2016-01-06

Las crisis capitalistas y la producción de víctimas

En el marco del ciclo "Im Zentrum des Übels" (En el centro del mal) que presenta Guillaume Paoli en la Volksbühne am Rosa-Luxemburg-Platz de Berlín, el pasado 5 de enero el italiano Daniel Giglioli dió una conferencia con el título "Du Opfer!" (Tu víctima). Según Giglioli hoy estamos en un nuevo paradigma en lo que a la mecánica sacrificial se refiere. Las víctimas se han convertido en los héroes de nuestro tiempo. Están tan cotizadas que incluso se puede decir que hay competencia entre las víctimas. Pongamos estas ideas en contexto para entender cómo opera la máquina sacrificial en el seno de la máquina capitalista.

La máquina capitalista produce sobre todo mercancías y dinero. Extrae riqueza de la tierra y la inserta en su maquinaria de producción, multiplicándola mediante el trabajo de los sujetos, creando así más riqueza. Y como resultado de todo este proceso, produce dinero, que como mostró Karl Marx, es otra mercancía más pero de un orden distinto al del resto de las mercancías, una mercancía sagrada que sirve de referencia al resto de mercancías profanas. Pero este es solo el modo de funcionamiento normal de la máquina capitalista.

En el modo de funcionamiento de crisis, la máquina capitalista produce también dinero y víctimas. Quiero decir que en las crisis no solo produce dinero como resultado de la producción de mercancías, sino que también produce dinero de manera independiente, dinero que no tiene nada que ver con la creación de riqueza, dinero ficticio. Y además de dinero ficticio, la máquina capitalista, en su modo de funcionamiento de crisis, produce víctimas. De hecho ambos fenómenos están estrechamente vinculados. La producción de dinero ficticio y la producción de víctimas son las dos caras de la moneda, nunca mejor dicho.

Hagamos un poco de historia para comprender todo lo que la máquina capitalista implica. Se puede decir que esta comenzó a funcionar en el momento en que las personas se convirtieron en mercancías. Antes de eso funcionaba otro tipo de máquina, también una máquina hierogámico-sacrificial como la capitalista, pero una en la que las personas todavía eran personas y no mercancías. Naturalmente esta es una definición conceptual que hace difícil decir con precisión cuando comenzó a funcionar la máquina capitalista. Lo que sí nos permite es decir que un fenómeno como la transición del matriarcado al patriarcado, tal como mostraron Friedrich Engels y Wilhelm Reich, fue un paso significativo hacia la máquina capitalista, en la medida en que los hombres convirtieron a las mujeres en mercancías para poder asegurar la paternidad de sus hijos. También nos permite decir que un fenómeno como la esclavitud es un antecedente evidente de la mecánica capitalista, en la medida en que está forma de apropiación es el paradigma de la mercantilización de las personas. En suma, podemos decir que la máquina precapitalista se fue transformando poco a poco en máquina capitalista, a medida que más personas eran transformadas en mercancías, por la máquina misma. Pues uno de los cometidos de la máquina, no sólo de la capitalista, sino de la máquina hierogámico-sacrificial en general, es transformar sujetos en objetos.

El paso más decisivo hacia la mercantilización de las personas, de la vida humana, tuvo lugar en la Revolución Industrial, en la que, no por causalidad, desempeñó un papel central la máquina. Pero aquí queremos poner el acento en un proceso paralelo, que se suele adscribir al ámbito de lo ideológico y de lo político, y que sin embargo nos parece que guarda una relación muy estrecha con lo económico. Un proceso que también fue fundamental para la mecanización de la vida humana y por lo tanto para la transformación de las personas en mercancías. Nos estamos refiriendo a la Revolución Burguesa francesa, a las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, que todavía hoy están en el centro del discurso político.

