2015-12-25

Las distopías hollywoodenses como vanguardia de la realidad

La relación entre la realidad y la ficción es un factor clave para comprender, en general, nuestras sociedades, y en particular, su dimensión política. Para entender cómo el poder da forma a la realidad, y el papel central que la ficción desempeña en ello. Para esto es necesario comprender la estrecha vinculación entre religión y poder, como una constante que atraviesa todas las culturas humanas, a pesar de que en ciertas épocas lo religioso y lo político hayan tendido a disociarse y a aparentar ser fenómenos independientes. De manera que hablar de religión en su sentido más profundo supone hacerlo implícitamente de poder, y hablar de poder supone implícitamente hacerlo de religión. Hablemos, pues, para ser más rigurosos, y para cuestionar que ambos fenómenos puedan darse por separado, de poder-religión.

Para comprender cómo opera el poder-religión hay que subrayar el papel protagonista que juegan en él dos fenómenos, la hierogamia o boda sagrada y el sacrificio, que en numerosas ocasiones se funden en forma de hierogamia-sacrificio. La hierogamia y el sacrificio funcionan según una mecánica muy concreta en la que la relación entre la realidad y la ficción es central. Tanto la hierogamia como el sacrificio se producen en momentos críticos en los que los grupos sociales alcanzan estados límite, en los que se manifiestan, respectivamente, el goce y la violencia extremos. Estos momentos críticos, en los que se alcanzan el paroxismo del goce y de la violencia, suponen la resolución de las crisis y el establecimiento o restablecimiento del orden social. Entonces el goce y la violencia explícitos, patentes, que se dan en el contexto de hierogamias y sacrificios, siguen actuando, pero ahora de manera implícita, latente, en forma de deseo y amenaza. El goce y la violencia reales, protagonistas de las crisis, se convierten respectivamente en deseo y violencia recordados, ritualizados, simbolizados, en suma, goce y violencia ficticios. En otras palabras, entre los períodos de crisis y los de orden se da una relación dialéctica estructural muy estrecha, aunque a menudo pase desapercibida, en la medida en que el goce hierogámico y la violencia sacrificial tensan todo el orden social, moral, político y religioso, todo ello a través de flujos de deseo y de amenaza que atraviesan todo el espectro social, como evocaciones ficticias del goce y la violencia reales.

Pues bien, este es el contexto en el que hay que inscribir la relación dialéctica entre realidad y ficción. En las sociedades tradicionales, las crisis se producen de una manera relativamente espontánea, en el momento en el que las comunidades alcanzan estados límite en su evolución, sea por unos motivos o por otros, que hacen necesarios reajustes en sus regímenes políticos, religiosos, morales, sociales. Las crisis son protagonizadas por el goce y la violencia reales, que después sirven en los períodos de orden como referencias simbólicas, como goce y violencia ficticias, como fuentes de los respectivos deseo y amenaza que dan cohesión y estructuran a la comunidad en los períodos de orden. A todo ello se suma el hecho de que, en la medida en que el orden institucional de las comunidades se fortalece, en la medida en que se producen períodos de estabilidad más prolongados, las situaciones de crisis tienden a ser menos necesarias, menos reales, más ritualizadas, más simbolizadas, de nuevo, más ficticias. En otras palabras, en los regímenes tradicionales la realidad, particularmente patente en forma de goce hierogámico y de violencia sacrificial, ocupa un papel predominante con respecto a la ficción, que a su vez se hace patente en los períodos de orden, pero solo como ritualización, como simbolización de estos goces y violencias reales extremos. Las crisis, en las sociedades tradicionales, son el factor fundamental de la transformación de la realidad, transformación a la que se adaptan las comunidades en los períodos subsiguientes de orden. La realidad de la crisis arrastra, por así decirlo, a la ficción. La ficción sigue a la realidad, se construye sobre la referencia de la realidad. En resumen, la realidad supera a la ficción.

