2016-05-05

Del exceso natural al exceso cultural


"El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. Prudencia es una doncella rica, fea, y vieja a la que corteja Ineptitud." [1]
Pero los inconvenientes que el hombre encontraba en la naturaleza, como nos mostró Sigmund Freud, vuelven a aparecer en forma de prohibiciones en la cultura. Lo que gana en seguridad, en comodidad, en estabilidad, lo pierde en libertad, en goce, en intensidad de vida. [2] Lo que hay que subrayar es que el factor fundamental que define a las comunidades humanas, es decir, a la cultura, es su confrontación con la naturaleza. Se trata en última instancia de un equilibrio de fuerzas, de un intercambio de materia y energía, todo ello en el marco de la MHS. Decíamos que la cultura veía a la naturaleza como un exceso, sobre todo como un exceso de agresividad, de amenaza, de violencia. Y ahora vemos que la cultura amortigua este exceso a cambio de imponer la carencia, sobre todo de la dimensión erótica, la del goce. Las energías libidinoso-agresivas culturales no son más que una vuelta de tuerca de las naturales, pero con el matiz que acabamos de mostrar. Pero lo cierto es que la carencia de la que hablamos está también impuesta por un exceso de violencia, ahora cultural. Lo que hace la MHS es limitar, contender, reducir, domesticar el exceso natural, pero a través de la producción de un exceso cultural.

Entre las energías libidinoso-agresivas naturales y las culturales se produce una suerte de confrontación, de equilibrio. El exceso natural se compensa con un exceso cultural. Esta confrontación, compensación, equilibrio es además de tipo mimético. La cultura mimetiza la energía libidinoso-agresiva natural, simplemente la elabora, la supera, la produce, en parte artificialmente y en parte naturalmente, pues como decíamos en definitiva lo que hace es canalizar la energía natural en forma de energía cultural, encarnarla. La MHS produce goce y violencia culturales, a través de sus actos hierogámicos y sacrificiales, y con ello flujos de deseo y de amenaza, y con ello canaliza los correspondientes flujos naturales. La mecánica es similar a la de los canales y los embalses fluviales, que no hacen más que canalizar, desviar, almacenar, contener, culturalmente el agua natural. La ingeniería fluvial es una segunda naturaleza con respecto a los ríos y los lagos naturales.

La zoé cultural es, como cualquier zoé natural, animal o vegetal, un ser vivo, solo que su metabolismo es de un orden superior. Si el metabolismo de las zoés naturales es biológico, el de las zoés culturales es cultural. En efecto, podemos decir que la MHS produce una suerte de metabolismo, pero un metabolismo de segundo orden, del orden de una segunda naturaleza. Si el metabolismo biológico consiste en intercambios y transformaciones de materia y de energía, lo mismo sucede en el metabolismo cultural, pero a otro nivel. Si en el primero hay catabolismo y anabolismo, en el segundo hay catábasis y anábasis. El metabolismo biológico se puede reducir a disyunciones y conjunciones de materia y energía. El metabolismo cultural también consiste en disyunciones y conjunciones de materia y energía, pero en él intervienen elementos que no se dan en el metabolismo biológico: el alma o el espíritu, que como hemos avanzado hay que considerar realidades, solo que de orden trascendente, pero realidades en la medida en que forman parte de este metabolismo cultural.

En el metabolismo biológico un bíos, un órgano, un tejido, una célula, se alimenta de otros. En el metabolismo cultural este mismo fenómeno no puede dejar de tener una significación espiritual, trascendental, simbólica. Incluso cuando el acto de la alimentación haya sido desprovisto de su carácter sagrado, cuando haya sido profanizado, este sigue teniendo una dimensión sagrada. Lo mismo podemos decir de los actos de excrección, que siguen teniendo siempre algo sagrado, en el sentido original de este término, tabuado, secreto, excesivo. Recordemos la escena de El fantasma de la libertad (1974) de Luis Buñuel, en la que el acto de la alimentación y el de la excreción se invierten, de manera que los comensales defecan en la mesa, sentados en inodoros, mientras se excusan y abandonan la sala para ir a comer en solitario. Pues bien, se trata precisamente aquí de los dos excesos naturales de los que hablamos, simplemente invertidos en cuanto a su significado social, a su simbolismo. De hecho mientras los comensales están sentados a la mesa, sentados sobre los inodoros, hablan sobre los desechos del conjunto de la sociedad y los problemas de la sobrepoblación mundial, estableciendo la misma analogía entre distintos órdenes de la realidad que estamos proponiendo aquí. Lo mismo podríamos decir con respecto a lo erótico-sexual.

