2016-01-09

La derechización o despolitización de la sociedad capitalista















Un fenómeno del que no se habla mucho, en relación a su importancia, es la derechización de la sociedad en el régimen capitalista. De hecho, que no se hable de ello es ya un síntoma de esta derechización. El fenómeno se confunde con el de la despolitización, en la medida en que una de las claves para entender el capitalismo es que este es ya en sí político, pasando a ocupar la política tradicional en él un papel cada vez más superficial. Derechización y despolitización son prácticamente sinónimos, naturalmente, al ser la despolitización una forma de adscripción implícita a la derecha capitalista. Pero lo cierto es que la despolitización sería un término más preciso, en la medida en que derechas e izquierdas tienden a funcionar como una confrontación ficticia en el escenario del poder capitalista. La píldora roja o la píldora azul producen el mismo efecto.

Pero creemos que tanto el fenómeno de la derechización como el de la despolitización responden a una lógica más profunda del capitalismo, que es su religiosidad. Una religión, ciertamente, de un tipo distinto a otras religiones, pero religión al fin y al cabo. Una religión más latente que patente, más implícita que explícita. Una religión en la que los fieles no son conscientes de que lo son, de que muchos de sus comportamientos pueden ser asimilados de hecho a rituales religiosos, de que muchos de sus pensamientos, incluso aquellos que se tienen por racionales, por justificados, por pragmáticos, pueden ser asimilados también a creencias. Esto es, creemos, lo que está en el trasfondo del fenómeno de la derechización o de la despolitización de la sociedad capitalista.

Jean Baudrillard ha sido muy lúcido al mostrar cómo en las sociedades capitalistas todo se va transformando cada vez más en un simulacro. Dicho en otras palabras, lo que el régimen capitalista está haciendo permanentemente es transformar nuestra vida en una vida más artificial, más falsa, más ficticia. También más mecánica, más gobernada por la lógica de la máquina. Esto va sucediendo, en términos generales, lenta pero ininterrumpidamente, de manera que la mayoría no llega a ser consciente de ello, o en todo caso lo interpreta como un progreso, como un avance, como una mejora de su vida. La derechización-despolitización de la sociedad está vinculada con esta artificialización de la vida. Pero si profundizamos un poco más, insistimos, lo que está en el trasfondo de esta artificialización de nuestras vidas, en esta progresiva transformación de la realidad en un simulacro, remite a la religiosidad esencial del capitalismo. En ella hay que indagar, por lo tanto, para tratar de entender el fenómeno en todo su alcance.

Para entender la religiosidad capitalista hay que remontarse más allá de esta, así como más allá de otras grandes religiones institucionalizadas. Hay que llegar por lo menos hasta las religiones paganas, hasta las religiones iniciáticas, hasta aquellas en las que el componente ritual y participativo todavía jugaba un papel más importante que el dogmático o el de la creencia. Hay que comprender que todas las religiones tienen como cometido último reprimir las energías libidinoso-agresivas de los individuos y canalizarlas en un sentido en el que, no solo no amenacen la integridad de las comunidades, sino que refuerzen su cohesión. De ahí que en estas religiones paganas los rituales fundamentales sean aquellos presididos por el goce y la violencia: orgías, hierogamias, sacrificios, que además pueden darse de forma combinada. Las religiones de misterios todavía nos hablan de ello. Estos rituales establecen las formas de goce y de violencia legítimas y las ilegítimas, definen las prohibiciones y las transgresiones, y con ello establecen de manera convencional la moral que ha de regir en la cotidianidad, que se impone en forma de deseo y de amenaza, tomando como referencia el goce hierogámico y/o la violencia sacrificial.

