2016-02-05

Entre el matriarcado y el patriarcado











Pero ahora para poder seguir avanzando en el tema del incesto, debemos comprender un fenómeno que se asocia estrechamente con él, como es el matriarcado. Hay que entender que, como todo en la máquina hierogámico-sacrificial, la noción de paternidad no es simétrica a la de maternidad. La paternidad surge además con posterioridad con respecto a la maternidad. En las primeras culturas humanas lo habitual es que no se sepa quiénes son los padres de los hijos, ni siquiera que exista la noción de padre como tal. Como dice el adagio romano, "mater semper certa, pater incertus". [1] Como es evidente, se sabe con seguridad que los hijos son paridos por sus madres, pero no se sabe hasta qué punto los hombres participan en ello. Hay que entender que estamos en el marco de organizaciones sociales muy distintas a las actuales, formadas por clanes en los que impera la primiscuidad de las uniones sexuales o en todo caso matrimonios de grupo en los que numerosos hombres se unen con numerosas mujeres. Es evidente que la maternidad se pueda adscribir a los bíoi, pero la paternidad, en un principio, solo es adscribible a la zoé. La madre es un bíos pero el padre es una zoé. He aquí una de las asimetrías fundamentales entre hombres y mujeres, pero también, por ello, en la máquina hierogámico-sacrificial.

En otras palabras, en las primeras comunidades humanas todas las madres eran vírgenes, en el sentido original de este término, es decir, madres que daban a luz sin la intervención de los padres, o al menos sin que se tuviese conciencia de la paternidad. Esta maternidad sin paternidad es la que luego pervive en el ámbito de lo sagrado, pero originalmente es propia de todas las formas de maternidad. Estamos en el marco de culturas en las que el tabú del incesto no se ha instaurado, en el que las relaciones eróticas están caracterizadas por la promiscuidad. En este contexto, hay que pensar que las primeras comunidades humanas son hordas similares a las manadas de los animales depredadores, que se asocian en función de su eficacia para obtener el sustento alimenticio, que de la misma manera que se comparte el alimento se comparten las mujeres, en la medida en estas son más débiles y por lo tanto objetualizadas por los machos en tanto que sujetos. En este marco está ya operativa la máquina sacrificial, en la medida en que es utilizada para cazar, para el ataque o la defensa frente a otras hordas, pero también para linchar colectivamente a aquellos miembros que amenazan la integridad del grupo. Pero hemos visto que las mecánicas sacrificiales suponen también mecánicas hierogámicas, que la abstinencia social sexual es un elemento del ritual de caza. Lo mismo podría decirse de la guerra y del rapto de mujeres, fenómenos vinculados, de nuevo los dos polos agresivo y erótico interactuando.

De manera que, volviendo al tema de la maternidad y la paternidad, en estas hordas primitivas estas dos nociones no son simétricas. Las mujeres son madres en tanto que bíoi, pero los padres lo son solo como zoé. Esto es producto del régimen de parentesco grupal que hace imposible saber quienes son los padres de las criaturas, incluso saber que los hombres son padres. Pero curiosamente esta diferencia se corresponde con la de los rituales hierogámico-sacrificiales, aunque todavía sean muy precarios. Que en las culturas más ancestrales lo habitual sea encontrar figurillas femeninas se corresponde con esta asimetría, en la que determinadas mujeres son bíoi sagrados con respecto a una zoé profana, en la que encajan la zoé masculina que, como hemos dicho, se define sobre todo como colectividad.

