2016-05-08

El exceso como esencia de la naturaleza


"Si no excediese de un salto la naturaleza «estática y dada», estaría definido por leyes. Pero la naturaleza juega conmigo, me arroja más lejos que ella misma, más allá de las leyes, de los límites que hacen que los humildes la quieran. […] Soy, en el seno de una inmensidad, un más que excede esa inmensidad. Mi felicidad y mi mismo ser se desprenden de este carácter excedente. […] En el juego que excede a la naturaleza, es indiferente que yo la exceda o que ella misma se exceda en mí (toda ella es, posiblemente, exceso de sí misma), pero, en el tiempo, el exceso acaba por insertarse en el orden de las cosas (yo moriría en ese momento)." [1]
Imaginemos cómo ha podido producirse la humanización del animal, cómo el mono se ha convertido en hombre. Creemos que la clave está en la dimensión social. La unión de fuerzas del grupo lo hace más apto para la supervivencia, para la lucha contra otros animales y otros grupos congéneres. Pero en la misma medida en que el grupo le permite al individuo un mayor dominio de la naturaleza, este le impone un nuevo dominio de orden cultural. [2] La cultura amortigua, en parte, el goce-deseo-amenaza-violencia natural, al precio de la imposición de un goce-deseo-amenaza-violencia cultural. El goce-deseo-amenaza-violencia natural se metamorfosea en goce-deseo-amenaza-violencia cultural. El primero se toma como modelo del segundo. La zoé cultural mimetiza, en general, la zoé natural. La zoé humana mimetiza, en particular, otras zoés animales. De ahí que sean tan importantes los animal en los rituales y en la mitología de los pueblos primitivos. Y en general de toda la vida natural. Porque de lo que se ocupa la MHS es de la transferencia de un principio vital único a través de los distintos órdenes de la realidad.

El goce-deseo-amenaza-violencia natural excede por principio al cultural, especialmente en los momentos más críticos, en las grandes catástrofes, los terremotos, las inundaciones, las sequías, las plagas, las pestes, pero también en la irrupción de lo natural en la zoé cultural y en lo bíoi, en la locura, en el desenfreno erótico y agresivo. La máquina hierogámico-sacrificial simplemente toma esto como modelo y lo utiliza de manera artificial, cultural, produce un simulacro de la naturaleza. No es que la cultura se oponga a la naturaleza, sino que la mimetiza, la emula artificialmente, pero de la misma manera excesiva, como exceso de goce y de violencia. Esto es la MHS, una segunda naturaleza con una mecánica compleja y dinámica, cíclica, alternante, excesiva, empática, en la que todo influye e interactúa en una cierta medida, una máquina con muchos puntos de alimentación y de escape, pero que finalmente lo conecta todo en el centro del toroide.

Entre el goce-deseo-amenaza-violencia natural y el cultural no se da una relación de oposición lógica, sino de confrontación real de fuerzas. La fuerza cultural se opone a la natural pero dejándose encarnar por ella. Solo la desvía, la canaliza, la recupera. Entre la fuerza natural y la cultural se dan equilibrios, desequilibrios, reequilibrios, según la mecánica cíclica de crisis y orden. Pero también intercambios y transferencias. Bronisław Malinowski habla de la misma manera al referirse a las relaciones entre fuerzas biológicas y sociales. [3] Estas confrontaciones de fuerzas se dan entre seres de distinto orden, pero en definitiva hablan un lenguaje común que es el de la energía libidinoso-agresiva. Estos equilibrios de fuerzas dan como resultado el tamaño óptimo de las zoés, los umbrales en los que estas se disgregan en grupos más pequeños, o al contrario dos o más de ellas se unen. Y por supuesto la exclusión de determinados bíoi o conjuntos de bíoi que amenazan la integridad de las zoés. De todo esto se ocupa la máquina hierogámico-sacrificial. Recordemos la importancia de las alianzas, de las que nos ha hablado Lévi-Strauss en Las estructuras elementales del parentesco, en el tamaño de los grupos, en que estos crezcan, se aislen, se fundan con otros. Pues bien, la alianza se corresponde con la dimensión hierogámica, y el linaje con la sacrificial, ambas vinculadas de manera muy compleja en las distintas modalidades de la estructura social. El problema es que la vinculación de la hierogamia y el sacrificio son complejas y la mayoría de los estudiosos no las ha considerado más que separadamente.