Pues bien, comprender esta mecánica profunda de las religiones, que luego no desaparece por completo en las grandes religiones institucionales, sino que permanece latente, aunque no sea fácil de reconocer, es fundamental para comprender el funcionamiento de la religión capitalista. Naturalmente en el capitalismo existe también toda una mecánica de intercambios materiales. De esto se ha ocupado, como sabemos, el marxismo. Pero estos intercambios materiales no se pueden entender por completo al margen de esta lógica de transferencias libidinoso-agresivas. De ahí que el psicoananálisis sea una disciplina complementaria para comprender las dinámicas capitalistas, conformando el denominado freudomarxismo. Pues bien, además, lo que hay que subrayar es que todo esto tiene una dimensión religiosa, tanto en lo que a los intercambios materiales se refiere como a los libidinoso-agresivos, que en todo caso tienden a darse de manera combinada. Quizás incluso haya que decir que estos intercambios libidinosos sean más importantes que los materiales a la hora de comprender la religiosidad capitalista. Sin dada son claves a la hora de comprender multitud de fenómenos contemporáneos, en una sociedad cada vez más gobernada por el terror y el deseo espectaculares. Todo esto en el marco de lo que veníamos diciendo: que las religiones están ahí, en última instancia, para canalizar nuestro deseo, nuestro goce, nuestra violencia y nuestra amenaza.

Dicho esto, hay que subrayar que la manera en que la religión capitalista controla estas transferencias libidinoso-agresivas es importante para comprender cómo nuestra vida se va convirtiendo progresivamente en un simulacro, en una ficción, en una apariencia de vida, en última instancia, en muerte disfrazada de vida. Antes hablábamos de la progresiva mecanización de la vida. Pues bien, esto tiene mucho que ver con la muerte. La máquina es en última instancia una organización de materia muerta que no funciona sino porque en alguno de sus puntos es alimentada por la vida, en la forma que sea, como energía, como trabajo, como inteligencia. Así, si observamos en que consiste el progreso capitalista, lo que es evidente es que cada vez esta dimensión muerta, inerte, del sistema, es mayor, a un tiempo que la dimensión viva que la alimenta es menor. En otras palabras, la máquina es más eficaz en la medida en que funciona con una menor proporción de vida. Pero esto lo hace al precio de sacrificar cada vez más vida, de transformar cada vez más vida en materia muerta.

Sin duda en este proceso tiene una gran importancia la manera en que Occidente, por lo menos desde la Ilustración, ha marginado la muerte. Y sin la muerte la vida pierde su brillo, su intensidad, deja de destacarse sobre su fondo, en suma, termina transformándose ella misma en muerte, sin que seamos conscientes de ello. Baudrillard ha dicho algo parecido en El intercambio simbólico y la muerte.

Veamos cómo esto afecta a nuestro tema. La religión capitalista consiste en capturar, en atrapar, como hacen todas las religiones, nuestras energías libidinoso-agresivas, para devolvérnoslas transformadas, sublimadas, espiritualizadas, socializadas. Transforma nuestros impulsos naturales en culturales, que ya no nos pertenecen como tales sino que están mediados por los correspondientes rituales, así como por los bíoi sagrados que los protagonizan. Las religiones, y en esto la capitalista no se distingue de las demás, articulan las energías libidinoso-agresivas, absorviendo, canalizando, desviando, reprimiendo, en suma transmutando las de los bíoi en otras de otro orden, que ya pertenecen propiamente a las zoés. En este sentido decimos que se produce una artificialización de la naturaleza, aunque en última instancia se trate de una segunda naturaleza, una transformación de nuestra vida en una vida más social, más sofisticada, más sublimada, más estilizada, más artificial. Naturalización de la segunda naturaleza que es la cultura, de manera que esta se eleve sobre la naturaleza propiamente dicha.

En los rituales paganos esta operación de sublimación de las energías libidinoso-agresivas no se da sin un paradójico retorno a un estadio más natural, más animal, más salvaje. La anábasis no se da sin la catábasis. Y en ambas participan en algún grado los fieles, que no son del todo profanos con respecto a los bíoi sagrados, sino que participan en algún grado de su sacralidad. Insistimos, los bíoi profanos participan de una manera más activa en la mecánica de transferencias libidinoso-agresivas en la que consiste el ritual, más activa en todo caso que como lo hacen en las grandes religiones institucionales occidentales, particularmente en el judaismo y el protestantismo, de las que en gran medida se deriva el capitalismo.