Lo que no se suele decir es que la libertad, la igualdad y la fraternidad que proclamaron los revolucionarios franceses se refieren cada vez menos a las de las personas y más a las de las mercancías. Y es que podemos identificar este momento histórico como el punto de inflexión entre la máquina precapitalista y la capitalista, entre la sociedad de las personas y la sociedad de las mercancías. Precisamente porque se trata de un punto de inflexión, las nociones de libertad, fraternidad e igualdad se referían tanto a las personas como a las mercancías. Porque, siguiendo nuestra argumentación de que la máquina precapitalista se va convirtiendo progresivamente en máquina capitalista, este punto sería justamente en el que los dos platos de la balanza se igualaron, en el que las personas y las mercancías valieron lo mismo. A partir de entonces las personas nunca más volverían a valer tanto como las mercancías, estas fueron ganando peso en el balance general del sistema, las personas fueron quedando cada vez más supeditadas a las mercancías. Los valores humanos fueron supeditándose cada vez más al valor de cambio capitalista.

La gran farsa de la Revolución Burguesa fue que, precisamente porque en ese preciso momento las personas y las mercancías llegaron a igualarse, a valer lo mismo, se pudo decir de las personas lo que en realidad, a partir de ese momento, iba a valer solo para las mercancías: que estas son libres, fraternas e iguales. Los valores capitalistas fueron una sustitución de los valores humanistas, justo en el momento en que se declaraban. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fue una coartada para legitimar esta transferencia de valores, en todos los sentidos del término, de las personas a las mercancías.

Esta es la clave para comprender la ideología hipócrita en la que se basa el capitalismo. Libertad, igualdad y fraternidad, primeramente y sobre todo, de las mercancías, quedando la libertad, la igualdad y la fraternidad de las personas supeditadas a ellas. Este es el verdadero sentido del liberalismo: libertad de las mercancías, aunque sea al precio de la esclavitud de las personas. Toda la retórica de la libertad de los individuos es una farsa, porque la única verdadera libertad en la máquina capitalista es la de las mercancías. Porque la libertad de los individuos no tiene sentido sino es como productores y consumidores. Lo mismo puede decirse de la fraternidad. La única fraternidad que impera en la máquina capitalista es la de las mercancías. Las mercancías son fraternas por que pertenecen a una misma familia, porque son todas hijas de una misma madre y de un mismo padre: de una misma tierra violada por la máquina, de un mismo dinero ficticio que alardea de su valor, pero que solo lo obtiene, insistimos, fabricando víctimas, ejerciendo su violencia sacrificial. Lo mismo, finalmente, puede decirse de la igualdad. La máquina capitalista produce tanta desigualdad como el resto de las máquinas que la han precedido. Porque también es una máquina imperial, colonial, en última instancia, sacrificial. La verdadera igualdad que proclama la máquina es la del valor de cambio, la de reducir todos los valores de la vida a este único valor.

Volviendo al funcionamiento genérico de la máquina capitalista, decíamos que esta, durante su modo normal, produce mercancías, y a partir de la mercancías produce dinero. Y al mismo tiempo continúa su proceso de transformación de las personas en mercancías. Pues como decíamos, esta transformación no se da de una vez, sino que se trata de un proceso ininterrumpido en el que cada vez las personas se parecen más a mercanías, y cada vez hay más personas inscritas en esta transformación. De esto es de lo que se trata en las guerras, en las desestabilizaciones de Estados, en la geoingeniería y en la socioingeniería, en los medios hollywoodenses. Esta es la llamada acumulación primitiva, que como el mismo Marx decía, solo es llamada primitiva, porque de hecho nunca deja de actuar, nunca deja de transformar personas en mercancías, nunca deja de transformar comunidades relativamente precapitalistas en sujetos-objetos productores y consumidores.

Pues bien, en las crisis, este proceso de transformación de las personas en mercancías se acelera, se produce de manera más violenta. Pues en última instancia este es uno de los mecanismos fundamentales de valorización, de transferencia de riqueza desde la vida a las mercancías-vampiros, muertos vivientes que no obtienen su vitalidad sino es vampirizando a las personas. En este sentido, se puede decir en rigor que la máquina capitalista es una máquina sacrificial. Lo es con carácter general, pero sobre todo lo es en las crisis. Mientras que en el modo de funcionamiento normal la máquina capitalista tiende a funcionar como una máquina hierogámica. Siendo ambos dos modos de funcionamiento no excluyentes, no alternativos, ambos complementarios, paralelos, constituyentes de la máquina hierogámico-sacrificial capitalista.