El goce-violencia natural es la forma en que se resuelven las crisis naturales, la manera en que cada zoé natural confronta a otras y a sus bíoi. La zoé cultural no hace más que emular a la zoé natural en el momento en que se produce una nueva crisis, o mejor dicho, se adelanta a la crisis natural en el momento en que se siente su amenaza. Esta es la clave para entender lo que distingue a la cultura de la naturaleza. El humano se adelanta a la crisis, la provoca artificialmente. Desde las crisis sociales más elementales a las crisis económicas globales que padecemos hoy, estás se acabaría produciendo en todo caso, pero aquellos que manejan la MHS las desencadenan de manera artificial antes de que esto suceda. La cultura se basa sobre todo en esto, en la producción artificial de crisis, en la escenificación sintética, real pero producida en el marco de una intencionalidad, de un plan, de una ficción, de goce y de violencia. Esto es así desde que el hombre es hombre, solo que al principio de manera muy precaria y después cada vez más refinada. Con el tiempo se va elaborando un ritual más sofisticado, más simbólico, que atraviesa todo el espectro social, político, religioso, moral.

Así, el principio de la supervivencia natural se va transformando poco a poco en el de la supervivencia cultural, en el de la supervivencia de la zoé cultural por encima de las zoés naturales, de otras zoés culturales, de determinados bíoi anómalos que las lastran. Lo que está en juego no es la supervivencia del individuo sino la del grupo, aunque sea al precio de sacrificar a algunos de los individuos, aunque sea al precio del sacrificio parcial de todos los individuos. El progreso cultural consiste en que cada vez va siendo menos necesaria la violencia explícita, en la medida en que los grupos humanos acceden a una técnica de dominación de la naturaleza y lo hacen de manera coordinada. Esto no significa que la sociedad renuncie a la violencia, sino que dicha violencia se encarna progresivamente en su cultura, se hace violencia cada vez más estructural, cada vez más anónima. Sigue siendo violencia en la medida en que sigue teniendo como objetivo central confrontar la violencia natural, tanto la exterior como la interior, pero cada vez se enmascara más en los mecanismos del sistema. [4]

Pero no hay que olvidar que al hablar de violencia estamos hablando implícitamente de los cuatro tipos de energía libidinoso-agresiva, de sus transferencias y transmutaciones. El goce-deseo-amenaza-violencia cultural, por el hecho de irse encarnando progresivamente en las estructuras e instituciones sociales, en el derecho, en el lenguaje, en el Estado, en la ciencia, en la técnica, etc., adquiere formas cada vez más distintas del goce-deseo-amenaza-violencia natural. Aquí está una de las claves para entender todo orden político-religioso. Cómo se enmascara en el la energía libidinoso-agresiva. Que en última instancia es la que lo mueve todo. Este goce-deseo-amenaza-violencia cultural, por mucho que se metamorfosee, por mucho que se fragmente en mil y una instituciones y dispositivos, por mucho que quiera ocultarse en forma de represión, de autosacrificio, de masoquismo, de resentimiento, por mucho que se sublime, no deja de ser en esencia una forma de goce-deseo-amenaza-violencia, pues en última instancia funciona confrontado el goce-deseo-amenaza-violencia natural excesivo que lo atraviesa todo.

Volvamos a considerar la dinámica cíclica de la que hemos hablado, que alterna entre la crisis y el orden. Por mucho que el grupo se vaya haciendo más fuerte, más cohesionado, el goce-deseo-amenaza-violencia natural sigue siempre presente de manera más o menos explícita, amenazando el orden cultural. La tradición le muestra a la comunidad que sus antepasados han conjurado este exceso natural con un exceso cultural. Es decir, mediante el sacrificio y la hierogamia. De manera que cada vez que se sienten amenazados, cada vez que se produce o puede producirse una crisis, no tienen más que hacer que repetir los rituales sacrificiales y hierogámicos que conserva la tradición. No sólo cuando se producen estas crisis, sino también, como decíamos, antes de que se produzcan. [5] Este detalle es importante porque caracteriza a lo cultural con respecto a lo natural.