El bíos humano es, como dijo Aristóteles, social, esto es, cultural, moral, simbólico. Su cultura implica esta dimensión trascendente, espiritual, sagrada, aunque sea en un grado mínimo. Pero lo interesante es ver que los actos culturales más importantes, los más sagrados, son precisamente los que están atravesados de la dimensión natural más excesiva, sean del tipo erótico o del agresivo. Lo interesante es ver que es esta dimensión excesiva natural la que alimenta la cultura, y esto sucede transformando este exceso natural en exceso cultural, transformando la agresividad, la alimentación, la excreción en ritual sacrificial, y el erotismo, la sexualidad, la procreación en ritual hierogámico. Lo que vamos a intentar mostrar es que estos rituales HS ocupan un lugar privilegiado en la máquina cultural, una suerte de centro de gravedad alrededor del que gira todo, que en su momento identificaremos con el centro del toroide y de los vórtices hierogámico y sacrificial. Y si esto es así es porque esos actos son también en los que se pone de manifiesto el exceso natural que, como venimos diciendo alimenta la máquina y se transmuta en exceso cultural. En este sentido decimos que la MHS produce un metabolismo cultural que es simplemente una vuelta de tuerca del metabolismo cultural, entendiendo por metabolismo tanto lo erótico como lo agresivo, tanto la procreación como la digestión.

En suma, estos excesos natural y cultural se pueden diferenciar hasta cierto punto en dos tipos, de orden erótico y de orden agresivo, que se corresponde con las dimensiones hierogámica y la sacrificial. Ambos están en la base de procesos de disyunción y de conjunción, de separación y de unión, a través de los que se produce el metabolismo social. Insistimos en que estos excesos coinciden con una suerte de principio vital o de fuerza de lo vivo por reproducirse, por multiplicarse, por crecer, y que este principio vital dinámico es el que alimenta lo sagrado y en general la cultura. Las imágenes de Ártemis de Éfeso, dotada de numerosos pechos, que algunos autores consideran testículos castrados de toros sacrificiales, expresa de manera muy clara esta noción de exceso natural, a la vez libidinoso y agresivo, que es recuperada en forma de exceso cultural. [4]

Ludwig Klages en Del Eros cosmogónico ha hablado de esta energía, esta fuerza, este principio vital excesivo, que vincula los cuerpos en la distancia:
"El Eros es llamado elemental o cósmico [cosmogónico] en la medida en que el individuo que es prendido por él se siente animado e invadido por una especie de corriente eléctrica que, comparable al magnetismo, hace que, con independencia de sus fronteras, las almas más alejadas puedan percibirse en un impulso común; él transforma el medio mismo de todas las acciones que separan a los cuerpos, es decir el espacio y el tiempo, en el elemento omnipresente que nos sostiene y nos rodea como un océano; él une también, a pesar de su diferencia siempre inalterable, los polos del mundo." [5]
Julius Evola ha dicho algo parecido en Metafísica del sexo: "[e]l sexo es la «mayor fuerza mágica de la naturaleza»". [6] Pero la energía libidinosa está siempre complementada, confrontada, contenida, por otra energía de sentido contrario, no menos mágica, no menos sobrenatural, que es la energía agresiva. Como veremos en su momento estas dos tendencias se encuentran en el marco de estructuras triádicas, de manera que la libertad y la moral se presentan, en su caso más simple, como dicotomía entre dos opciones.

Veremos que la MHS se basa en intercambios, en transmutaciones de energía y de materia, en equilibrios, desequilibrios y reequilibrios, entre bíoi y zoés, entre cuerpos y almas-espíritus. [7] Lo que nos interesa decir por el momento es que todos estos intercambios, transferencias, transmutaciones, se inscriben en un intercambio fundamental que los abarca a todos, por fuera y por dentro, en lo macro y en lo micro, que es el del exceso libidinoso-agresivo natural y el cultural el de la naturaleza y la cultura. [8] Desde este punto de vista se puede decir que los bíoi sagrados, que actúan precisamente como intermediarios entre la naturaleza y la cultura, son la manifestación de este exceso. Son, antes que nada, excesivos, alimento y desecho, atracción y repulsión. Locura, posesión, manía, desmesura, hybris.