Hoy vivimos en un mundo radicalmente distinto al de las sociedades tradicionales, si observamos hasta qué punto esta dialéctica de realidad y de ficción se ha invertido por completo. Dejemos el fenómeno hierogámico para otra ocasión y centrémonos en la dimensión sacrificial, que es hoy la predominante. En nuestros días se siguen produciendo crisis en las que la violencia es extrema, en las que esta se manifiesta de forma real. También hoy estas manifestaciones de violencia real siguen operando a continuación como violencia ficticia, como amenaza, en los períodos de orden que siguen a las crisis. El terrorismo y sus grandes atentados son el fenómeno en el que mejor se observa esta dialéctica sacrificial hoy, en la que la violencia se manifiesta en su paroxismo, al tiempo que sigue operando como amenaza en los períodos de orden posteriores a las crisis. Pero lo mismo podríamos decir de las pandemias, de las catástrofes naturales, de los grandes accidentes tecnológicos, de las revoluciones —todo entre comillas, como veremos—, como otros tantos fenómenos afines en lo esencial al terrorismo, con independencia de los agentes o motivos que los provocan.

Pero lo que distingue de manera radical a nuestras sociedades tardocapitalistas de las tradicionales es un sistema mucho más complejo a todos los niveles que hace posible que estas crisis sean producidas de manera artificial con enorme eficacia y precisión, un complejo entramado de agentes que actúan con toda impunidad en los Estados profundos, un poderoso aparato tecnológico capaz de prodigios propios de la ciencia-ficción, y un sofisticado aparato de propaganda que multiplica y dramatiza estas crisis en los medios de desinformación de masas. En suma, toda la maquinaria del sistema nazicapitalista, operando al margen y por encima de los poderes formales, viene desarrollando desde las últimas décadas una capacidad cada vez mayor de crear artificialmente todo tipo de crisis y enmascararse detrás de otros agentes o de la naturaleza. Además, la propia lógica del sistema lo empuja cada vez más lejos, en la medida en que se trata en definitiva de un sistema de guerra que, por definición, necesita estar desarrollándose y testándose permanentemente para conservar su posición de vanguardia, para dar salida a sus excedentes de producción, para seguir alimentando incesantemente toda la maquinaria.

Otro factor que ha contribuido significativamente a esta dinámica de aceleración de la realidad es la existencia de un sistema monetario internacional muy polarizado en el dólar, así como su desvinculación del oro a partir de 1971, con el subsiguiente y creciente endeudamiento de toda la economía occidental. Esto tiene una incidencia fundamental en el tema que nos ocupa, en la medida en que el conjunto del sistema hipoteca su futuro y se ve obligado a incrementar de manera delirante su productividad para dotar de valor real a una economía cada vez ficticia. Así como a incrementar la violencia sistémica a todos los niveles, particularmente aquella que es necesaria para saquear recursos naturales y energéticos ajenos que, de nuevo, dotan de valor real al dinero ficticio creado masivamente en los bancos centrales

En suma, numerosos factores confluyen en este régimen nazicapitalista de posguerra, sobre todo desde los años setenta con la financiarización de la economía y la emergencia del dinero ficticio, que suponen que estas crisis tengan que ser cada vez más frecuentes, más violentas, más generalizadas, con el objetivo de acelerar la realidad, de que las ficciones que el sistema crea transformen la realidad cada vez de manera más enloquecida. Con el resultado de que ya no es la realidad la que ocupa el lugar preponderante con respecto a la ficción, como en las sociedades tradicionales, sino la ficción la que empuja hacia delante a la realidad. Ya no es la realidad la que supera a la ficción, sino la ficción la que supera a la realidad.

En esta dinámica general hay que inscribir hoy toda una serie de fenómenos, tales como el terrorismo, las pandemias, las crisis migratorias, las revoluciones de colores, las crisis naturales y climáticas o los accidentes tecnológicos —insistimos, todo entre comillas—. Porque se trata, con carácter general, de crisis artificiales, fabricadas, ingenierizadas, producidas por los Estados profundos y las grandes corporaciones transnacionales, que se benefician en conjunto de todas estas crisis ficticias en la medida en que permiten acelerar la realidad, avanzar en las agendas globales de dominación y control total de los pueblos. Crisis ficticias y reales al mismo tiempo, con la ficción adelantándose y fabricando la realidad a un ritmo vertiginoso que la humanidad nunca ha conocido.

