2016-05-03

El exceso natural


"Quiero que superéis un poco a la naturaleza, pero no la excedáis jamás..." [1]
La naturaleza no es el reino idílico que determinadas culturas han querido interpretar en ella. Es generosa y avara al mismo tiempo, bondadosa y cruel, benéfica y maléfica, erótica y sádica, en suma, ambivalente. Como la naturaleza no puede ser aprehendida por completo por la cultura, todo lo que se diga de ella no es más que palabrería. Es lo que supera a la cultura, lo que esta no puede absorber, lo que le produce dolor de estómago y vómitos, pero también el alimento exquisito y el placer irresistible. Cualquier cosa que se diga sobre la naturaleza será parcial, porque por definición la cultura es oposición, conflicto, rechazo, pero también atracción irresistible, con respecto a la naturaleza. De manera que más que hablar de lo que la naturaleza es, lo que habría que decir es que a lo sumo la cultura puede hablar de cómo se le presenta la naturaleza, cómo la naturaleza la atraviesa, como la alimenta y como se deshace de la parte de ella que no puede asimilar. De nuevo, la naturaleza se presenta siempre a la cultura como exceso, entendiendo por exceso, el exceso tanto de goce como de violencia. Se dice que la naturaleza es el modelo del equilibrio, pero lo cierto es que lo que la máquina natural hace con la MHS es desequilibrarla, dar o quitar en exceso, sumir en el goce o en el dolor.

La naturaleza es un espejo de la cultura, un abismo al que la MHS arroja sus excrementos, que caen después regenerados en forma de maná. Tienen razón los poetas: la naturaleza goza, la naturaleza desea, la naturaleza amenaza, la naturaleza violenta, material y energéticamente. En la naturaleza, mejor que en ningún otro lugar, observamos que materia y espíritu, cuerpo y alma, goce, deseo, amenaza y violencia, se funden en un todo misterioso. Misterio que se resiste a ser desvelado.

Hemos dicho que la naturaleza es una zoé inmortal. Pues bien, lo que hay que aclarar es que esta inmortalidad, este estar la naturaleza atravesa por un principio vital que lo atraviesa todo, afecta tanto a lo orgánico como a lo inorgánico. No creemos que esta distinción sea de gran ayuda para comprender cómo funciona la MHS. Más bien lo dificulta. De manera que vamos más allá de la distinción entre lo orgánico y lo inorgánico, de su correspondencia respectiva con lo vivo y con lo muerto. De la misma manera que, tal como ha señalado William Robertson Smith, pensaban las primeras culturas. [2] Los astros se mueven, sus movimientos influyen en la Tierra, producen luz y oscuridad, frío y calor, afectan por completo la vida en la Tierra. Nuestro criterio es que unas formas de vida de un orden están inscritas en otras formas de vida de un orden superior. Así, no tiene sentido decir que la vida en la Tierra ha surgido en un universo muerto. Al contrario, consideramos que la vida en la Tierra no es más que una zoé natural que esta inscrita en otra zoé natural de mayor orden, como es la vida de nuestra galaxia, y así sucesivamente. Y que, como hemos dicho, las zoés naturales de mayor orden son inmortales relativamente con respecto a las de menor orden.

Pero lo que decimos de lo macro lo podemos decir también de lo micro. De la misma manera que el universo y los astros encarnan el principio vital que lo atraviesa todo, ese principio vital nos afecta también desde los órdenes microscópicos. De la misma manera que la energía del sol y del universo, la materia y la energía inorgánica que conforma la orgánica esta atravesada de un principio vital. Alimento o desecho, y en todo caso exceso, principio vital inmortal, son tanto lo macro como lo micro, más allá de su distinción entre orgánico o inorgánico. Máxime cuando, como veremos, la MHS opera proyectando sobre todo tipo de seres, incluidos objetos, este principio vital. Con independencia de lo que digan los biólogos, el meteorito del que el hombre primitivo hace un betilo es sagrado, y esto significa que encarna el principio vital excesivo que constituye lo sagrado, y en este sentido no tiene gran interés diferenciar entre orgánico e inorgánico. Y lo mismo diremos en su momento del fetichismo de las mercancías.

Insistimos en que este principio vital, esta vitalidad, esta actividad, esta excesividad, se encarna también en lo inorgánico, en la medida en que el fenómeno religioso consiste básicamente en la administración, el control, la canalización, el desvío, el almacenaje, de este principio vital: "La divinidad es activa en lo viviente, no en lo muerto; está en lo que devine y se transforma, no en lo ya producido y petrificado." [3] Esta lógica es la que ha presidido siempre el pensamiento religioso en la mayoría de las culturas. Como dice Mircea Eliade refiriéndose a la alquimia hindú: "Los minerales, los metales, las piedras preciosas no eran «objetos» con un valor económico determinado sino la representación misma de las fuerzas cósmicas y, por consiguiente, participaban de lo sagrado". [4]

Lo mismo podríamos decir del totemismo, en el que, aunque no sea tan habitual como los tótems animados, animales o vegetales, en ocasiones encontramos tótems inanimados, tal como ha señalado James George Frazer en El totemismo. Esto es, si el tótem es sagrado es precisamente porque encarna esta vida inmortal de la zoé de la que venimos hablamos. Y de hecho estos tótems inanimados de los que nos habla Frazer son precisamente aquellos que encarnan de una manera más evidente este principio vital, aquellos que más afectan a la vida de vegetales, animales y humanos, como son el trueno, el relámpago, la lluvia, el viento, el agua, el sol, etc. [5] Todos estos fenómenos cósmicos encarnan el principio vital, que hay que entender como poder de dar pero también de quitar vida, de facilitar la vida pero también de dificultarla.