No creemos, como dijeron Marx Horkheimer y Theodor Adorno en Dialéctica de la Ilustración, que la naturaleza "se vengue" de la cultura. [9] La naturaleza está por encima de esta actitud. Lo que habría que decir más bien es que la naturaleza viola y sacrifica a la naturaleza. Y que lo mismo hace la naturaleza con la cultura. Con la diferencia de que la naturaleza no se deja violar o sacrificar por completo, que esta violación y este sacrificio no pueden ser más que parciales. Es en todo caso la cultura la que "se venga" de la naturaleza, mientras que la naturaleza actúa por puro capricho, sin intención, desinteresadamente, sin sadismo, aunque la cultura puede interpretarlo como crueldad. Decir que la naturaleza se venga no es más que una proyección a la naturaleza de una manera de pensar cultural. Hemos dicho que la naturaleza también es una máquina, pero una máquina distinta de la MHS. Aunque no podemos decir mucho más de ello. Todo lo que podemos decir es que la naturaleza es excesiva y nuestra manera de lidiar con ella es contener este exceso.

Recapitulando, las energías libidinoso-agresivas naturales son la base de las culturales, aunque estas son de distinto orden. Las energías naturales son excesivas, y este exceso es el que alimenta y el que libera la MHS, es la fuente de los excesos culturales que produce la máquina, y que dará lugar a todos los excedentes, excedente simbólico, excedente moral, excedente económico. Si existe este exceso es porque la naturaleza, la zoé natural, no puede ser completamente sometida por la MHS. Y es precisamente esta imposibilidad, esta falla, la que alimenta la cultura, la que le da sentido. Lo que asegura el funcionamiento de la cultura es esta disfunción, esta carencia, esta imposibilidad. Que aquí estamos considerando sobre todo como exceso en la medida en que se manifiesta como tal en el marco del ritual HS. Aunque, como también veremos en su momento, a este exceso en el modo crisis le corresponderá también un déficit en el modo orden. Este exceso natural lo es porque no se deja prever, aprehender, localizar, controlar, gestionar, dominar, domesticar, contener, en suma, metabolizar por la MHS. Este exceso alimenta a la máquina pero al mismo tiempo es su desecho, después de atravesarla y participar en el metabolismo. La naturaleza es metabolizada en parte por la cultura pero nunca por completo, y este resto no digerible es otra vez un exceso. Estos excesos, tanto el entrante como el saliente, aparecen como fallos, rupturas, disrupciones, carencias, de la máquina, pero como decimos son también lo que la hacen funcionar.

René Girard en su obra central La violencia y lo sagrado ha dicho todo esto con otras palabras. De hecho, como hemos dicho, es una de las inspiraciones fundamentales de este trabajo:
"Lo sagrado es... las tempestades, los incendios forestales, las epidemias que diezman la población. Pero también es, y, fundamentalmente, aunque de manera más solapada, la violencia de los propios hombres, la violencia planteada como externa al hombre y confundida, a partir de entonces, con todas las demás fuerzas que pesan sobre el hombre desde fuera. La violencia constituye el verdadero corazón y alma secreta de lo sagrado." [10]
Esto es lo mismo que estamos diciendo al hablar de exceso natural como fuente de lo sagrado y por ende de la cultura, solo que nos parece que lo excesivo natural no solo es la violencia, sino también el goce. Girard ha sido muy lúcido a la hora de ver en el mecanismo sacrificial el vórtice central de la cultura. Pero a este hay que añadirle el vórtice hierogámico, de la misma manera que al exceso agresivo hay que añadirle el exceso libidinoso. Es verdad que en el límite ambos tienden a coincidir, y que la MS, como veremos, tiende a absorber la MH. Pero esto es solo una caso límite y en otros casos puede suceder lo contrario y ser la dimensión hierogámica la que eclipsa la sacrificial.