Demos ahora un salto desde las religiones primitivas hasta la religión capitalista, para comparar de qué manera se controlan las energías libidinoso-agresivas. Lo cierto es que en el capitalismo encontramos un conjunto muy heterogéneo de fenómenos en los que están presentes las cuatro energías libidinosas que hemos señalado, todo ello en el marco de los rituales hierogámicos y/o sacrificiales: el goce, el deseo, la amenaza y la violencia. En todo caso lo que observamos en el capitalismo es una perdida de intensidad religiosa en todos ellos. Sin duda siguen siendo fundamentales para el funcionamiento del sistema, pero pocos reconocen su importancia, y menos aún su religiosidad. De los grandes atentados terroristas a las catástrofes llamadas "naturales", estas violencias, así como las amenazas que conllevan, siguen jugando un papel central en la religión capitalista, pero pocos dirían que son fenómenos sistémicos y religiosos. Lo mismo podríamos decir del polo erótico. Del sexo que atraviesa todo el espectáculo del consumo, en el que producto y publicidad ya son indistinguibles, a la pornografía de todo tipo, al alcance de cualquiera en internet, estos goces y estos deseos también son centrales en la religión capitalista, también son sistémicos y religiosos. Pero de nuevo pocos estarían dispuestos a defenderlo, atrapados en un pensamiento dominante que ha intentado desde hace siglos compartimentarlo todo para que no se entienda nada.

En este sentido decíamos que la religión capitalista opera de una manera más latente, más implícita, estableciendo una diferencia menos marcada entre lo profano y lo sagrado. Esto se debe también a lo que decíamos de la pérdida de intensidad de la vida, ligada al papel marginal al que se ha relegado a la muerte. En todo caso a la muerte cercana, a la muerte que nos rodea, a la muerte como relación de intimidad. Estamos hablando, naturalmente, de los ámbitos centrales del imperio capitalista. En las periferias la muerte sigue siendo algo cercano e íntimo, como lo ha sido siempre. Si la religión capitalista también se basa en rituales de tipo hierogámico y sacrificial, pero si estos no tienen la intensidad que tuvieron antaño, es en buena medida por esta externalización de la muerte. La pérdida de intensidad de la vida supone, por lo tanto, la pérdida de intensidad de la violencia y del goce, de nuestra violencia y de nuestro goce, así como de las correspondientes energías, nuestra amenaza y nuestro deseo. Estas fuerzas siguen ahí, pero cada vez son menos nuestras, cada vez son más del sistema y menos de nuestras comunidades, cada vez tenemos menos que decir en ellas porque nos son impuestas desde las cúpulas del sistema, desde sus aparatos de reproducción social. Insistimos, todo esto sigue siendo profundamente religioso, pero lo que ha cambiado es que cada vez tenemos menos voz y menos voto en ello. Paradójicamente las sociedades que se quieren llamar "democráticas" apenas pueden decidir en lo más importante en nuestra vidas. Siempre se nos habla de cifras, de estadísticas, de PIB, de índices bursátiles, pero nunca de cómo el sistema nos arrebata nuestro goce, nuestro deseo, nuestra amenaza y nuestra violencia. Aquí también la izquierda debería comprender hasta qué punto le está haciendo el juego al sistema al hablar su lenguaje, al caer en la trampa de la píldora roja.

