2016-02-19

Deconstruyendo la pirámide masónica



Para entender en profundidad el significado de la pirámide masónica, hay que inscribirla en el toroide social, que como hemos mostrado es la forma genérica de la máquina hierogámico-sacrificial.

http://deliriousheterotopias.blogspot.de/2016/02/la-maquina-toroidal.html

El toroide social es, en términos simplificados, un toroide material rodeado de otro toroide anímico o espiritual. El toroide interior es el cuerpo y el toroide exterior el alma o el espíritu de esa sociedad, de esa zoé. En los polos superior e inferior, el toroide se pliega hacia el núcleo formando dos vórtices, que en realidad son una misma singularidad que vincula ambos vórtices así como la dimensión corporal y la anímica-espiritual de la zoé.

Lo que es importante entender es que el alma o el espíritu no son más que las energías libidinoso-agresivas, más o menos sublimadas, que podemos en última instancia reducir a cuatro tipos: deseo, goce, violencia y amenaza. El deseo y la amenaza son las energías libidinoso-agresivas que cohesionan a la zoé, las que circulan a lo largo de todo el espectro social, las que dan forma al toroide material. Pero que también fluyen, de forma sublimada, digamos que como emanaciones más sutiles, conformando el toroide anímico-espiritual.

En los vórtices estos flujos de deseo y de amenaza se aceleran, forman remolinos, caen atrapados en la geometría helicoidal, hasta alcanzar el núcleo del toroide, donde se produce la fusión de lo corporal y lo anímico-espiritual, la transmutación del deseo en goce y del goce en deseo, de la amenaza en violencia y la violencia en amenaza, así como la transmutación de goce en violencia y de violencia en goce, y la de la propia materia bajo el efecto de esta energía. El núcleo del toroide es por lo tanto el lugar en el que la fusión de lo corporal y lo anímico-espiritual tiene lugar.

En el caso de una zoé natural, el vórtice inferior coincide con la muerte y el vórtice superior con el nacimiento. Los bíoi, a lo largo de su vida, recorren todo el arco que va del vórtice del nacimiento al vórtice de la muerte. En el vórtice de la muerte, caen atrapados por la atracción de la energía libidinosa-agresiva del toroide, hasta desaparecer en el núcleo del toroide. Pero esa misma energía empuja a los nuevos bíoi a nacer, desde el núcleo del toroide, y atravesar la vorágine helicoidal del crecimiento, hasta convertirse en adultos. Hay por lo tanto una suerte de simetría, de complementariedad, pero de distinto signo, entre el vórtice de la muerte y el del nacimiento. Los bíoi mortales sufren este proceso y con ello la zoé que los contiene se regenera. Los mortalidad de los bíoi alimenta la inmortalidad relativa de la zoé, en la medida en que la muerte de los primeros supone la regeneración de la vida de la segunda.

Imagen a partir de Adán (1507) y Eva (1507) de Alberto Durero [pd], El jardín de las delicias (1500-1510) de El Bosco [pd], Virgen de los lirios (1899) de William-Adolphe Bouguereau [pd], Cristo de San Juan de la Cruz (1951) de Salvador Dalí [fu/fd] y otros. 

Este toroide natural es la base sobre el que se implementa el toroide cultural. Este toroide cultural lo único que hace es modificar ligeramente la mecánica del toroide natural que acabamos de ver. Transforma el vórtice de la muerte en un ritual sacrificial y el vórtice del nacimiento en un ritual hierogámico [fig. superior]. En esto consiste básicamente la mecánica hierogámico-sacrificial. La máquina toroidal natural opera de manera automática, autoregulada. Conforma una figura equilibrada, armónica, en la medida en que el propio mecanismo de interacción de la materia y la energía, a través de la dinámica vorticial, compensa los desequilibrios y regenera la vitalidad del conjunto. La máquina toroidal cultural lo único que hace es intervenir puntualmente en esta máquina, en particular en sus vórtices, mediante el ritual hierogámico y/o el sacrificial.

