2016-03-05

El estado de excepción es la regla


"La tradición de los oprimidos nos enseña que el «estado de excepción» en que vivimos es sin duda la regla." [1]
En su momento vimos que la ley y la pena son dos caras de la misma moneda, en la medida en que el dispositivo jurídico-penal es, en última instancia, una MHS. Acabamos de ver que el Estado es también una MHS, sea en su forma de república o en la de monarquía. La idea central es que, con independencia de la forma que adopta el poder, que como hemos visto es poder-religión, con independencia de la retórica que utilice para legitimarse, es en última instancia un dispositivo de control de flujos libidinoso-agresivos, y su mecánica es la HS, la de la escenificación artificial de la crisis como mecanismo de producción de flujos sagrados —goce y violencia— y captura y emanación de flujos profanos —deseo y amenaza—.

Pues bien, de la misma manera, vamos a intentar mostrar que el Estado de derecho y el estado de excepción son dos caras de la misma moneda, que el primero no puede existir sin el otro, en la medida en que podemos equiparar el estado de excepción a las crisis en el marco de la MHS estatal.

La afinidad entre el estado de excepción y las crisis sociales en general parece evidente. Hemos visto en su momento cómo estas están caracterizadas por la inversión del orden instituido, por la irrupción desordenada del goce y la violencia. Walter Burkert, al hablar sobre los arrebatos que sufrían las mujeres en los cultos dionisíacos afirma que "el delirio de las muchachas y mujeres es sólo un estado de excepción al que sigue la restitución del orden de la polis". [2] En efecto, el estado de excepción moderno no es más que una forma más sistemática de crisis social. Intentemos analizarlo desde este trasfondo religioso, ritual, y en definitiva, HS.

Giorgio Agamben ha dedicado un estudio específico al tema, a lo largo del cual planea la lógica sacrificial, aunque no lo haga de manera explícita. [3] En efecto, el filósofo italiano dice que el estado de excepción es "el dispositivo original en virtud del cual el derecho se refiere a la vida". [4] Sabemos que Agamben es un seguidor de Foucault, y que este entiende la política como biopolítica y anatomopolítica. Pero, a pesar del enorme valor de ambas obras, de las lúcidas sugerencias que las recorren, ninguno de los dos ha ido tan lejos como para afirmar explícitamente que lo que está en el trasfondo del poder-religión es la articulación de ambas dimensiones, que no es otra cosa que la MHS.

En este estudio sobre el estado de excepción, Agamben arroja luz sobra su íntima vinculación con la fiesta [5] y con el luto, [6] que remiten como sabemos a la lógica de las crisis HSs. Se refiere al concepto jurídico de "necesidad", tal como es formulado por el jurista italiano medieval Graciano, que afirmaba que "la necesidad no reconoce ley alguna" o que "hay muchas cosas que por necesidad o por cualquier otra causa se llevan a cabo contra la regla". Pero donde más acertado nos parece es en la expresión "la necesidad crea su propia ley", en el sentido en que la ley es producto de la excepción, que la crisis instaura el orden. [7]

También resuena la MHS en lo que respecta a las vinculaciones del estado de excepción con la guerra civil:
"El totalitarismo moderno puede ser definido, en este sentido, como la instauración, por medio del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos, sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón no sean integrables en el sistema político." [8]
Si en su momento hemos dicho que la guerra puede ser considerada una suerte de sacrificio exterior, de la misma manera la guerra civil puede ser considerada una guerra interior. Lo que refuerza nuestra tesis de que en última instancia el tándem Estado de derecho-estado de excepción no es otra cosa que la MHS estatal.



Entre el estado de excepción y la crisis HS hay muchas más afinidades. Se da en contextos de "crisis políticas", que amenazan la integridad o la seguridad del estado, persiguen "neutralizar el peligro y restablecer la situación normal", etc. [9] En efecto, como sucede con las crisis HS, provocadas artificialmente antes de que estas se produzcan de manera espontánea, el estado de excepción consiste también en poner en acción medidas de crisis que neutralicen la amenaza que las crisis inminentes suponen para el orden del Estado. Lo que remite en última instancia a la lógica de la emulación del exceso natural con un exceso cultural, de lo que hemos tratado en su momento.

Esto redunda en la criminalidad constitutiva del poder de la que también hemos tratado. Si la crisis HS consiste en esencia en adelantarse a la crisis que amenaza con desencadenarse, pero que todavía no se ha desencadenado, entonces parece evidente que esta violencia es en esencia injustificada. Y la misma lógica se aplicaría al goce injustificado, que es justamente lo que hace que el goce sea sintético, artificial. En otras palabras, si, como venimos mostrando, el poder y el poderoso es en esencia transgresor, criminal, pero tiende a enmascarar esta obscenidad detrás de las bambalinas del escenario del poder, el estado de excepción sería como el quitarse la careta, el mostrarse como lo que es, el incrementar el grado de obscenidad del poder como mecanismo desesperado para conservar el orden instituido. [10]

De manera que el estado de excepción confirma lo que ya sabíamos al hablar del sistema jurídico-penal. Que la legitimación clásica del derecho o del Estado de derecho no es más que una ficción, una fachada, una máscara. Que lo que verdaderamente los sostiene es la violencia y su amenaza, pero también, especialmente en el régimen capitalista, los flujos correspondientes de goce y de deseo. Que esta ficción solo es eficaz en circunstancias excepcionales en las que el Estado disfruta de paz y de prosperidad, pero que apenas esta situación favorable se agota, el Estado de derecho no puede sostenerse sin la otra cara de la moneda que lo conforma, el estado de excepción. En última instancia, que el estado de excepción es la regla —rule— y el Estado de derecho —rule of law— la excepción.

