2016-03-11

La ley y la sanción, o el huevo y la gallina

"Que es, a veces, el miedo provechoso: / centinela del alma, en ella mora / entronizado. Es útil la prudencia / que inspira la atrición. / Porque, ¿quién, individuo, / o bien, ciudad, bajo este sol que alumbra / si no abriga un temor dentro del pecho, / honrará a la Justicia?" [1]
Walter Benjamin confirma el papel fundamental que la violencia desempeña en el dispositivo jurídico-penal. En Hacia la crítica de la violencia afirma que la violencia "instaura" el derecho. [3] Esta violencia "instauradora" del derecho no es más que la violencia sacrificial, que hace posible el orden bajo su sombra amenazante. En efecto, Benjamin dice que la violencia no solo "instaura" sino que también "mantiene el derecho" y que "la violencia en que el derecho se mantiene es amenazadora". [4] El derecho es efectivo porque sobre él pende la espada de Damocles de la violencia. De la misma manera que la violencia sacrificial "instaura" períodos de orden, en la medida en que la mnemónica de la violencia de las crisis es efectiva. Dicho con otras palabras, la violencia actúa en acto en el tiempo de crisis y en potencia en el de orden, en acto al instaurar o mantener el derecho y en potencia en el derecho mismo. Benjamin abunda en este fundamento sacrificial del derecho:
"Porque si el origen del derecho está en la violencia, y en una coronada por el destino, no es muy difícil suponer que cuando la violencia suprema, la violencia ejercida sobre la vida y la muerte, se presenta en el centro del ordenamiento jurídico, sus orígenes llegan representativamente hasta lo existente, y se manifiestan ahí terriblemente." [5]
Como hemos visto uno de los cometidos fundamentales de la máquina hierogámico-sacrificial es definir las transgresiones y, en cierta medida, castigarlas. Decimos en cierta medida porque esta dimensión punitiva no es la fundamental. Es también una producción de la máquina, vinculada a la producción de culpabilidad de la que hemos hablado. Es decir, la MHS es por encima de todo una máquina energética que se alimenta y transfiere las energías libidinoso-agresivas excesivas. La culpabilidad y el castigo no son más que formas en las que se expresa esta energía libidinoso-agresiva excesiva. Esto explica por qué el sistema jurídico-penal no puede prescindir de este exceso de violencia que le es constitutivo, que no puede ser reducido por completo a fórmulas, a prácticas objetivas, que rezuma por todos sus poros.

Se habla de maquinaria judicial, pero si lo es es solo en la medida en que admitamos que esta máquina es un organismo vivo, una zoé sacrificial que, como hemos visto, responde en última instancia también a sus propios principios de placer y de realidad. En otras palabras, el sistema jurídico-penal remite también en última instancia a la confrontación de fuerzas entre distintas formas y órdenes de vida, entre bíos y zoé. Este es el exceso al que no puede renunciar la máquina judicial, porque de hecho es su fundamento, lo que la constituye. Esto es lo que nos contó, mejor que nadie, Kafka. De ahí que el derecho no tenga sentido sin la sanción. Por mucho que se quiera hablar de racionalidad, de impersonalidad, de universalidad del derecho, todo esto es secundario con respecto a la clave de bóveda que lo sostiene: la sanción, la ejecución de la pena, su escenificación. Esta pena, en última instancia, por mucho que diga la teoría del derecho, no puede ser proporcional, porque debe ser por definición excesiva.

De manera que hay que poner en cuestión que la sanción sea un castigo proporcional, racional, justo, a la transgresión. La sanción es, en última instancia, un ritual excesivo que da efectividad a la prohibición: "el veredicto no precede a la sanción y el enunciado de la ley no preexiste al veredicto. … la sanción escribe el veredicto y la regla." [6] En definitiva, nos encontramos con el viejo dilema de si fue antes el huevo o la gallina, el derecho o la sanción. Y la respuesta sólo puede ser que ambos se encadenan en una serie ininterrumpida de derechos y sanciones, que remiten a la estructura de orden y de crisis, y que de hecho termina llevándonos al mecanismo hierogámico-sacrificial.

Sabemos que las Bufonias áticas, en las que jugaban un papel central la hierogamia y el sacrificio, se continuaban en el Pritaneo, donde se realizaba un juicio público en el que el sacrificador era declarado culpable. [7] La misma derivación del juicio a partir del sacrificio se observa en La Orestía de Esquilo, en la que una larga de serie de sacrificios y venganzas sólo puede zanjarse con un juicio, que de hecho supone la fundación ritual de la institución judicial por la diosa Atenea en el Areópago. [8]