De la misma manera que la muerte y el nacimiento son dos fases de un mismo proceso, dos caras de una misma moneda, el ritual sacrificial y el ritual hierogámico son dos dimensiones de un mismo ritual hierogámico-sacrificial. Así, en las culturas ancestrales, entre la muerte y el nacimiento hay, si cabe, más continuidad que entre la vida de los bíoi, en la medida en que esta continuidad es la de un orden superior, que es la vida, relativamente inmortal, de la zoé.

A su vez, el ritual hierogámico y el sacrificial tienden a polarizarse en dos: el primero en hierogamia propiamente dicha y en nacimiento sagrado; el segundo en sacrificio propiamente dicho y en ingesta sacrificial. De tal manera que podemos observar como el ritual hierogámico y sacrificial se solapan en el núcleo del toroide y son simétricos, complementarios, pero inversos, en los extremos. Así, el sacrificio y el nacimiento pueden ser interpretados como fases de disyunción, mientras que la ingesta sacrificial y la unión erótica serían fases de conjunción. Los dos procesos de disyunción —el nacimiento sagrado y el sacrificio—, son, insistimos, análogos, complementarios, en la medida en que el niño sagrado se convierte en víctima sacrificial, cerrando el círculo que une el ritual hierogámico y el sacrificial. De la misma manera los dos procesos de conjunción —la ingesta sacrificial y la unión erótica—, son también análogos desde el punto de vista de la mecánica HS, en la medida en que en ellos se producen las transmutaciones de energías libidinoso-agresivas y de materia que hemos comentado.

En definitiva la máquina hierogámico-sacrificial consiste en regular los flujos de deseo y de amenaza que dan forma a la zoé, que vinculan los cuerpos de los bíoi en el marco del cuerpo de la zoé. Para ello todo se reduce a modular, como si se tratase de llaves de paso, la intensidad de los flujos de deseo y de amenaza. De esto se ocupa precisamente el ritual hierogámico y sacrificial. Y para ello, en términos generales, podemos decir que lo que hace el ritual hierogámico-sacrificial es regular la cantidad de goce y de violencia que se produce. O mejor, que se expone, porque el mecanismo de regulación consiste tanto en producir artificialmente goce y violencia, como en enmascarar el goce y la violencia reales y escenificar una versión menos ob-scena de los mismos.

Simplificando podemos decir que el ritual hierogámico produce goce, y que este goce captura deseo; y que el ritual sacrificial produce violencia, y que de esta violencia emana amenaza. Pero lo cierto es que la mecánica HS no es tan simple, en la medida en que, en última instancia, ambos rituales no son más que parte de un mismo proceso en el que los flujos de deseo, goce, amenaza y violencia circulan a través de vórtices. Y en ambos sentidos, ya que en el núcleo del toroide se producen transmutaciones de unos en otros, inversiones de sentido, transmutaciones entre la energía y la materia, liberación de energía que los flujos, etc...


Además es necesario comprender que la estructura social es triangular. La zoé se estructura en tríadas miméticas, que se solapan unas a otras configurando esta estructura triangular por la que circulan los flujos libidinoso-agresivos. Esto supone que las trayectorias que describen estos flujos tienden a ser curvas, vinculando los vértices de estas tríadas solapadas, de una manera similar al símbolo de Osiris [figura superior]. Las energías circulan con más libertad entorno al ecuador del toroide, pero a medida que se acercan a los vórtices quedan atrapadas en corrientes más intensas que las anidan en geometrías helicoidales, de la misma manera que el agua se arremolina en un sumidero o el aire en un tornado.

Estas tríadas miméticas no son exclusivamente corporales o inmanentes. Llevan implícitas una dimensión trascendente, en la medida en que los dos bíoi de un mismo sexo que las conforman representan dos posiciones morales diferenciadas, en particular en el que respecta a la dimensión erótica o hierogámica, que es sancionada con la dimensión sacrificial. Diferencial moral que a su vez está tensado por los rituales hierogámicos y/o sacrificiales que tienen lugar en los vórtices, donde esta dimensión trascendente se intensifica, hasta un punto culminante en el que la tríada mimética más extrema, en la que estas tensiones se concentran, es hipostasiada en forma de trinidad.