La MHS se ocupa de estos intercambios entre la naturaleza y la cultura. Y lo hace desde que existe la cultura. Desde entonces el animal-hombre celebra hierogamias y sacrificios. Estos intercambios son los que dan forma a la cultura, porque de lo que se trata sobre todo es de crear, de dar forma, de construir una segunda naturaleza que va transformando poco a poco la naturaleza. Estos intercambios entre la naturaleza y la cultura también se pueden entender como un juego de equilibrios, desequilibrios, reequilibrios. Esto se entenderá mejor cuando veamos cómo la MHS opera en modo crisis y modo orden. Toda la cultura se puede entender de esta manera, como la construcción de una segunda naturaleza que sustituye a la naturaleza. Esta es la zoé cultural, que va transformando poco a poco la zoé natural, que la atraviesa, pero que no puede ser transformada por completo, quedando siempre un resto sagrado. Por eso la cultura es siempre religiosa, por mucho que haya profanizado muchos de sus ámbitos. Porque no puede metabolizar por completo el exceso natural que la alimenta.

Otra cosa es, como veremos, la manera en que la MHS oculte o enmascare esta dimensión sagrada, de manera que de la impresión que esta no existe, que el mundo ha sido totalmente profanizado. La pérdida de consciencia de lo religioso, de lo sagrado, está por lo tanto íntimamente vinculada con la pérdida de consciencia de la relación de la cultura con la naturaleza, y particularmente con la dimensión excesiva en la que estamos insistiendo. No comprender la religiosidad constitutiva de toda cultura supone creer de manera más ciega en su carácter profano, participar de manera más inconsciente en esta religiosidad. La clave está en percibir o no percibir el vacío que necesariamente existe entre cualquier construcción cultural y la naturaleza sobre la que se construye. Vacío que no es de orden solo espacial, ni que puede ser localizado de manera concreta, en la medida en que la naturaleza atraviesa la cultura y este vacío, que es otra forma de hablar del exceso, rezuma por todos los poros, las grietas, las fisuras, de la cultura. Dejar de percibir estos matices supone quedar atrapado de una manera más intensa en la ficción. Veremos cómo la noción de ficción está íntimamente relacionada con todo lo que estamos hablando, que la cultura es constitutivamente religiosa y constitutivamente escénica, teatral, espectacular, ficticia. Y que la clave de todo ello está en cómo la MHS opera enmascarando este exceso natural detrás de un exceso cultural, en el escenario del poder-religión. [11]

Todo esto está también en el trasfondo de la noción de simbolismo, de lo que nos ocuparemos también a lo largo de este trabajo. Pero ahora conviene señalar cómo también los símbolos están alimentados de este exceso natural. Que es lo que en última instancia les da vida. Veremos como la MHS es por definición simbólica, pero de hecho lo mismo podemos decir de la cultura y del ser humano, homo symbolicus. Ya entre las primeras comunidades humanas se encuentran hachas que han intrigado a los estudiosos porque tienen formas extrañamente simbólicas, porque son curiosamente simétricas, con dimensiones mayores que las utilitarias, que desconciertan a los funcionalistas. [12] Y que para nosotros son muestras de que la cultura humana es, desde un principio, simbólica. [13]

Este juego de equilibrios, desequilibrios y reequilibrios entre naturaleza y cultura, entre exceso natural y cultural, se transforma a lo largo de las distintas épocas y de las distintas culturas. La tendencia es a que la cultura domine cada vez más a la naturaleza, aunque como decimos nunca pueda eliminar del todo este exceso natural. Y esto supone una represión cada vez mayor. La creencia generalizada es que los seres humanos tienen hoy más libertad que los que les antecedieron. Esta creencia forma parte de la religiosidad de hoy, como lo es la creencia en el progreso. Nosotros creemos por el contrario que el hombre cada vez tiene menos libertad, que su cultura es cada vez más represiva, solo que los mecanismos de dominación son cada vez más sutiles, más sofisticados, menos perceptibles, como mostró Herbert Marcuse. [15] Creemos que dominamos la naturaleza, pero la naturaleza siempre sigue hay en el fondo de nuestra segunda naturaleza, rezumando por todas las fisuras del sistema, en sus márgenes, pero también en su mismo centro, en el vórtice central alrededor del que el sistema se estructura. Creemos que nuestras sociedades modernas han conseguido domesticar la violencia de otras épocas, que podemos disfrutar de los placeres de la vida. Pero esta violencia no se puede contener si no es desviándola, externalizandola, y este placer es un placer sintético, desencarnado, en la medida en que está tan mediatizado por el sistema como la violencia.