En este sentido hay que interpretar lo que venimos diciendo desde un principio: que la máquina capitalista produce víctimas, violencia, tortura, terrorismo, atentados, decapitaciones, muerte, en suma, sacrificios. Todos estos son productos de la máquina sacrificial capitalista, en contra de lo que sus medios de desinformación hollywoodenses nos cuentan. Todos estos fenómenos son sistémicos, son, insistimos, productos de la máquina, como las mercancías, como el dinero. De hecho productos complementarios, en la medida en que necesita esta producción de víctimas para dotar de valor real al dinero ficticio que produce en sus bancos centrales. Así, en su modo de crisis, la máquina capitalista tiende a producir más y más víctimas, más y más sacrificios, más y más espectáculos sacrificiales hollywoodenses.

De la misma manera, el funcionamiento normal de la máquina capitalista tiende a ser el de una máquina hierogámica, es decir, el de la producción de deseo y de goce mercantilizables. La pornografía es el paradigma de la máquina hierogámica capitalista. Todas las tendencias que están pervirtiendo el erotismo natural, que están disociando la sexualidad de la fertilidad, son también producciones de la máquina capitalista para transformar a las comunidades humanas en sujetos-objetos controlables, en mercancías. La máquina capitalista es una máquina hierogámica en la medida en que todo tiende a convertirse en erotismo mercantilizable, todas las mercancías tienden a convertirse en dildos, todos los espectáculos en pornografía.

Insistimos en que la máquina hierogámica y la sacrificial, la máquina capitalista normal y la de crisis, son en última instancia una misma máquina hierogámico-sacrificial capitalista. Ambos modos de funcionamiento no se dan de manera excluyente. Ambos son simplemente dos polos entre los que el funcionamiento de la máquina está permanentemente oscilando. Hay crisis de distinto orden, más o menos pronunciadas, de la misma manera que hay períodos de normalidad de mayor o menor alcance. La máquina capitalista está permanentemente fluctuando entre ambos polos, sin dejar de ser nunca por completo ni hierogámica ni sacrificial. Sin dejar de mercantilizar el deseo y el goce, la violencia y la amenaza. Esta mercantilización del deseo, del goce, de la violencia y de la amenaza es otra manera de referirse a la transformación de las personas en mercancías. Desempeña un papel mucho más importante que el de los intercambios materiales. De ahí que la mayoría de los economistas oficiales no hablen de ello.

Muchos de los fenómenos que hoy estamos viviendo se pueden entender desde esta mecánica. Al estar hoy atravesando una gran crisis, la máquina capitalista se ve obligada a producir masivamente dinero ficticio, por un lado, y a intensificar la mercantilización de la violencia y la amenaza, por el otro. Para, insistimos, dotar de valor real a dicho dinero ficticio, falso, falsificado legalmente por el cartel bancario. Después de haberse apropiado de la submáquina pública de producir dinero, una pieza fundamental de la máquina capitalista total.

En este sentido hablamos de producción de víctimas, la otra pieza fundamental de la máquina. Pero no se trata solo de producir víctimas reales. Además es necesario, como proceso complementario, producir el espectáculo de las víctimas. Producción de víctimas y producción del espectáculo de las víctimas son dos procesos complementarios estrechamente vinculados en la máquina sacrificial hollywoodense. Esto es, en definitiva, lo que siempre ha sido una celebración sacrificial. En este sentido se puede decir que las crisis suponen una regresión de la máquina capitalista a modos de funcionamiento propios de la máquina precapitalista, en los que los protagonistas de los sacrificios eran personas. De los sacrificios aztecas a los autos de fé católicos o a los suplicios públicos del Antiguo Régimen de los que nos ha hablado Michel Foucault.