Este trasfondo sacrificial del dispositivo jurídico-penal no sólo se puede observar en el plano histórico. En el fondo no es más que una forma de sustitución sacrificial. En efecto, como hemos visto, en un principio la ley se incribe en el cuerpo de las víctimas. Después poco a poco esta escritura sacrificial de la ley va pasando de los cuerpos a otros pseudo-objetos que los sustituyen: monumentos, betilos, piedras miliares, tablas de la ley, etc. [9] Se produce entonces la subjetivización de estos pseudo-objetos, que implica la objetivización recíproca de los pseudo-sujetos; subjetivización que no puede darse más que en la medida en que el espíritu de la ley, que deriva en última instancia del alma del bíos sagrado, se encarna en dichos pseudo-objetos, y en la medida en que se produce una suerte de revivificación, de resurrección, a través de un ritual jurídico-penal. En efecto, la ley es la emanación espiritual de un gigantesco sacrificio cultural del que hemos perdido conciencia, que debe ser actualizado regularmente para que no pierda eficacia. [10]

En definitiva, lo que está implícito aquí es lo que ya hemos dicho: que la prohibición se define negativamente a partir de la ejecución, de la puesta en escena, de la transgresión. De los dos momentos que componen el dispositivo jurídico-penal, el momento positivo es el castigo y el momento negativo la ley. De la misma manera que la víctima inmanente está en la base de la divinidad trascendente. Lo permitido es en última instancia una abstracción que no se puede definir más que recurriendo a la realidad del castigo de su transgresión. Y que además implica una estructura triádica mimética según la cual el trasgresor es envidiado por haber osado transgredir la ley, por haberse atrevido a ser libre, a ser más sujeto que el resto de los sujetos, y por eso mismo castigado por el resto de sujetos envidiosos, celosos, cobardes, que se unen para vengar esta transgresión como zoé cultural. El castigo como venganza, como contragolpe, como "inversión ceremonial del crimen". [11] Pero también como adelanto, como castigo por adelantado. Esta es la dimensión excesiva, sádica, de la cultura de la que venimos hablando desde un principio.

Esta es otra de las razones por las que el dispositivo jurídico-penal es, como la máquina hierogámico-sacrificial que lo constituye, enmascarador. No solo tiene que esconder su injusticia, el exceso violento que lo constituye, sino también esta dimensión sádica y cobarde de la zoé cultural. Tiene que enmascarar que la sanción no sólo sigue a la ley sino que, sobre todo, la funda. En definitiva, el sistema jurídico-penal es antes un ritual, un teatro, que un proceso justo o equitativo. Lo que importa no es tanto que la pena sea justa como que lo parezca, y que detrás de esta apariencia se oculte la amenaza que sostiene el orden de la ley.

En suma, derecho y sanción son dos componentes de un mismo dispositivo, y en rigor no se puede afirmar que la ley preceda a la pena sino que ambas están inscritas en un ciclo sin fin. Es verdad que en la medida en que predomina el orden, bajo ciertas circunstancias de estabilidad, de prosperidad, de transferencia controlada de la violencia del sistema a otras instancias, puede llegar a establecerse un sistema jurídico-penal relativamente racional, equitativo, universal, proporcional, etc. Pero esta situación excepcional no será sostenible apenas las condiciones vuelvan a ser críticas y el orden social se vea amenazado por elementos perturbadores. Entonces la Justicia se verá obligada a recurrir al exceso que le es constitutivo, no tendrá más remedio que ser injusta para seguir operando como Justicia. En efecto, el exceso violento constitutivo del sistema jurídico-penal explica por qué este puede deslizarse con tanta facilidad hacia el estado de excepción, por qué la ley, aunque pueda parecer paradójico, debe incluir su suspensión, por qué se puede decir, como hace Walter Benjamin, que "el «estado de excepción»... es sin duda la regla" [12] y el Estado de derecho la excepción.

En suma, la amenaza, el temor a la violencia, es en última instancia lo que sostiene el poder. Pero esto también explica la tendencia a su concentración. Paradójicamente el mayor poder puede interpretarse como el preferible, pues cuanto mayor es la violencia que pude ejercer, menos necesario es que esta se ejerza y más puede actuar como amenaza. El gran poder aplaca la violencia del pequeño poder, a menudo simplemente ejerciendo su amenaza. Y así, aunque esta transformación del statu quo este regida por la amenaza y todo lo que esto conlleva, es frecuente que las sociedades apoyen esta deriva, precisamente porque su violencia pasa más desapercibida, en la medida en que se manifiesta sólo como amenaza. También porque la violencia es en última instancia sacrificial, lo que quiere decir que tiende a desencadenarse sobre una minoría, al tiempo que a la mayoría esta violencia solo la afecta como amenaza.

Extracto de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

1 Coro de las Euménides, Las Euménides (La Orestía), en Esquilo: 410.
3 1921: 189 y ss; cf. Tiqqun-Comité Invisible 2014: 78.
4 Benjamin 1921: 191; cf. Freud 1921-1927: 170; 1930, 29.
5 Benjamin 1921: 191; cf. "el sistema judicial y el sacrificio tienen, a fin de cuentas, la misma función" Girard 1972: 30-31, cf. 310; cf. Derrida 2002.
6 Deleuze y Guattari 1972: 219.
7 Burkert 1972: 223, 233; cf. 258-260.
8 Las Euménides, en Esquilo: 409.
9 Cf. Deleuze y Guattari 1972: 209.
10 Cf. Schmitt: 25.
11 Foucault 1999: 84.
12 1942: 309; cf. Agamben 2003a.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/