Si es en los momentos de crisis cuando se celebran los rituales hierogámico-sacrificiales es precisamente porque es en estos cuando se pone de manifiesto lo excesivo del goce-deseo-amenaza-violencia natural, cuando este exceso natural amenaza el orden cultural. Pero es también el momento más oportuno para catalizar las crisis culturales, en la medida en que, como hemos visto, el exceso cultural se alimenta, canaliza, recupera, el exceso natural. El exceso natural se transmuta en cultural al mismo tiempo que el individual se transmuta en social. "El mecanismo biológico individual es sustituido por el mecanismo colectivo y cultural de la víctima propiciatoria." [6] Y de esta manera se aplaca, por el momento, la amenaza. Pero la cultura no consigue domesticar por completo a la naturaleza, se ve obligada a repetir una y otra vez el ritual, a modularlo, a modificarlo, a adaptarlo.

El animal se convierte en animal humano no tanto porque sepa confrontar el exceso libidinoso natural, sino simplemente porque lo confronta de hecho, sin saber muy bien cómo, a través del ritual, es decir, porque se deja inscribir en la MHS. El animal humano no llega a serlo por su inteligencia, por su razón, por su capacidad de pensamiento abstracto, sino porque sabe orquestar un mecanismo complejo llamado MHS, en el que lo fundamental es la empatía, la comprensión de que existen distintos órdenes de vida, de que la realidad se compone no solo de lo inmanente sino también de lo trascendente, no solo de lo corporal sino también de lo anímico-espiritual. Sin duda necesita inteligencia y capacidad intelectual para ello, pero no es en un principio del orden de lo racional, de lo analítico, de lo funcional, sino del orden de lo empático, de lo holístico. Y todo ello con una componente fundamental que es la de lo ritual, la del hacer antes que el pensar, la de imitar, actuar, coordinar movimientos, gritar, cantar y bailar, la de articular los movimientos, las formas, las energías, las geometrías de los distintos órdenes de la realidad. Gilbert Durand nos ha hablado de esta "arquetipología" que es anterior a la simbólica en la que se encarna. El animal humano llega a serlo antes porque hace, porque actúa, que porque piensa, pero también porque su actuar es simbólico. Es antes un homo faber y al mismo tiempo un homo symbolicus que un homo sapiens. [8] Sabe lo que hace solo después de hacerlo. [9] Y este hacer simbólico es una hacer violento y gozoso, amenazante y deseante. Si algo distingue al humano del animal no es la razón, la previsión, la mesura, el cálculo, el interés material, sino todo lo que tiene que ver con la empatía social y cósmica, con la piedad, la compasión, la conmoción. Pero también la crueldad y el sadismo, en la medida en que la MHS debe adelantarse a la naturaleza y esto supone una suerte de desapego, de crueldad, de distanciamiento sádico, especialmente por parte de las castas sacerdotales que controlan la máquina. El sadismo es un elemento fundamental de la MHS porque es lo que distingue el goce-deseo-amenaza-violencia cultural de los naturales, es lo que permite que el ritual se adelante a la crisis, la conjure. También que la MHS designe chivos expiatorios aparentemente culpables pero en la realidad inocentes. En esto consiste la eficacia de la MHS que como veremos implica la injusticia constitutiva de cualquier forma de justicia. El sadismo es el elemento central que vincula el goce de los sacrificadores a la violencia que se ejerce contra la víctima. Este sadismo es central para entender cómo funciona la MHS primitiva y tradicional, pero después irá siendo sustituido por el masoquismo individual de la MHS capitalista. Y entonces la mayoría dejará de comprender esta mecánica profunda a pesar de estar inscritos en ella, siendo de esta manera enormemente manipulables por aquellos que controlan la MHS. [10]

