2016-05-11

El bien como producto trascendente del mal inmanente


"Todo lo bueno es la metamorfosis de algo malo: todo dios tiene un diablo como padre." [2]
La paradoja de la máquina hierogámico-sacrificial es que el bien no se define si no es por oposición con un mal realizado. Como ha mostrado Sylvain Lévi a propósito de los sacrificios brahmánicos, "el bien es la exactitud ritual". Esto es lo mismo que decir que es a través de la transgresión real, material, realizada, como se define la prohibición. Después se podrá atenuar, ritualizar, simbolizar esta transgresión, pero en un principio la transgresión misma es el único significante con sentido, la que hace posible que el ritual por sí mismo haga las veces de ley y de lenguaje. Y así la transgresión es y será por siempre la fuente del sentido en todas las sustituciones que seguirán, por más que se enmascare.

El hombre es, como ha mostrado Walter Burkert en su obra homónima, antes homo faber y homo necans ('hombre asesino') que homo sapiens. Y entre ambos, homo sepeliens ('sepultador'). El pensar surge después del hacer religioso, y este es antes que nada hacer gozoso, violento, sádico. Esta es la base de la cultura que sigue presente por siempre, como la primera capa de la cebolla que el resto de capas tratan de ocultar. La máquina hierogámico-sacrificial es la que produce toda nuestra cultura, la que va añadiendo nuevas capas a la cebolla sin eliminar las anteriores, que simplemente quedan ocultas en el centro. Pone de manifiesto que la dimensión material, ritual, simbólica, es la más importante en las religiones, y en todo aquello que está impregnado de lo religioso, que la espiritualidad y la trascendencia no son más que productos secundarios de esta mecánica. Como afirma Émile Durkheim en Las formas elementales de la vida religiosa "[e]n todo culto hay prácticas que actúan por sí mismas, por un poder que les es propio y sin que se intercale ningún dios entre el individuo que ejecuta el rito y el objetivo perseguido." [3] Los dioses son productos de la máquina.

Volviendo a la moral, la distinción entre el bien y el mal, es antes del orden del hacer que del orden del pensar. "El ser humano ya era elaborador de sus experiencias antes de ser pensador", dice Karl Kerényi. [4] Los actos fundadores de la cultura, los que diferencian al hombre del resto de los animales, tienen menos que ver con la racionalidad, la objetividad, la funcionalidad o la inteligencia que con la irrupción social del goce y de la violencia. El hombre se distingue del animal menos porque sabe o piensa (sapiens) que porque hace de manera violencia (faber, necans). Este es el sentido profundo del término sacrificio, 'hacer sagrado', sacrum facere. [5] Pero este hacer sagrado podemos extenderlo también a la hierogamia, como ritual complementario y análogo al sacrificio. Hierogamia y sacrificio son las dos formas de sacralización por antonomasia. La conocida sentencia del Evangelio de Juan "en el principio era el verbo" [6] puede ser interpretada también, tal como hizo Johann Wolfgang von Goethe en el sentido que estamos diciendo: "en el principio fue el hecho". [7] En el principio fue el hacer, el hacer por antonomasia, el hacer gozoso y violento de la zoé. [8] Especialmente cuando este hacer se focaliza en la figura de un bíos sagrado. Lo que podemos interpretar también como la fundación del bíos como tal, del individuo por oposición a la zoé. La cultura humana inventa al individuo desde su mismo origen, y lo hace descargando sobre él su goce y su violencia. Desde entonces y para siempre la individualidad estará marcada por este exceso, por este espectro mortal.

De manera que antes de que los conceptos de bien y de mal se constituyan como tales, existen ya realizaciones materiales que los diferencian. Los sacrificios y las hierogamias son los actos en los que, primero el mal, y después el bien, a medida que este mal se atenúa, se ritualiza y se enmascara, son mostrados, ejecutados, experimentados. De ahí que uno de los cometidos centrales de la máquina hierogámico-sacrificial sea la moralización. [9] Estas materializaciones primordiales del bien y del mal, son al mismo tiempo las de lo puro y lo impuro, lo fasto y lo nefasto, lo humano y lo inhumano, la inocencia y la culpabilidad, etc. [10]

Lo que es necesario subrayar es que el mal y el bien no son opuestos en sentido lógico. El mal es como el excremento, en el marco de un aparato excretor que lo elimina y que asegura así la conservación armoniosa y saludable del resto del organismo. El desecho es malo en la medida en que podría afectar al buen funcionamiento del organismo. Pero esta eventualidad es conjurada en el acto de la excreción. El mecanismo mismo de la excreción es el que define al excremento como malo y a partir de ahí al resto del organismo como bueno. [11] Como decíamos a propósito del brahmanismo, el bien es la correcta practica ritual, la MHS. Una vez más, comparar la MHS con un aparato excretor no es una simple metáfora, sino hablar de dos órdenes de la realidad que se interpenetran, y que se interpenetran precisamente a través de la MHS.

El ritual HS muestra, antes que nada, el mal, de manera concreta, real, inmanente. Muestra lo que los grupos humanos están en trance de prohibir, la antropofagia, el asesinato, el incesto, el adulterio, la violación. El mal no se conoce sino en la medida en que se experimenta, se participa en él, se percibe. A partir de este mal real, el bien no es más que un producto negativo y trascendente. [12] Lo que debe hacerse es no-hacer-lo-que-se-ha-hecho-en-el-ritual. El modo crisis y el modo orden son, como se ve, inseparables uno con respecto al otro. A partir de este punto, el ritual HS evoluciona en la medida en que las prohibiciones son interiorizadas por las comunidades y otras prohibiciones de otro orden pasan a ocupar el lugar de las primeras. Entonces el ritual no necesita ser tan explícito con respecto a las prohibiciones ya interiorizadas, entonces el mal puede enmascarse tras las formas del bien.