En otras palabras, el cuerpo y el alma-espíritu, la dimensión inmanente y la trascendente, la mortalidad y la inmortalidad, no son simplemente categorías opuestas desde el punto de vista lógico, sino fenómenos complementarios, al mismo tiempo que entre ellos hay una radical asimetría. Entre unos y otros hay una cierta continuidad, pero en un punto límite se produce un salto de nivel. Pues bien, nuestra tesis es que el ritual hierogámico-sacrificial produce precisamente este salto de nivel, artificialmente, culturalmente. De manera que la máquina hierogámico-sacrificial es, ante todo, una máquina productora de trascendencia, de inmortalidad, de alma-espíritu. Y si lo hace es porque es también una productora de goce y de violencia, o mejor una productora del espectáculo del goce y la violencia. En suma, la MHS es una productora hollywoodense avant la lettre. De ahí que sea tan crucial para comprender el hollycapitalismo.

En lo que hay que insistir es en que la producción de goce y de violencia es inseparable de la producción de trascendencia. La trascendencia es producida por el ritual hierogámico-sacrificial, en la medida en que este se alimenta de la intensificación vorticial de los flujos de deseo y de amenaza, en la medida en que estos se transmutan en flujos de goce y de violencia, en la medida en que el goce y la violencia, a partir de un determinado punto, se funden, y en la medida en que todo ello ocurre en paralelo a la fusión de la energía y la materia. El alma-espíritu, la inmortalidad, la trascendencia, es producida en este proceso, como fenómenos articuladores de los bíoi y de la zoé, es decir, de la vida mortal de los primeros y la vida relativamente inmortal de la zoé. Pero sobre todo la trascendencia es producida porque todo esto que decimos no se puede observar de manera explícita, porque queda oculto detrás del escenario del poder. En otras palabras, el poder es intrínsecamente ob-sceno, pero para serlo tiene que modular esta obscenidad, enmascarada detrás de un ritual hierogámico-sacrificial que es expuesto en el escenario del poder.


Todo lo que venimos diciendo está estrechamente vinculado con la pirámide masónica, que de hecho es ya una simplificación de los dos triángulos complementarios que configuran el Sello de Salomón. Y que a su vez sintetizan los cuatro elementos alquímicos: el fuego, el agua, el aire y la tierra [fig. superior]. La tierra y el aire son equiparables respectivamente en nuestro esquema al toroide interior o material y al toroide exterior o anímico-espiritual. El fuego es la energía libidinosa-agresiva que fluye alrededor del toroide interior, y que se transmuta en agua en el núcleo del toroide.

De manera que se puede decir que el Sello de Salomón y la pirámide masónica son expresiones simplificadas de la mecánica toroidal y por lo tanto de la mecánica hierogámico-sacrificial. La complementariedad entre el ritual hierogámico y el sacrificial, de la que venimos hablando, es la misma que la que existe entre los triángulos, que se cruzan en el centro, como ponen de manifiesto las líneas intermedias de los signos alquímicos del aire y la tierra.

En rigor no se puede decir que el vórtice hierogámico sea el superior y el vórtice sacrificial sea el inferior, como hemos empezado diciendo, ya que en ambos se da la polaridad entre la inmanencia y la trascendencia. Tanto el ritual hierogámico como el sacrificial tienen una dimensión catagógica y otra anagógica. La hierogamia es un descenso a la animalidad del goce sexual, de la misma manera que el sacrificio es un descenso a la animalidad del goce alimenticio. Ambos son un retorno a la oscuridad de la materia, de la tierra, del agua. La víctima sacrificial tiende a ser enterrada en el vórtice que es la tumba, de la misma manera que el pene se entierra en el vórtice que es el sexo femenino. Los rituales de la fertilidad de la tierra juegan con todos estos significados, que en última instancia son un único significado y un único símbolo, en la medida en que la MHS es la misma. Por otro lado, tanto en el caso de la hierogamia como del sacrificio, a la catábasis le sigue la anábasis. De la tierra o del sexo femenino, otra vez un mismo símbolo, surge el niño sagrado, y de la tumba el alma-espíritu resucitado.