En las crisis de la máquina capitalista, si hemos de ser coherentes con todo lo que venimos diciendo, se deberían sacrificar mercancías. Esto pondría fin a las crisis de sobreproducción. No decimos que se deberían consumir, sino que se deberían "gastar improductivamente", como sugirió lúcidamente Georges Bataille en La noción de gasto y La parte maldita. En lugar de esto, en las crisis la máquina capitalista, insistimos, intensifica la producción de dinero ficticio, la producción de víctimas, la mercantilización de la violencia y la amenaza.

El terrorismo, las pandemias, los "accidentes" tecnológicos, las catástrofes "naturales", el clima cambiado, las revoluciones coloreadas, las crisis migratorias..., son todos fenómenos de producción de víctimas, provocados o en todo caso intensificados por la máquina capitalista sacrificial. Todo ello se puede resumir en las nociones de guerra de cuarta y quinta generación. Sabemos que las crisis más agudas de la máquina capitalista solo se resuelven con guerras mundiales. La crisis de 1929 solo se resolvió con la Segunda Guerra Mundial. Hoy estamos en una situación similar. Los paralelismos con la Europa de los años treinta son evidentes, aunque las escalas sean otras y la máquina esté más desarrollada tecnológicamente. Si entonces la guerra fue intercapitalista, entre bloques de Estados-nación aliados, hoy esta dimensión intercapitalista también está presente, pero combinada con otra dimensión global en la que los Estados-nación tienden a desaparecer desintegrados por las dinámicas del capital global, que libra una guerra contra todos. Si las dos primeras guerras mundiales fueron de primera, segunda y tercera generación, la Tercera Guerra Mundial en la que estamos ya inmersos, es además de cuarta y de quinta. El terrorismo de Estado encubierto, los atentados de bandera falsa, las pandemias creadas en laboratorios militares, las revoluciones de color ingenierizadas, las catástrofes naturales geoingenierizadas mediante chemtrails y HAARP, los programas de biotecnología, nanotecnolgía y manipulación genética, los programas eugenésicos de vacunación, el control y la programación mental de masas... Estas son algunas de las armas de la Tercera Guerra Mundial de cuarta y quinta generación que la máquina sacrificial libra hoy contra todos. Seguramente debamos situar su comienzo en la gran farsa hollywoodense del 11S del 2001.

Pero volvamos al tema de la producción de víctimas, no sólo a la producción real sino también a la de su espéctaculo, que de hecho tienden a confundirse. Hoy todas las grandes iniciativas de mercantilización de la violencia y la amenaza, que venimos de enumerar, van acompañadas sistemáticamente de la correspondiente producción espectacular. De las Torres Gemelas, demolidas de manera controlada, a los montajes mediáticos sobre supuestas armas de destrucción masiva para legitimar guerras de conquista en las periferias. De los niños inmigrantes, colocados convenientemente en la orilla de la playa para convertirse en foto de portada, a las decapitaciones terroristas gravadas en estudio con fondo de pantalla verde. La máquina sacrificial hollywoodense produce el espectáculo de las víctimas. Que incluye a víctimas reales, porque la distinción entre realidad y ficción ya no es la distinción clásica y la ficción es el vector de transformación de la realidad. Con ello se legitima el que la máquina pueda cometer otros sacrificios, esta vez menos publicitados, menos ritualizados, menos dramatizados. La máquina sacrificial hollywoodense produce, además del espectáculo de las víctimas, víctimas reales, daños colaterales necesarios para justificar el uso de la violencia y la amenaza, que en definitiva es la comercialización de nuestra violencia y nuestra amenaza, de las que la máquina se apropia. De la misma manera que la máquina hierogámica capitalista se apropia de nuestro deseo y de nuestro goce.
Pero hay un sacrificio mucho más sutil, que es el que verdaderamente la máquina escenifica en sus medios inquisitoriales. Es el sacrificio de la libertad, la igualdad y la fraternidad. La misma trampa que inauguró el régimen de la máquina capitalista, vuelve a utilizarse en estas celebraciones sacrificiales. Entonces todavía las personas y las mercancías no se diferenciaban tanto, en la medida en que, como decíamos, la balanza entre la máquina precapitalista y la capitalista estaba más igualada. Hoy, dos siglos y medio después, el avance en la mercantilización de la vida ha sido y sigue siendo brutal. De tal manera que la farsa de la libertad, la igualdad y la fraternidad es cada vez más difícil de mantener. La máquina capitalista es cada vez más vencedora, pero también cada vez menos convincente.