En este contexto hay que interpretar la preeminencia del ritual sobre la mitología y el dogma religioso, tal como señaló William Robertson Smith en Lectures on the Religion of the Semites. [11] El consenso social es antes que nada del orden de la práctica, y esta da lugar y hace posible que convivan diversas interpretaciones que no serán objeto de polémica hasta estadios más avanzados de la cultura. Esta es la ventaja que tiene lo simbólico o lo mítico sobre lo dogmático o lo lógico. Pero, a pesar de que con el tiempo la dimensión mítica y después la dogmática han tendido a tener más importancia en las religiones, lo cierto es que esta preeminencia de lo ritual, de lo fáctico, sobre lo mítico, lo dogmático, no abandonará jamás la cultura, si tenemos en cuenta la dialéctica de orden y crisis de la que hemos tratado. La vanguardia, la transformación del statu quo, sigue estando siempre antes en la práctica que en la teoría, en el hecho consumado que en la intención o en el consenso.

La paradoja es que el exceso libidinoso cultural se enfrenta, reprime, el natural, pero es este último el que alimenta al primero, el que lo hace posible. Se trata de un proceso permanente de recuperación, de apropiación, por el cual la cultura le niega a la naturaleza sus derechos, a pesar de que es su fuente y esta terminará imponiéndose a la cultura tarde o temprano. Se habla mucho de cómo el hombre explota a la naturaleza, de cómo se apropia de sus recursos, de sus fuentes materiales y de energía. Pero nos parece que todo esto está viciado por el enfoque materialista, y productivista. Por el contrario, el fenómeno fundamental es esta apropiación del exceso libidinoso-agresivo natural, que atraviesa todo el sistema, de formas cada vez más sutiles. Esta es la apropiación más crucial, la más fundamental, estructural, ubicua, y en la que la apropiación material se inscribe como algo secundario. Pero lo mismo habría que decir de los recursos energéticos que alimentan el sistema productivo capitalista, y que también están supeditados a los recursos energéticos sociales, es decir, los libidinoso-agresivos.

Hablaremos con más detalle en lo sucesivo del papel que juegan los bíoi sagrados como centro de la MHS. Pero ahora queremos decir que la relación de la naturaleza y la cultura no es más que una proyección a mayor escala del fenómeno hierogámico-sacrificial que tiene a estos bíoi sagrados como protagonistas. Es decir, que la MHS opera en varios planos, el social, es decir, el de los bíoi sagrados, los bíoi profanos y la zoé cultural, así como los objetos que puedan acompañar o sustituir a estos, y el plano cósmico, en el que una relación análoga se da con respecto a la naturaleza, dándole sentido, orden, convirtiéndola en cosmos. Los bíoi sagrados son el centro de la máquina, pero la máquina se extiende a todo, a todo lo que participa de una manera u otra en ella, a los objetos producidos por la cultura, al resto de zoés, a la naturaleza, a los astros, etc. Todos estos planos de la realidad se constelan en la medida en que participan en la MHS, y así adquieren significado, precisamente en el marco de esta vinculación de distintos planos, de distintos órdenes de la existencia. En este sentido hay que entender que, en muchos rituales sacrificiales, las distintas partes de las víctimas se relacionan con las distintas partes de la naturaleza, con los distintos animales, con las distintas regiones del universo, con los distintos elementos de la naturaleza, etc. Por ejemplo, el Samavidhana Brahmana dice a propósito de Prayápati: "Su cabeza fue el cielo, su pecho la atmósfera, su cintura el océano, sus pies la tierra..." [12] El ritual HS es, una vez más, la aguja que pincha en profundidad los distintos planos de la realidad y los convierte en una estructura única y coherente en la que todo está vinculado con todo. Esta es lo que en su momento veremos representa el toroide vorticial.