Pero si profundizamos en esta mecánica, teniendo en cuenta que la hierogamia y el sacrificio son dos epifenómenos del mismo fenómeno hierogámico-sacrificial, entonces se reconoce que el sacrificio hace las veces de catábasis y el nacimiento sagrado de anábasis. La víctima sacrificial es enterrada pero de la tumba nace el niño sagrado que encarna el alma-espíritu inmortal de la primera. De ahí que tenga sentido que situemos, en nuestro esquema, el vórtice sacrificial en el polo inferior y el vórtice hierogámico en el superior.

Volviendo a la pirámide masónica, esta da cuenta de la relativa asimetría entre los rituales hierogámico y sacrificial. Nos habla de cómo la cultura judía ha demonizado lo corporal, lo bajo, y divinizado lo trascendente, lo alto. Pero sobre todo ha demonizado el caos y divinizado el orden. Lo que es importante entender es que no existe una correspondencia directa entre, por un lado, cuerpo o inmanencia y caos, y por otro, alma-espíritu o trascendencia y orden. En la medida en que el verdadero caos es el que se da en el núcleo del toroide, en el que se funden ambas dimensiones; lo material y lo energético, lo corporal y lo anímico-espiritual, lo inmanente y lo trascendente. El verdadero significado de caos es, por lo tanto, la mezcla de los elementos, la transmutación de la materia y la energía, y en suma la confusión de la inmanencia y la trascendencia, del cuerpo y el alma-espíritu. De la misma manera que el verdadero significado de orden es la separación de estas dimensiones, la disyunción sin la conjunción.

La pirámide masónica responde a esta lógica de simplificación de una mecánica mucho más compleja y ambivalente. La materia está representada por el cuerpo de la pirámide y el alma-espíritu por el triángulo superior. Otra vez la lógica de triángulos dentro de triángulos que como hemos visto conforma la estructura social. Pues bien, podemos observar cómo hay una correspondencia entre el cuerpo de la pirámide y el toroide material, por un lado, y de su vértice anímico-espiritual y el toroide energético, por otro. Pero sabemos que esto no se puede entender sin el triángulo complementario y toda la mecánica hierogámico-sacrificial, que se resume en la topología y la dinámica energética del toroide.

La pirámide masónica simboliza muy bien una cultura predominantemente materialista que rechaza la tradición religiosa, que es precisamente la que articulaba las diferentes dimensiones de la realidad, la que articulaba el caos y el orden, el cuerpo y el alma-espíritu, la inmanencia y la trascendencia. Por el contrario, la cultura occidental, especialmente desde la Ilustración —no casualmente al mismo tiempo que las sociedades secretas se consolidan—, se basa en un paradigma secularizado o profanizado, en el que el protagonista es el orden, pero sobre todo su separación artificial y cultural del caos, de la misma manera que la separación de la materia y la energía, la inmanencia y la trascendencia. Divide et impera. Este es el paradigma general que subyace a la visión del mundo occidental, que sostiene todo su saber oficial. Visión del mundo compartimentalizadora, clasificadora, violenta y patriarcal.

La parte trascendente de la pirámide masónica nos habla de este paradigma, que se remonta a la religión judeo-cristiana, en la que el espíritu se separa del cuerpo y lo domina sin mezclarse con él. Que también encontramos en el paradigma newtoniano, en el que los cuerpos inmanentes e inertes se ven sometidos a la fuerza trascendente de la gravedad. Un paradigma que también impera, como mostraron Deleuze y Guattari, en el régimen burgués-capitalista, en la medida en que el dinero, como emanación trascendente de las mercancías materiales, domina a la materia y a los trabajadores, como otra forma de materia no espiritual. La parte material de la pirámide masónica representa por lo tanto muy bien a la sociedad burguesa-capitalista, estructurada sobre la base de la jerarquía de mando y el poder de lo espiritual como mecanismo para dar forma a la materia. El patron o pattern (pater) como categoría dominante en la medida en que da forma a la materia (mater), como sugiere Athanassios Triantafyllou.

Pero lo que es importante comprender es que la máquina social sigue siendo en última instancia una máquina hierogámico-sacrificial. El paradigma de la demonización del caos y de la divinización del orden, de la separación de las categorías complementarias que conforman la realidad, es sólo un instrumento de control, una forma de ejercer la dominación, una forma política, que en última instancia sigue ejerciéndose a través de la máquina hierogámico-sacrificial. Sólo aparentemente el paradigma dominante está basado en el orden. Más allá de esta ficción, detrás de la escena, se esconde el verdadero paradigma obsceno que hoy domina: ordo ab chao.