De lo que se trata en definitiva es de una forma de intercambio, tanto de materia como de energía. De lo que se ocupa la MHS es de regular estos intercambios de una manera ordenada. Pero como veremos esto supone no solo el orden sino también la crisis. De lo que se trata es de controlar cómo se producen las disyunciones y las conjunciones, tanto entre la materia como entre la energía, así como entra la materia y la energía. O dicho de otra manera, cómo el goce, el deseo, la amenaza y la violencia se encarnan en los cuerpos, como se transfieren de unos cuerpos a otros. De esto se encarga la MHS.

Las hierogamias y los sacrificios gestionan estos intercambios de materia y de energía, estas conjunciones y disyunciones de lo material y lo espiritual. Y esto lo hacen según una mecánica de equilibrios, desequilibrios y reequilibrios, tomando para ello como base fundamental el exceso natural así como su transmutación en forma de exceso cultural. Como ha mostrado Marcel Griaule el sacrificio consiste en última instancia en un "desplazamiento de fuerzas": "el único papel de la destrucción de la víctima es el de desencadenar y poner en movimiento los intercambios de fuerzas". [16] Y además haciendo de este exceso el contrapeso de la carencia, con el exceso como protagonista de la crisis y la carencia del orden. En este sentido se puede decir que la clave de la MHS está en producir asimetrías, desequilibrios, entre los distintos términos que se intercambian, que se confrontan. Se parte de una asimetría fundamental que es la del exceso natural y a su vez esta asimetría se puede transformar en otra asimetría, pero esta vez provocada por el exceso cultural. Estas asimetrías generan tensión en un cierto sentido, que en el modo crisis resulta en intercambios de materia y en el modo orden en intercambios de energía, pero siempre en un sentido concreto, articulando la distinción entre el polo dominador y el polo dominado. Tendiendo el polo dominador a coincidir con el ritual HS, aunque en sentido riguroso este lo que hace es enmascarar el poder. De manera que el poder-religión consiste básicamente, por medio de la MHS, en controlar estos excesos, tanto el natural como el cultural, y utilizarlos para descompensar el sistema a su favor. Incluso cuando parezca que el sistema está en equilibrio en el modo orden, lo cierto es que siempre subsiste un cierto desequilibrio, una cierta asimetría, una cierta tensión, que ha sido producida en el modo crisis aprovechando el exceso natural o canalizando este exceso natural en forma de exceso cultural. Como veremos todo esto es fundamental para entender el sistema capitalista en el que los intercambios mercantiles aparentan ser formas de equilibrio en el modo orden, cuando en realidad no hacen más que transferir riqueza desde el polo dominado al dominador, todo ello en base a desequilibrios en el conjunto del sistema producidos en el modo crisis.

Estas asimetrías, desequilibrios, excesos, están en el trasfondo del sentimiento religioso. También pueden ser percibidas como culpa, como deuda, como agradecimiento. [17] Como el sentimiento o la obligación de tener que poner algo en uno de los platillos de la balanza para conseguir compensar este desequilibrio. Veremos como el dispositivo de la balanza y la espada está estrechamente relacionado con todo lo que estamos diciendo. Esto ha sido así, de una manera u otra, en casi todas las épocas y en casi todas las culturas. Nuestra época es, como en casi todo, la excepción, la anomalía. La anomalía convertida en paradigma. Es solo en nuestra época y nuestra cultura en las que la balanza parece haberse inclinado a nuestro favor. Pero esta apariencia es también una creencia, una ideología, una religión. La pérdida de la consciencia religiosa que caracteriza a nuestra época es, a fin de cuentas, haber dejado de entender, de percibir, de sentir, este desequilibrio, este exceso natural, esta mecánica de equilibrios, desequilibrios y reequilibrios entre la cultura y la naturaleza. [18]

Esta pérdida es precisamente eso, una pérdida más que una ganancia. Una ganancia de cosas, de objetos, de materialidad, a costa de la pérdida de la espiritualidad sin la que dicha materia está desencarnada. [19] Esta falta de sensibilidad, de religiosidad, de humildad, se corresponde con una cultura cada vez más separada, más ajena, más autista, con respecto a lo natural. [20] Que en definitiva es también una forma de desencarnación, en la medida en que la MHS sigue operando pero enfatizando su dimensión disyuntiva frente a la conjuntiva. Que el hombre occidental haya perdido la consciencia religiosa no significa que lo religioso no siga actuando en él de manera inconsciente, secreta.