De manera que existe una asimetría constitutiva entre el mal inmanente y el bien trascendente, producto de la máquina hierogámico-sacrificial. El bien y el mal no se pueden entender simplemente como dos extremos separados por una línea roja. Se transgrede tanto por exceso como por defecto. Ya hemos dicho que lo humano es aquello que la MHS define por oposición con lo animal, por abajo, y lo divino, por arriba. Y que abajo y arriba están vinculados porque son parte de un mismo recorrido, catábasis y anábasis. Además se transgrede o no se transgrede según se haga en el ámbito de lo sagrado o en el de lo profano, en el marco del ritual o fuera de él. Se debe no-hacer el mal, pero excepcionalmente debe hacerse el mal, que por ello se transmuta en bien. Debe conocerse el mal, debe practicarse el mal para saber en que consiste y a partir de ahí poder tender hacia el bien, pero siempre de manera negativa. [13] En rigor, bien y mal son inconmensurables, son de distinta naturaleza, no se pueden medir con el mismo rasero. Y sin embargo solo tienen sentido el uno con respecto al otro. Son dos caras de la misma moneda. Nunca se podrá erradicar el mal porque es constitutivo de la realidad y gracias a él existe el bien.

Utilizando una metáfora, la moral funciona como una de esas máquinas mata-insectos compuestas por una lámpara ultravioleta que los atrae y una parrilla metálica situada frente a la lámpara que los electrocuta. El deseo impulsa a los insectos a acercarse a la luz, esto es, a cometer la transgresión. La moral convencional y provisoria de cada cultura y de cada época no puede hacer otra cosa que situar la parrilla eléctrica más lejos o más cerca de la luz, en función de las circunstancias. Los seres humanos serían como mosquitos que han desarrollado la capacidad de deducir que lo mismo que les ha pasado a otros mosquitos que se han acercado a la luz les puede pasar a ellos. Pero además este ejemplo nos sirve para comprender como funciona la MHS si ahora suponemos que, con el tiempo, la rejilla eléctrica se va haciendo más densa e impide distinguir claramente la lámpara ultravioleta, aunque sigue dejando pasar la luz. Así opera el ritual HS, ocultando parcialmente el goce y la violencia obscenos, pero dejándolos traslucir suficientemente para que sigan siendo atractivos, para que sigan canalizando los flujos de deseo y amenaza. Así operan también el lenguaje y el simbolismo.

De todo lo que venimos diciendo se sigue que la máquina hierogámico-sacrificial y la moralización que la acompaña es un proceso de progresiva espiritualización de la naturaleza. La adscripción al mal del goce y la violencia excesivos, la producción del bien como entidad trascendente a partir del mal inmanente, la mortalidad del cuerpo y la inmortalidad del alma y del espíritu, todo esto hace que el polo de lo corporal tienda a identificarse con el mal y el polo espiritual con el bien. La MHS produce una suerte de "regeneración espiritual" en los seres sociales. "Se muere para ser y acceder a un nivel de existencia más elevado", dice Mircea Eliade. [14] Los bíoi que más se acercan a este polo de lo corporal-maléfico son sacrificados y su energía es utilizada para impulsar a la zoé cultural hacia el polo contrario de lo espiritual-benéfico. Se trata también de una forma de sublimación, de purificación, de catarsis, de la zoé. "La palabra catarsis designa, en primer lugar, la «purificación» que procura la sangre derramada en los sacrificios rituales." [15] No hay ascenso sin descenso, no hay espiritualización sin sacrificio de lo corporal.

Todo esto supone también que cualquier saber, cualquier conocimiento, implica una dimensión moral a la que no puede renunciar. En la medida en que es una forma de juicio, de sentencia, de la dimensión espiritual con respecto a la dimensión corporal, por mucho que quiera perderse en las alturas de la metafísica. En otras palabras, toda producción de saber es en última instancia una producción secundaria de la MHS, un epifenómeno de un fenómeno más complejo que es antes que nada una acción, una transformación material de la realidad. Esta producción de conocimiento por parte de la MHS es intrínsecamente moral, supone implícitamente una distinción radical entre el mal inmanente y el bien trascendente. En otras palabras, el saber se pone por encima de la realidad, la juzga como algo inmanente desde su trascendencia, siempre desde esta mecánica de transferencia de culpabilidad que es propia de la mecánica HS. El saber cree tener derecho a juzgar a la realidad. Pero se trata de una ilusión, porque lo que sucede es que la realidad misma y la MHS que la constituye produce el saber, como una más de sus emanaciones. Así, y en contra de lo que se suele creer, el saber nunca es neutro. La única neutralidad, la única amoralidad, si ello es posible, es al contrario la de la MHS, la de su puro hacer no intencionado. Por eso se puede decir que la MHS coincide con Dios.

Extracto de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

1 Nietzsche 1887: 69.
2 Nietzsche 1996: 98; cf. Adorno 1951: 84.
3 31-32.
4 1976: 13.
5 Cf. Agamben 2003b: 167; cf. Burkert 1972: 21; 1977: 79.
6 1.1.
7 Jung 1964: 81
8 "... en el principio era la acción." Freud 1913: 207; cf. Marx 1867: 105.
9 Cf. Fromm: 93.
10 Cf. Baudrillard 1976: 143, 149; cf. Lévi-Strauss 1962: 247-248.
11 Cf. Aïvanhov: 90.
12 Cf. Baudrillard 2004: 136-137.
13 Cf. Rougemont: 346.
14 1955: 251.
15 Girard 1999: 59.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/