En otras palabras, los rituales hierogámicos y/o sacrificiales siguen siendo el centro, o mejor, los vórtices, en torno a los cuales gira toda la mecánica social. Sólo que ahora se celebran sin que la mayoría de los participantes sean conscientes de ello. Es decir, participan en el ritual hierogámico-sacrificial pero no son conscientes de que lo hacen o de que son tales rituales. El capitalismo y las visiones del mundo sobre las que se sostiene —el humanismo, el liberalismo, el racionalismo, el materialismo, el cientifismo— son tan religiosas como lo han sido todas las religiones anteriores, solo que parte de esta religiosidad queda enmascarada, de la misma manera que la pirámide masónica enmascara la estructura toroidal.

La diferencia fundamental entre los rituales hierogámico-sacrificiales tradicionales y los de hoy es que los primeros tendían a ser más horizontales, en ellos la comunidad tendía a participar de una manera más activa, mientras que los de hoy tienden a ser más verticales, las sociedades tienden a participar en ellos de manera más pasiva, sin ni siquiera saber que lo hacen. Antaño los participantes en estos rituales tendían a experimentar la catábasis y la anábasis en sí mismos, en el marco de prácticas iniciáticas, como parte de rituales de crisis que regeneraban tanto a los bíoi como a la zoé en su conjunto, que los devolvían el equilibrio y la armonía como un todo y con respecto al todo. Hoy, al contrario, por así decirlo, los bíoi solo recorren pequeños tramos de este ciclo total de catábasis y anábasis, atrapados en los distintos sectores y escalones de la pirámide masónica. Pero sobre todo no llegan a experimentar ni a comprender toda esta mecánica, en la medida en que no experimentan sus extremos, no se acercan a los vórtices del toroide, mucho menos atraviesan su núcleo caótico. Y sin embargo experimentan y participan en esta mecánica, pero como mecánica sistémica, en la medida en que esta mecánica es la que da forma a la sociedad conforma la política con mayúsculas y las grandes transformaciones sociales.

En otras palabras, hoy que tanto se habla de libertad individual, la realidad es que los individuos capitalistas, y sobre todo hollycapitalistas, nunca han estado tan sometidos a la máquina social. Máquina social que, insistimos, es una máquina tecnológica solo aparentemente, ya que en última instancia lo que es es una máquina hierogámico-sacrificial.

Todo esto sucede de una manera muy parecida a cómo la pirámide masónica enmascara el toroide hierogámico-sacrificial. A cómo el "ojo que todo lo ve" enmascara el resto de agujeros y de flujos, cuyo control es la clave del poder: la boca, el ano, la vagina, el pene, la herida que produce el arma, el pinchazo de la vacuna. El "ojo que todo lo ve" es, una vez más, una sublimación de todos estos agujeros y de todos estos flujos, en definitiva, un vórtice, que, una vez más, enmascara el vórtice hierogámico y el sacrificial.

En resumen, el ritual hierogámico-sacrificial no es más que la palanca que controla la máquina hierogámico-sacrificial, la llave que abre y cierra los flujos de deseo y de amenaza. Pero también la máquina que produce el goce y la violencia que cataliza el deseo y la amenaza. Máquina productora de goce y de violencia, de deseo y de amenaza, pero también máquina escénica que esconde la obscenidad que constituye el poder. Poder que tiene el conocimiento de esta mecánica hierogámico-sacrificial, pero lo atesora como un saber iniciático, que se transmite solo en el ámbito de las sociedades secretas, del que el saber oficial profano debe ignorarlo todo. Todo esto es lo que simboliza la pirámide masónica, que de manera esquemática hemos mostrado que consiste en enmascarar la máquina toroidal, que a su vez es una máquina hierogámico-sacrificial.

Imagen de portada a partir de Gran Sello de los Estados Unidos (1782) de Charles Thompson [pd], billete de un dólar estadounidense (1957) de George Washington [fu/fd] y otros.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/