Es posible que esta pérdida de sensibilidad frente a lo excesivo de la naturaleza, en definitiva, frente a lo religioso, no sea otra cosa que una forma de temor no reconocido. Este temor latente le impediría al hombre enfrentarse a lo natural como una fuerza que es superior a él y al mismo tiempo le constituye, como de hecho su fuente de fuerza fundamental. En definitiva, sería una debilidad, una renuncia a la entereza, al heroísmo, a la intensidad de la vida. De todo esto nos ha hablado Friedrich Nietzsche. Este temor latente pero no reconocido, sería también el que alimenta el dominio desmedido de la cultura sobre la naturaleza, el intento de reducirla a objeto, de objetivizarla. Como dice el Comité Invisible "sólo se busca dominar aquello que se teme". [22] El hombre occidental sería así, en contra de las apariencias, un hombre a la defensiva con respecto a la naturaleza. Hablando siempre de naturaleza en el sentido general, como exceso exterior e interior, macro y micro. Es decir, un hombre a la defensiva de sí mismo. Este temor sordo, latente, silencioso, inconsciente, es el que lleva al patético hombre moderno occidental a querer reducir la naturaleza a objeto, a cantidad, a valor de cambio. Esta voluntad de reducir la naturaleza a objeto cuantificable, controlable, dominable, así como el miedo inconsciente que le subyace, es el fundamento de la cultura idealista, materialista o racionalista occidental desde la Grecia Clásica, que son modalidades de una misma tendencia de fondo, y que podemos sintetizar como vida desencarnada, como disociación, desequilibrio, descompenación, de lo corporal y lo anímico-espiritual, como dominación del cuerpo y el alma y del cuerpo-alma por el espíritu.

En lugar de sentir la fuerza inconmensurable de la naturaleza, al mismo tiempo creadora y destructora, la cultura patriarcal occidental ha invertido los términos para vendernos una relación paternalista con la naturaleza. [23] Ahora resulta que la cultura se arroga el deber de proteger a la naturaleza. Lejos quedan los tiempos heroicos en los que la naturaleza era al mismo tiempo creadora y destructora, protectora y cruel. [24] ¿Cómo es posible que el occidental de hoy haya dejado de ser sensible a esta asimetría radical? ¿Por qué el hombre ha dejado de entender la relación con la naturaleza como un intercambio total, integral, de todos los órdenes de la realidad, como un "intercambio simbólico"? [25] ¿De qué manera ha llegado a dejar de comprender que todos los intercambios remiten en última instancia a este "intercambio imposible"? [26] ¿Cómo se explica que, en lugar de estos intercambios simbólicos y de estos intercambios imposibles, el hombre haya creído que puede construir un sistema basado por completo en la equivalencia? Quizás la respuesta sea tan sencilla y al mismo tiempo tan compleja como esta: porque el hombre ha transformado la equivalencia en su divinidad. Tratemos de ver cuál es el papel que la máquina hierogámico-sacrificial desempeña en toda esta historia.

Extracto de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

1 Blake: 99.
2 Cf. Freud 1921-1927: 162, 174-176, 182; 1930: 66-67; cf. Bataille 1957: 46.
3 Klages: 183.
4 Harrauer y Hunger: 106.
5 85-86, nuestra traducción.
6 1958: 329.
7 Aïvanhov: 34.
8 Cf. Freud 1921-1927: 162-167.
9 1944: 278.
10 1972: 38; cf. Campbell 1959: 417.
11 Cf. Fromm: 20-21.
12 Campbell 1959: 414, 446-448.
13 Cf. Foucault 1966: 302.
14 https://www.youtube.com/watch?v=DCNYgLbUHKY
15 88.
16 "Remarques sur le mécanisme du sacrifice dogon (Soudan français)", citado en Durand: 319.
17 Cf. Jung y Kerényi 1939-1940: 107-108; Baudrillard 2004: 27, 184-185; Dupuy 2009: 82-83.
18 Cf. Campbell 1949: 344; 1959: 76-77.
19 Cf. Deleuze y Guattari 1972: 157.
20 Cf. Jung 1964: 95, 101.
21 Cf. Sedlacek: 29.
22 Tiqqun-Comité Invisible 2014: 30-31.
23 Ibíd.: 33 y ss.
24 Horkheimer 1947: 124.
25 Baudrillard 1976.
26 Baudrillard 1999.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/