La muerte sigue jugando un papel central en el sistema, no solo a nivel material, sino también a nivel simbólico. Las crisis capitalistas consisten, en última instancia, como hemos mostrado en otro lugar ("Las crisis capitalistas y la producción de víctimas", http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article97197), en producir dinero ficticio en un polo del sistema, y víctimas en el polo contrario que hagan posible dotar de valor real a este dinero ficticio. Pero esta muerte, que en última instancia es sacrificial, es, para muchos de los ciudadanos de los ámbitos centrales, una muerte lejana, mediática, espectacular, ficticia. Es cierto que los sacerdotes de esta religión sacrificial saben modular estos rituales, de manera que algunos de ellos sean más cercanos a los ciudadanos. 11S, Atocha, Bataclán. Pero aún así esta violencia sacrificial sigue siendo de una intensidad religiosa menor que la de otras religiones. Es también muerte, pero una muerte ajena, una muerte que la mayoría nunca imagina que le va a tocar. Una muerte muy distinta a la muerte de nuestros ancestros, a la muerte cercana, íntima, que esperaba al otro lado de la esquina. Hoy la muerte es una muerte que oscurece la vida, que la ensombrece, que se mezcla con ella, que la ensucia. Antaño la muerte era un doble de la vida, algo marcadamente distinto, a la vez que cercano, una figura tan neta como la vida, que precisamente le daba a la vida el brillo que hoy no tiene. Esa muerte se sentía en la Edad Media europea, pero el pensamiento dominante la ha extirpado de nuestra realidad. Para mayor gloria del simulacro, del gran escenario de muertos vivientes en el que cada vez más vivimos. Esa muerte intensa, erótica, seductora, la hemos externalizado, para mayor eficacia del sistema, sin saber que se ha infiltrado en el sistema subrepticiamente y lo esta minando por dentro.

La religión capitalista extirpa de nuestras vidas el goce y la violencia reales, auténticos, intensos, sagrados, y nos los devuelve como espectros mediáticos, que nos persiguen como fantasmas en cada telediario y en cada tortura hollywoodense. El ritual MkUltra al que los sacerdotes capitalistas someten a las estrellas de Hollywood se parece cada vez más al que sufrimos los espectadores de la gran producción hollywoodense que es cada vez más la realidad. Los rituales de goce y de violencia de la Antigüedad hoy parecerían sin duda excesivos, pero entonces todavía había cabida para la participación, para la empatía. Estos se podían recrear en la aldea, en la fiesta parroquial, o en el carnaval. Hoy la sociedad es cada vez más pasiva en lo que a esta participación religiosa se refiere. Paradójicamente la sociedad capitalista es una de las más activas de las que han existido, pero se trata de una actividad relacionada con la ocupación, con el trabajo, con el pensamiento. Se trata de una actividad, en última instancia, mecánica, del orden del sometimiento, del de la transformación de la vida en muerte. Todo lo contrario de la actividad y la participación ritual de las que hablamos, en las que pueden experimentarse el goce y la violencia en su dimensión sagrada y en su dimensión social, con las oscilaciones características de lo hierogámico-sacrificial, que hace posible que la realidad se encarne. Hoy todo está atravesado por el deseo y por la amenaza, pero por el deseo y la amenaza artificiales, sintéticos, fabricados, mecánicos, impuestos desde las cúpulas secretas-sagradas y hollywoodenses de la religión capitalista. Precisamente por lo que decíamos, porque este deseo y esta amenaza ingenierizadas, dramatizadas, emanan de los correspondientes goce y violencia, pero de nuevo de un goce y de una violencia distantes, ajenos, sintéticos.