Todo esto se enmarca en lo que hemos dicho sobre la protección de las madres y las crías en las primeras culturas humanas. El hecho de que la mujer genere descendencia, aparentemente de manera independiente con respecto al hombre, está evidentemente en la base de esta sacralización, no tanto de la mujer en sí, como de la fertilidad. Que como sabemos se entiende de forma paralela a la fertilidad de la naturaleza. Pero el papel central que juega la máquina hierogámico-sacrificial en todo este desarrollo debería hacernos desconfiar de la visión romántica que idealiza a la mujer y al matriarcado y olvida el papel complementario que la violencia sacrificial ha debido de jugar. Así como el goce excesivo, orgiástico. En otras palabras, solo desde la lógica paradójica de la máquina hierogámico-sacrificial podemos entender estas primeras culturas. Insistimos, si las madres, las crías, en suma, la maternidad es sacralizada, es porque es protagonista de un ritual hierogámico-sacrificial en el que se libera el goce y la violencia excesivos que se pretenden prohibir en el ámbito profano. Todo parece indicar que la propia dinámica de la máquina hierogámico-sacrificial lleva a que estos rituales ocupen el papel central. Es decir, no podemos dudar de que, como hemos dicho, los primeros sacrificios sean los de bíoi masculinos transgresores. Y que estos sacrificios se realizasen para conjurar y para conmemorar crisis muy agudas en las que las hordas primitivas se desintegraban por los enfrentamientos entre machos. Las mitologías de todos los pueblos nos hablan de estos enfrentamientos entre iguales, sea en la forma de gemelos, mellizos o hermanos.

Y sin embargo, todo parece indicar que el fenómeno ritual y fundador por excelencia es la hierogamia-sacrificio que tiene por protagonista a la maternidad. Después de todo lo que nos interesa no es decir qué viene antes de qué sino comprender cómo funciona la máquina hierogámico-sacrificial. En este sentido, los dos polos, el del sacrificio masculino, y el del femenino se funden, si tenemos en cuenta todo lo que hemos dicho sobre hierogamias-sacrificios reales y sobre las tríadas y las trinidades. En todo caso, sabemos que el complejo hierogámico-sacrificial no solo se da de manera compacta, también se puede disociar en rituales complementarios que se organizan en torno a uno u otro de los polos de la máquina. Así, es razonable pensar que en estos regímenes matriarcales más primitivos, la máquina hierogámico-sacrificial operase disociada en rituales hierogámicos, que tendrían como objeto la maternidad y rituales sacrificiales orientados a la caza.

Hay que insistir en que el tabú del incesto es antes social o cultural que natural. Friedrich Engels dijo que es un "invento" cultural para domesticar la naturaleza. [2] Como decimos hay que inscribirlo en la tendencia progresiva a prohibir lo endo- y transformarlo en exo-. En la tendencia general, derivada del aumento de la población y la mayor presión sobre los recursos naturales, a culturas más represivas, más productivas, en las que la propiedad de los bienes tiende a ser privatizada. Tanto Engels como Wilhelm Reich nos han hablado de la vinculación del matriarcado con el comunismo y del patriarcado con la propiedad privada, pero esto se incribe en la tendencia general de la que estamos hablando.

De manera que el mismo tabú del incesto hay que entenderlo en sentido progresivo. Todo parece indicar que el más primitivo de este tabú fue el que se impuso entre dos generaciones sucesivas. Nos referimos a la unión de una madre con su hijo. En cuanto a las hijas, teniendo en cuenta que la paternidad, en estas fases más primitivas del matriarcado, no se conocía, el tabú del incesto consistía en prohibir su unión con los varones que pudiesen unirse con la madre. A continuación es razonable pensar que el tabú se haya extendido a miembros de una misma generación. Y así poco a poco iría alcanzando al conjunto de la comunidad. [3] Pero lo importante es entender que este no se agota una vez que se rebasan las fronteras biológicas, que por otro lado son difícilmente reparables, en la medida en que son definidas por la misma prohibición. En este sentido decimos que el incesto es, en esencia un tabú social. Sigue presente, aunque sea de forma menos marcada, en las numerosas condiciones, preferencias, selecciones que afectan a las uniones eróticas y matrimoniales de hoy. Incluso un tema como el de la homosexualidad debería ser entendido como una suerte de suspensión o de regresión de un tabú del incesto primordial.