La producción espectacular de víctimas se basa en esta farsa. Además de las víctimas reales, lo que se sacrifica en los altares capitalistas, en un sentido más trascendente, más simbólico, son la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y con ello todo el resto de valores ficticios tales como la democracia, el Estado de derecho, la legalidad, y todo el resto de farsas ideológicas producidas por la máquina capitalista, recitadas como mantras por las marionetas políticas y los medios de manipulación de masas, para legitimar la mecánica hierogámico-sacrificial. Y es que, precisamente sacrificando estos valores es como la máquina los produce. Precisamente negándolos es como defiende hipócritamente su valor ficticio. La máquina sacrifica los valores reales al mismo tiempo que invoca las mismas nociones trascendentes, vacías de contenido, ficticias, hipócritas, sintéticas, de plástico. En la medida en que, como decíamos, las verdaderas libertad, igualdad y fraternidad son las de las mercancías. En la medida en que la libertad, la igualdad y la fraternidad de las personas son valores vacíos de contenido que sólo lo adquieren mediante su sacrificio. No es una casualidad que los últimos atentados producidos por la máquina sacrificial capitalista hayan sido en el lugar donde se proclamaron la libertad, la igualdad y la fraternidad. No es una casualidad que, en el marco de los atentados de París del 13 de noviembre, la producción del espectáculo de las víctimas haya estado protagonizado por la bandera tricolor.

Como ha mostrado Jean Baudrillard, el valor de la vida solo se puede intercambiar con el valor de la muerte. Solo la muerte dota de valor a la vida. Que la muerte haya sido marginada de una manera tan radical en la cultura capitalista pone de manifiesto hasta qué punto esta se basa en un empobrecimiento general de la realidad, hasta qué punto el capitalismo se sostiene, paradójicamente, en la desvalorización de la realidad. La máquina hierogámico-sacrificial capitalista lo reduce todo a mercancías y estas a un único valor: el valor de cambio. Pero, de la misma manera que solo la muerte da valor a la vida, el valor de las mercancías solo se puede intercambiar con su "gasto improductivo", con su sacrificio.

Lo que fascina a las masas mercantilizadas del espectáculo sacrificial capitalista no son las víctimas en sí, no es que las víctimas sean personas. Lo que nos fascina es que nos revela el funcionamiento de la máquina capitalista: la transformación de las personas en mercancías. Cuando las masas de personas-mercancías contemplan extasiadas los sacrificios rituales capitalistas, que las agencias de inteligencia y los medios hollywoodenses orquestan para ellas, lo que realmente están viendo no son personas sino personas-mercancías sacrificadas. En el sentido más profundo, se trata de un ritual en el que las masas de mercancías que hoy somos contemplan con estupor otras mercancías sacrificadas como "gasto improductivo". Sólo este sacrificio dispendioso, improductivo, de las personas-mercancías, es capaz de proporcionar valor real a los valores ficticios que crea produce la máquina.

Ahora podemos comprender a lo que se refería Daniel Giglioli en su conferencia. Si las víctimas son los héroes de nuestro tiempo, si las víctimas están hoy tan cotizadas que incluso hay competencia entre ellas, es por todo lo que venimos diciendo. Porque las víctimas de la máquina sacrificial capitalista son el "gasto improductivo" que, con su muerte, dotan de valor real, no solo al dinero ficticio que produce, sino sobre todo a las masas de personas-mercancías que participan en sus rituales. Este es el secreto de los sacrificios capitalistas. Esto es lo que, al nivel simbólico más profundo, se representa en los rituales sacrificiales capitalistas. El sacrificio de la libertad, la igualdad y la fraternidad reales, como mecanismo de producción de sus ficciones.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/

Imagen a partir obreros en cadena de montaje [ua] y niño migrante muerto en costa turca de Nilüfer Demir/Reuters (2015) [fu/fd].