A pesar de no haber señalado explícitamente la inscripción del estado de excepción en la MHS, Agamben ha indicado los elementos fundamentales que lo articulan con el Estado de derecho. Sobre todo, ha subrayado que esta articulación es paradójica, en la medida en que uno se basa en el nomos y el otro en la anomia.
"... la posibilidad misma de distinguir vida y derecho, anomia y nomos coincide con su articulación en la máquina biopolítica. La nuda vida es un producto de la máquina y no algo que la preexista, de la misma manera que el derecho no tiene ningún asiento en la naturaleza o en la mente divina. Vida y derecho, anomia y nomos, auctoritas y potestas son el resultado de la fractura de algo a lo que no tenemos otro acceso que no sea la ficción de su articulación y el trabajo paciente que, al desenmascarar esta ficción, separa lo que había pretendido unir". [11]
Está aquí implícita la lógica paradójica que lo preside todo en la MHS, pero que no puede ser comprendida en su sentido más profundo al margen de la mecánica religiosa. Agamben está siempre muy cerca de dar con la clave, como cuando vincula la anomia con el terror, en forma de "terror anómico". [12] O cuando pone el foco en el homo sacer. Pero no termina de dar el paso decisivo en la medida en que renuncia a considerar esta figura como un bíos sagrado, a pesar de que su nombre lo indica con claridad. [13] Porque renuncia a comprender algo fundamental sin lo que lo sagrado no puede comprenderse, como es su ambivalencia. [14]

En suma, todo nos lleva a la cuestión del exceso, que como hemos intentado mostrar está en el trasfondo de la mecánica HS. El estado de excepción se reduce en última instancia a una violencia excesiva, a un "poder no sujeto a límites". [15] Poder excesivo porque excede del derecho, pero sobre todo porque, siguiendo nuestra formulación, su esencia es religiosa. O en otras palabras, es un poder excesivo porque encarna el exceso libidinoso-agresivo natural, que es la fuente de lo sagrado.

Esta excesividad del estado de excepción confirma una vez más que no es más que la fase crítica de la MHS estatal. La racionalidad, la proporcionalidad, la mesura de la ley, de las que hemos tratado, no son más que la otra cara de la moneda de la desmesura de su transgresión, tal como se pone de manifiesto en el estado de excepción. Que no hace más que recordarnos que la ley se funda en la pena, pero necesita ser refundada, ser renovada, como señaló Benjamin. Derecho y no-derecho son dos dimensiones inextricables de la misma máquina. Pero esto significa también lo que venimos diciendo de diversas maneras: que la política, la justicia, el derecho, son en última instancia solo submáquinas de la máquina religiosa HS. Lo mismo sucede, como veremos al tratar de la MHS capitalista, con respecto a la ciencia, la tecnología, la medicina, la cultura y cualquier otro ámbito, que son solo partes de la máquina.

Y es que lo que está en el fondo de todo es, como hemos mostrado y reconoce Agamben, un "campo de fuerzas":
"Es como si el universo del derecho —y, más en general, el ámbito del actuar humano en cuanto tiene que ver con el derecho— se presentara en última instancia como un campo de fuerzas recorrido por dos tensiones conjugadas y opuestas: una va de la norma a la anomia y otra que desde la anomia conduce a la ley y la regla." [16]
Estas dos tensiones son, en efecto, energías libidinoso-agresivas naturales y energías libidinoso-agresivas culturales. Principio de placer del bíos contra principio de placer de la zoé. La cultura como sadismo sublimado, como mecanismo perpetuo de producción sintética de goce, violencia, deseo y amenaza.

Extracto de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

1 Benjamin 1942: 309; cf. Agamben 2003a.
2 1972: 269, nuestras cursivas.
3 2003a: 20, 117.
4 Ibíd.: 10; cf. 12.
5 Ibíd.: 105-108.
6 Ibíd.: 97-105.
7 Decretum, citado en ibíd.: 40; cf. Schmitt: 17-18.
8 Ibíd.: 11.
9 Ibíd.: 10, 12, 19; cf. Schmitt: 14.
10 Cf. Schmitt: 15.
11 2003a: 127; cf. 60-62.
12 Ibíd.: 98.
13 1995: 93-97.
14 Ibíd.: 105.
15 Schmitt: 16.
16 2003a: 107; cf. 57.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/