En la tendencia dominante de la que hemos hablado, que va de la endogamia a la exogamia, de grupos sociales más independientes a grandes redes de intercambio sociales, juegan un papel central las nociones de matriarcado y patriarcado. De nuevo hay que entender estas nociones más como dos polos, dos tendencias contrapuestas, que como dos régimenes diferentes. Hemos visto que las primeras hordas humanas son predominantemente matriarcales, en la medida en que la maternidad juega un papel central en su reproducción, en la medida en que se desconoce el papel de la paternidad. Pero esto no significa que haya que negarle a los hombres un papel importante en estas culturas. Sin duda el polo de lo matriarcal predomina, pero solo en la medida en que se da un equilibrio con el polo patriarcal.

También hemos visto que la máquina hierogámico-sacrificial tiende a externalizar el goce y la violencia excesivos de manera que estos no amenacen la cohesión de la zoé, y que estos procesos de externalización dan lugar a compensaciones, a reciprocidades con otras zoé, en la forma de intercambios de bienes y de mujeres. Estos intercambios no suponen forzosamente el patriarcado. Las hordas o los clanes pueden ser matriarcales y sus bienes comunales, y al mismo tiempo reservar parte de ellos para estos intercambios externos. Pero lo cierto es que esta dinámica conduce progresivamente a la objetualización de las mujeres, en la medida en que la mecánica del intercambio de bienes y de mujeres es estructuralmente muy similar. En este proceso las mujeres se van convirtiendo progresivamente en objetos, en mercancías, y con ello surge la noción de propiedad privada, a la que hay que vincular la de paternidad. En efecto, cuanto más se considera a las mujeres como bienes más necesario es considerar la relación entre hombres y mujeres como de posesión, lo que supone poder garantizar la paternidad de los hijos.

En este contexto hay que entender la tendencia que va de comunidades predominantemente matriarcales, endogámicas, comunistas, a la de comunidades predominantemente patriarcales, exogámicas, de propiedad privada. De esto nos ha hablado Wilhelm Reich en su obra La irrupción de la moral sexual. [4] Esta distinción y esta tendencia es fundamental para entender por qué el capitalismo es un régimen constitutivamente patriarcal, por mucho que se disfrace de la ideología de la igualdad, o que en sus ámbitos centrales esta asimetría constitutiva tienda a mitigarse. De esto nos ocuparemos en su momento, pero conviene apuntarlo aquí para comprender hasta qué punto los gérmenes del capitalismo están en esta tendencia a la progresiva transformación de la naturaleza y la cultura en objetos susceptibles de intercambio.

Pues bien, el tabú del incesto hay que inscribirlo en este movimiento general. Si se instaura el tabú del incesto, es en el marco de esta externalización del goce y la violencia excesivos, externalización a la que se da salida mediante los intercambios exogámicos. En otras palabras, desde un principio lo social está atravesado de esta dimensión de represión libidinoso-agresiva, y se da a ella salida, entre otras formas, intercambiando bienes y personas que encarnan estas energías libidinosas. Según estemos más cerca de lo matriarcal o de lo patriacal, este intercambio será más el de hombres o el de mujeres, este intercambio estará menos o más definido por la objetualización de las personas, estas serán más propiedad comunal o más privada. Lo importante en el tabú del incesto es esta estructura de intercambio. Si se prohíbe el incesto en un determinado marco clánico o familiar es en la medida en que esa persona debe reservarse para su intercambio exogámico, y esto es ante todo una prohibición social que se inscribe en el marco de la tendencia general represiva que hemos señalado. Esta tendencia conduce progresivamente, insistimos, a que los padres necesiten garantizar su paternidad y para ello imponer regímenes de poliginia o de monogamia en lugar de la poliandría o el matrimonio de grupo.