Pues bien, volviendo al tema con el que comenzábamos, todo esto es lo que, creemos, está en la base de la derechización y la despolitización de la sociedad. La religión capitalista se sostiene sobre una serie de mitos, tales como el de la libertad individual, el del éxito personal, el del progreso. De lo que se trata es de que creamos que el sistema mejora nuestras vidas, hace posible algo parecido a un avance, un progreso. Pero esto no es más que un mito, uno de los muchos que sostienen la religión capitalista. Y es que esta mejora, este avance, este progreso, como hemos tratado de mostrar, solo se producen, y esto solo en algunos casos, en el ámbito material. Es indudable que el capitalismo conlleva grandes avances materiales y tecnológicos, y que estos en alguna medida hacen nuestra vida más fácil, más segura, más cómoda. Pero estos avances vienen siempre acompañados, por mucho que la proganda del sistema nos lo quiera ocultar, de sus correspondientes retrocesos, regresiones, embrutecimientos, sometimientos. Pero sobre todo lo que queremos enfatizar aquí es que, con carácter genérico, junto a estos supuestos avances materiales y tecnológicos, lo que se produce permanentemente es una progresiva artificialización de nuestras vidas en lo que estas tienen de más intenso, en su goce, su violencia, su deseo y su amenaza. En lo que nos hace estar vivos. Hablamos, por supuesto, en el sentido más profundo, más sagrado, más inmanente al mismo tiempo que trascendente de estos términos, más encarnado.

El mecanismo ideológico fundamental del sistema, o si se prefiere, el mito fundamental en el que los fieles deben creer, en lo que al tema que nos ocupa se refiere, es que este progreso material y tecnológico compensa lo que perdemos de intensidad vital. Esta es la gran trampa de la propaganda del sistema. Debemos creer que el aire acondicionado, el mando de la televisión, la red social enriquecen nuestra vida en lugar de empobrecerla. Para eso nos ponen en los telediarios, todos controlados por el gran capital, la imagen de la cola de gente esperando a comprarse el nuevo iPad. Lo que es importante entender es, como decíamos, que el supuesto avance material-tecnológico se produce al mismo tiempo que el creciente control y represión de nuestras energías libidinosas. Lo uno y lo otro van unidos, con carácter general, pero sobre todo en las situaciones de crisis del sistema, como en la que nos encontramos. El mito del progreso está ahí, como todos los mitos, para encubrir algo mucho más importante y mucho más trascendental: la captura por la religión capitalista de nuestra vida auténtica, de nuestros goces, deseos, amenazas y violencias, de aquellos que nos permiten ser comunidad y no sociedad sometida al sistema, de los más sagrados. Los avances materiales y tecnológicos son también avances en las estrategias y las tácticas a través de las cuales el sistema nos arrebata estas energías. De una manera similar a esa imagen de Matrix en la que una gigantesca máquina se alimentan de la energía de seres humanos. Los avances materiales y tecnológicos, y toda la propaganda hollywoodense que los acompaña, estan ahí para encubrir, en última instancia, que todos ellos son formas derivadas de rituales hierogámico-sacrificiales.

Si las sociedades capitalistas se derechizan y se despolitizan, tanto los ricos como los pobres, tanto los conservadores como los progresistas, es porque están atrapadas en esta estructura de captura libidinoso-agresiva, y porque esta captura, esta apropiación encubierta, se produce al mismo tiempo que el llamado progreso. Y porque todo esto es una operación de manipulación religiosa. Pero hay que subrayar que todo esto sucede también en la medida en que dichas energías libidinoso-agresivas, al mismo tiempo que son capturadas, son externalizadas. Nos gusta emplear este término para subrayar el paralelismo entre la dimensión material y la libidinosa de los intercambios capitalistas. El sistema externaliza nuestro goce y nuestra violencia, de la misma manera que externaliza la industria pesada o la explotación de los seres humanos y la naturaleza. Los fieles capitalistas de los países centrales pueden seguir creyendo que el sistema progresa, que sus vidas mejoran. Pero esto es así, en buena medida, porque no comprenden, porque no son conscientes, de la mecánica de estas externalizaciones. Los fieles capitalistas dejan de comprender que, en última instancia, esta externalización de la violencia es la externalización de su propia violencia, así como de su propio goce. Dejan de comprender que la guerra capitalista es posible porque se nutre de su propia violencia, que la guerra de turno en el país periférico de turno es su propia guerra, es su propia violencia. Dejan de comprender que el terrorismo, que el espectáculo hollywoodense les presenta como algo exótico, como algo de radicales, de fanáticos, es en última instancia terrorismo del sistema, terrorismo producido por el propio sistema. Dejan de comprender que el terrorismo es posible precisamente porque se nutre de su propia violencia.