Esta constelación de distintos planos de la realidad por la MHS se observa en el caso de las hierogamias, particularmente en aquellas en las que determinados astros encarnan los principios femenino y masculino. En este caso, si se producen al mismo tiempo una hierogamia real y otra u otras hierogamias simbólicas, de animales o de astros, es precisamente porque distintos planos de la realidad se constelan, con los bíoi sagrados como nexos de unión. De ahí que estos bíoi sagrados tiendan a ser seres híbridos, híbridos de hombre y animal, o híbridos de hombre y astro, o simplemente complejos en los que las divinidades están conformadas por un humano, un animal o un astro. Esta hibridación hace posible este papel articulador entre planos. También hace posible que se produzcan sustituciones entre unos planos y otros. Hablaremos de ello al ocuparnos de las transferencias y las sustituciones en el seno de la MHS. Ahora lo que interesa decir es que la MHS no opera solo al interior de la cultura, sino también hacia al exterior, hacia la naturaleza, que de hecho es tanto exterior como interior. Lo que está siempre implícito en la MHS es esta vinculación profunda de la naturaleza con la cultura. La MHS no solo se une o sacrifica a bíoi sagrados, sino también a la naturaleza en su conjunto. De esta manera la zoé natural se encarna en la zoé cultural.

Siempre el mismo antagonismo de la cultura y la naturaleza a todos lo niveles, en todas las culturas y en todas las épocas, a pesar de las distintas formas que toma. Siempre el mismo exceso libidinoso-agresivo natural que subyace a todas las formas de la dominación. [13] Siempre la misma forma de apropiación, siempre la misma necesidad que tiene la cultura de reconocer este exceso natural si quiere encarnar su vitalidad. Porque de lo que se trata en el fondo es de una forma de encarnación. La cultura tiene que sacrificar a la naturaleza pero al mismo tiempo tiene que encarnarla en sus formas si no quiere perecer. La cultura solo puede reproducirse uniéndose con la naturaleza, aunque sea de manera incestuosa, adúltera, violenta, aunque tenga que ocultar esta relación, para engendrar nuevas culturas. Este es el elemento fundamental que lo atraviesa todo en la MHS, a todos los niveles. Lo que distingue a una cultura viva, pujante, de una cultura decadente o muerta es esta noción de encarnación de la vitalidad natural en las formas culturales. Y esta encarnación es producto de la máquina hierogámico-sacrificial.

Si naturaleza y cultura pueden confrontarse y compensarse es porque están hechas de los mismos elementos, solo que son de otro orden, que estos elementos se encuentran en diferentes proporciones. La MHS opera, como vamos a ver, en base a conjunciones y disyunciones de materia y de alma-espíritu, así como entre los distintos órdenes vitales que la componen. Lo que hace la MHS es articular estos repartos, quitar de aquí y poner allí, excluir o destruir una parte, incluir o refundir otra parte en otro conjunto. Lo que distingue a la cultura de la naturaleza es que en la naturaleza materia y energía, cuerpo y alma, tienden a estar integrados, armonizados, compensados, mientras que la MHS lo que hace es producir desequilibrios, descompensaciones, redistribuciones. Primero que todo entre lo corporal y lo anímico-espiritual, y a partir de hay, entre diferentes planos de la realidad, entre lo humano y lo animal, lo vegetal o lo cósmico.

Extracto de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

1 Bataille 1962: 149, 152.
2 Cf. Nietzsche 1881: 147.
3 43.
4 "En la violencia, por muy enmascarada que esté bajo formas legales, se basa en último término la jerarquía social. El dominio sobre la naturaleza se reproduce en el interior de la humanidad". Horkheimer y Adorno 1944: 155.
5 Cf. Hobbes: 199.
6 Girard 1972: 227.
8 Przyluski: 200.
9 Cf. Radcliffe-Brown: 179; cf. Otto: 28, 32.
10 Julius Evola ha reconocido que esta componente sadomasoquista forma parte integral del erotismo, que es un "elemento natural del eros". 1958: 112, 132.
11 16-20.
12 Citado en Lévi: 18, nuestra traducción.
13 Cf. Reich 1932: 15-18.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/