En este sentido se puede decir que la paternidad es un "invento social", de la misma manera que lo es el tabú del incesto. En rigor, los padres no pueden asegurar que lo son si no es recurriendo a técnicas modernas de verificación. Si hasta este momento se ha podido hablar de paternidad, es porque esta supone un régimen patriarcal que reprime a las mujeres de manera que se pueda garantizar con una cierta seguridad que sus hijos son también hijos de su marido. Así lo ha reconocido Bronisław Malinowski. El proceso por el cual los padres han ido tomando consciencia de su paternidad ha corrido paralelo al de la transición del matriarcado al patriarcado, así como al de la transición de la endogamia a la exogamia, es decir, al de la instauración del tabú del incesto. [5] Algo que nos parece hoy tan obvio como la paternidad, no deja de ser una construcción cultural producto de un régimen específico de prohibición, es decir, producto de una determinada máquina hierogámico-sacrificial.

En la mitología de numerosas culturas encontramos los hitos fundamentales de estas transiciones, a menudo en el marco de crisis sociales muy agudas en las que lo religioso, lo político, lo social y lo moral se dan cita. Pensemos, por poner un ejemplo, en La Orestía de Esquilo. La culpabilidad que se atribuye a Clitemnestra no se basa solo en que esta defienda el matriarcado y se oponga al patriarcado representado por Agamenón, sino también en que el matriarcado supone el incesto de la reina con su hijo Egisto. [6] Y que esto supone también una forma de transferencia del poder y la riqueza diferentes.

Con esto volvemos a toparnos con la estructura triádica en la que se da al mismo tiempo el conflicto entre dos representantes de un mismo sexo y entre dos formas de unión erótica, con todo lo que esto implica desde el punto de vista moral y político. Al hablar de las trinidades hemos mostrado cómo el conflicto entre los dos personajes del mismo sexo respondía a dos formas de unión con el personaje del otro sexo. Pues bien, lo que está en el trasfondo de estas trinidades es todo lo que venimos diciendo, y en particular el tema de la transición del matrircado al patriarcado, así como las transiciones paralelas que hemos mostrado. La trinidad no es más que una hipostasis de estas relaciones sociales, morales. De ahí que sea tan importante comprender hasta qué punto determinadas versiones de la trinidad se corresponden con determinados regímenes sociales. Como hemos visto, que la Trinidad cristiana sea una derivación de la trinidad de tipo m-f-m, y que además lo sea de esta y no del tipo contrario, es, no sólo un síntoma de la sociedad patriarcal en la que surge, sindo también un dispositivo de legitimación de este régimen.

Para teminar con este apartado, no hay que perder de vista que lo que está en el trasfondo más profundo de esta tendencia general que va del matriarcado al patriarcado, de la endogamia a la exogamia, de la propiedad comunal a la privada, es también la que va de una máquina hierogámico-sacrificial predominantemente hierogámica a otra predominantemente sacrificial. No hay que olvidar que este proceso va de la mano de un incremento progresivo de la represión, de la instrumentalización por la máquina de la violencia y la amenaza, de una manera preeminente con respecto al goce y el deseo. De nuevo, esto no significa que estos dos últimos elementos libidinosos desaparezcan, en la medida en que siempre están implícitos en las oscilaciones de la máquina hierogámico-sacrificial. Lo que decimos es que la máquina hierogámico-sacrificial genérica tiende a operar más como máquina sacrificial que como máquina hierogámica, en la misma medida en que esta transición general del matriarcado al patriarcado se produce. De la misma manera, esto no significa que los régimenes predominantemente matriarcales estén exentos de violencia y de amenaza, que en ellos no opera la máquina sacrificial, tal como Malinowski nos ha mostrado. [7]

Extracto de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/

1 Proverbio latino, citado en Eliade 1954: 191.
2 44.
3 Engels: 45-46.
4 1932.
5 21; cf. Klein: 15, 21; Atwood: 37-38.
6 Las Coéforos: 368-370; cf. Las Euménides: 417.
7 96.

Imagen a partir de Adán y Eva (1507) [pd] de Albrecht Dürer.