En esto consiste en el fondo la derechización y la despolitización de las sociedades capitalistas. Hoy es sorprendente observar como, incluso amplios sectores de la izquierda radical, defienden posiciones esencialmente burguesas y reacionarias. Sobre todo en los países más centrales del imperio, como en Alemania, en la que es habitual encontrar anarquistas de galería con visiones del mundo profundamente reaccionarias. No solo porque no han comprendido algunas de las sutilezas con las que hoy opera la religión capitalista, sino también porque hay una suerte de incomprensión emocional, de falta de empatía, a la hora de comprender las mecánicas libidinosas de las que hemos hablado. Que se pueden formular teóricamente, pero que también y sobre todo son del orden del pathos. La derechización y la despolitización de las que hablamos suponen también esta atrofia de la empatía.

Si uno se pasea hoy por alguno de los barrios burgueses de alguna de las ciudades centrales del imperio capitalista, que parecen ajenos a la guerra de baja intensidad que hoy padecemos todos, que ni siquiera han observado que las nubes hoy son nubes artificiales, si uno se acerca a alguno de estos barrios burgueses, decíamos, podrá observar cómo se van progresivamente transformando en un simulacro, en un escenario teatral en el que los actores hubiesen dejado de saber que lo son, creyesen que su actuación es su vida. Si esto no es una religión, que alguien me diga cómo hay que llamarlo. Esto se observa de manera muy evidente en los ámbitos más privilegiados del sistema. Pero en realidad es un fenómeno generalizado, no tanto en su dimensión material, como en la ideológica, en la de la creencia. Cuanto más los maltrata el sistema, más creen en él, como si de un síndrome de Estocolmo se tratara. Evidentemente las clases menos privilegiadas, incluso amplios sectores de las clases medias, no disfrutan del mismo progreso material. Pero el que más y el que menos puede acceder a un smartphone. De manera que, con relativa independencia del estatus económico, hoy la mayoría comparte la conciencia de clase burguesa. A menudo creyendo ser un progresista o incluso un izquierdista radical.

Y es que la guerra más importante que el sistema libra hoy contra todos, guerra de cuarta y de quinta generación, es esta guerra mediática, ideológica, propagandística, del orden de la creencia. Algunos se sorprenderán al oir hablar de guerra en relación con los medios de comunicación o la industria del espectáculo, pero este es el término más apropiado. Habría que hablar incluso de guerra de religión, no tanto en el sentido en el que unas religiones luchan contra otras, que es un fenómeno superficial en relación con otro más profundo. Si hablamos de guerra de religión es porque hoy la guerra más importante, la que está en el trasfondo de todas las demás, es la guerra que las élites del sistema libran contra todos. Como un enorme ritual hierogámico-sacrificial en el que todo lo que una vez fue vida es transformado progresivamente en muerte por el sistema.

Si las sociedades capitalistas tienen una tendencia ininterrupida a derechizarse y a despolitizarse, es porque estas son en el fondo sociedades religiosas en las que uno de sus mitos más poderosos es el del progreso. Lo que el progreso representa hoy para los fieles capitalistas es lo que en otro tiempo representaba la salvación para los cristianos. Solo que ahora se trata de una salvación inmanente, de un paraíso terrenal, del que se ha perdido la trascendencia. Si algo podemos aprender del terrorismo, del terrorismo orquestado por la propia religión capitalista, por los sacerdotes de sus agencias de inteligencia y de sus medios hollywoodenses, es el brillo de la vida en contacto con la muerte. Si algo nos pueden enseñar los yihadistas, a pesar de que sean patsies instrumentalizados por las cabezas pensantes de la religión capitalista judeo-cristiana, es que la muerte no tiene importancia cuando al otro lado nos esperan 78 vírgenes.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/

Imagen a partir de sofás de varios tipos de Ikea [fu/fd] y manifestantes [ua].