Decíamos que la zoé natural es vida y es inmortalidad, y que esta es en última instancia exceso. En este sentido podemos decir que la naturaleza goza, desea, amenaza y violenta. Veremos que estos cuatro elementos son las energías fundamentales de la MHS. Pero ahora lo que nos interesa es mostrar que la MHS, antes que nada, los intercambia con la zoé natural. Estamos considerando el goce, la violencia, la amenaza y el deseo, como energías que se pueden sentir o experimentar, pero que son antes que nada energías que fluyen entre los distintos participantes o componentes de la MHS, que se transfieren, se acumulan, se encarnan en ellos.

Insistimos en que lo que nos interesa es considerar la zoé natural como vida inmortal, como fuente de toda la vida mortal, como aquello de lo que emana y a lo que regresa el principio vital que lo atraviesa todo, principio vital inmortal, al menos relativamente, que se encarna en los seres mortales durante un cierto tiempo y que los abandona después. Lo que nos interesa es mostrar que este principio, esta fuente de vida natural inmortal que alimenta la MHS puede equipararse con las energías libidinoso-agresivas que hemos señalado: goce, deseo, amenaza y violencia. Lo que nos interesa es mostrar que estos elementos, que como veremos desempeñan un papel fundamental en la alquimia HS, antes que nada se intercambian con la zoé natural, con la naturaleza, entendiendo por esta lo macro y lo micro, lo de fuera y lo de dentro, lo que excede de la cultura en todos los sentidos.

Evidentemente podemos hablar de violencia al hablar de la acción de un volcán o de un terremoto, de una inundación o de un rayo. También podríamos considerar como una amenaza los signos que anuncian estas violencias naturales. Pues bien, creemos que se debería considerar de la misma manera que la naturaleza goza y desea. Todo ello, naturalmente desde la perspectiva humana, que es la de la MHS y su relación con la máquina natural en la que se inscribe. Hay comportamientos de la naturaleza que son creativos y otros que son destructivos, unos benéficos y otros maléficos, unos deseables y otros amenazantes. La MHS consiste en domesticar estas fuerzas, estas energías, en canalizarlas, desviarlas, conjurarlas, transformarlas, transmutarlas. Pero en última instancia la cultura no puede contener por completo estas energías, estas escapan a su control, la exceden, se desbordan. Este exceso es la fuente, lo que en última instancia tensa las energías libidinoso-agresivas que atraviesan la MHS, el goce, el deseo, la amenaza y la violencia. Por mucho que estas sean emulaciones, mimesis culturales de las fuerzas naturales, lo cierto es que en algún grado estas producciones culturales encarnan estos excesos naturales y por esta razón son eficaces, por esta razón participan en alguna medida de lo sagrado.

Considerar la naturaleza al mismo tiempo como fuente y como desecho, y al mismo tiempo como fuente y desecho de goce y de violencia, de deseo y de amenaza, no hace más que subrayar su carácter ambivalente, que todas las culturas arcaicas han percibido. Lo que habría que subrayar es que es antes la dimensión amenazante, violenta, de la naturaleza la que ha dado forma a la cultura. De ahí que la dimensión sacrificial prevalezca sobre la hierogámica, no sólo en sentido figurado como proyecciones de la MHS en la zoé natural, sino también como la mecánica propia de la MHS. Si el ser humano constituye comunidades es, antes que nada, porque la vida cultural le resulta más amable, más confortable, más segura, que la vida puramente natural, porque la cultura amortigua la violencia y la amenaza de la naturaleza, a pesar de que le prive de algunos de los placeres que la naturaleza le proporcionaba. En otras palabras, creemos que el factor determinante para que el ser humano constituye comunidades es evitar la violencia y la amenaza de la naturaleza, y esto a pesar de que se vean comprometidos sus goces y estos tengan que ser sustituidos por deseos a los que debe renunciar. En este sentido decimos que la dimensión sacrificial prevalece en la relación de la MHS con la zoé natural, que es la que se tomará como base para el funcionamiento interno de la máquina.

De lo que se trata en definitiva es de comprender la vinculación vital de los distintos planos de la realidad, que como veremos solo pueden diferenciarse en el ámbito profano, pero se conjugan en el ámbito sagrado, en la medida en que estas conjunciones son las que hacen posibles las transferencias libidinoso-agresivas que fluyen a través de ellas y dan cohesión a todo. Esta vinculación vital es en definitiva la transferencia de este principio vital entre unos órdenes de la realidad y otros, entre humanos, animales, vegetales, minerales, astros, objetos o mercancías. Este principio vital no hay que entenderlo simplemente como vida por oposición a muerte, sino como, una vez más, exceso natural, tanto de dar vida como de quitarla, de crear como de destruir. De ahí, también, que hablemos de exceso, porque en este principio vital hay que entenderlo como algo dinámico, como el poder de transformar vida, de transferir vida, de arrebatar vida y crear vida. Veremos que esta es la bipolaridad que conforman la hierogamia y el sacrificio, como procesos que, respectivamente, crean vida o la destruyen. [6]

Fragmento de la obra La máquina hierogámico-sacrificial, de próxima publicación.

1 El arte de gozar, en La Mettrie: 147.
2 84-88, 134-136; cf. Foucault 1966: 227-228.
3 J. P. Eckermann, citado en Spengler: I- 106. Por cierto que, tras esta cita, Spengler señala: "En estas palabras se encierra toda mi filosofía".
4 1972: 208.
5 1887: 42-43.
6 Cf. Robertson Smith: 107.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/