa, de la naturaleza.

El régimen capitalista no es más que otra máquina hierogámico-sacrificial que opera de manera ligeramente diferente a otros regímenes o máquinas anteriores, pero que como ellos implica procesos imperialistas, colonialistas, globalistas, que no son otra cosa que el crecimiento de una gran máquina hierogámico-sacrificial que destruye o se alimenta de otras máquinas hierogámico-sacrificiales menores, periféricas. En todo caso la tendencia del régimen capitalista es a que la mayoría de los bíoi esté cada vez más sometida a las zoés culturales, y ambos también cada vez más a las cosas, que en el caso del capitalismo pasan a ser cada vez más, como hemos visto, mercancías, y a su vez, máquinas. Tanto el proceso general de mecanización capitalista como la cibernética —como un episodio más de este—, están inscritos en un proceso más estructural, más profundo, de mayor alcance, que consiste en que las máquinas tienden a ser subjetivizadas y estas a su vez objetivizan a los bíoi y las zoés. Pero como decíamos, parece evidente que por encima de estas máquinas hay una minoría de pseudo-sujetos, sean estos humanos o no humanos, que influyen significativamente en todo el proceso, que serían los agentes fundamentales de la gran máquina hierogámico-sacrificial.

Se habla de inteligencia artificial. Esta inteligencia artificial, sea de orden humano o no humano, es, insistimos uno de los agentes que intervienen en la gran máquina hierogámico-sacrificial. Eso no quiere decir que sea la única de las fuerzas que interactúan en la máquina, aunque probablemente sea la más importante. Los bíos, las zoés y las cosas influyen también a su manera y en su medida en la alquimia de la máquina, y sobre todo la naturaleza como zoé natural original sobre la que está montada la gran máquina hierogámico-sacrificial, y que es su fuente. En última instancia todo el proceso consiste en una gran transmutación de la naturaleza en máquina y en inteligencia artificial, proceso que nunca puede consumarse por completo y que siempre genera residuos, segun la lógica inherente de la máquina-sacrificial. De manera que la cuestión no es si estar a favor o en contra de la mecanización del mundo, sino más bien la de comprender que la mecanización es tan vieja como el hombre y no es en última instancia otra cosa que una mecanización hierogámico-sacrificial. La cuestión es más bien la de cómo intervenir en las modalidades, las interacciones y los equilibrios de estas máquinas hierogámico-sacrificiales.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/