A todo ello hay que sumar el papel central que Hollywood desempeña en toda esta maquinaria de fabricación artificial de crisis y su dramatización espectacular. Hollywood no es una pieza más en toda esta máquina del terror, en el medida en que, como estamos tratando de mostrar, todo este paradigma es estructuralmente hollywoodense. Evidentemente los medios de desinformación de masas operan hoy según la lógica hollywoodense. Pero no sólo los medios de masas son hollywoodenses. La ficción, como vanguardia de la realidad, desempeña un papel estructural central en todo este sistema. De ahí que podamos hablar de un tipo de capitalismo específico, por oposición al capitalismo productivo de otras épocas, que podemos denominar capitalismo hollywoodense. O si se prefiere nazicapitalismo hollywoodense, en la medida en que todo el sistema se basa en esta enorme maquinaria de muerte y destrucción, así como en su propaganda del terror. Solo hay que recordar el papel central que la muerte y su ritualización tuvieron en el nazismo, así como su dimensión tecnológica y propagandística, y trasladar esta mecánica a la del capitalismo globalizado de hoy, para comprender lo ajustado del término nazicapitalismo global hollywoodense.

En este contexto general, que se ha llamado también “capitalismo del desastre”, ha que inscribir hoy el conjunto de las producciones hollywoodenses y en particular todas aquellas de tipo distópico o apocalíptico, que no por casualidad se parecen cada vez más a la realidad. Pero insistimos en que no es que estas ficciones se parezcan a la realidad, sino al contrario, la realidad se parece cada vez más a estas ficciones, en la medida en que están ahí precisamente para eso, para precipitar la realidad, para acelerarla, para avanzar en la implementación de la agenda globalista que convertirá nuestro mundo en una gran distopía orwelliana. Así, entre estos filmes apocalípticos hollywoodenses y las crisis reales, pero fabricadas a partir de ficciones, cada vez hay menos distancia. De ahí que no sea extraño que los lazos que unen todo este entramado entre productoras, medios de desinformación, agencias de inteligencia, Estados profundos y grandes corporaciones, sean muy estrechos, con un particular protagonismo del sionismo.

En suma, en el nazicapitalismo global hollywoodense la ficción prefigura la realidad, se adelanta a la realidad, la acelera, en un carrera vertiginosa que termina por descoyuntar las sociedades tradicionales y todo lo que de humano hay en el hombre, para transformarnos progresivamente en esclavos en una gran distopía medio real y medio ficticia. Y es que esto es lo más escalofriante, que según esta lógica de aceleración de la realidad a partir de la ficción, las fantasías más aberrantes, estén convirtiéndose en reales ante la estupefacción de los espectadores de este gran Infierno.

Insistimos, en un pasado podía ser cierto que, en ocasiones excepcionales, la realidad superase a la ficción. Hoy, en una crisis permanente que pone en cuestión el mismo sentido de este término, la ficción supera a la realidad. O mejor deberíamos decir que la ficción es la vanguardia de la realidad, utilizando intencionadamente un término bélico. Y es que, hay que subrayarlo, el término ficción no debería hacernos olvidar que de lo que se trata en definitiva es de un gigantesco sistema de guerra, solo que con modalidades bélicas más sofisticadas, más encubiertas, más asimétricas y un sistema de propaganda que atraviesa toda la sociedad. En este nazicapitalismo global hollywoodense ya no tiene sentido hablar de Estados que luchan en guerras convencionales, sino más bien de un inmenso sistema que libra una guerra de cuarta generación contra todos. No sólo contra ciertos Estados que se resisten a someterse a esta dictadura global, sino en general contra todos lo pueblos, tanto en las periferias como en los centros, que no desean ser convertidos en ganado, con las únicas funciones de producir y consumir.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/

Imagen a partir de Portaviones USS George Washington (1992) [pd], Place Vendôme [fu/fd] de Gil Bizemont y Staff at Doctors Without Borders carry the body of an Ebola victim (2014) [fu/fd] de Getty Images.