2016-07-06

Entre la promiscuidad y la castidad


"Se comprende que estas dos formas opuestas de vida moral, la orgía y la renunciación, tengan ambas un significado religioso: buscan glorificar a Dios, reproduciendo una la exuberancia de su fuerza creadora... y sacrificándole la otra a Él todo aquello que no sea Él, siguiendo el movimiento con el que se repliega sobre sí mismo hacia la fuente de su energía." [1]
Hemos tratado de mostrar que el mecanismo hierogámico-sacrificial persigue conjurar un exceso natural que se resiste a ser conjurado. Esto lo realiza la cultura mimetizando a la naturaleza de la misma manera, es decir, produciendo un exceso cultural, que de esta forma es naturalizado, que hace las veces de naturaleza. Hasta que una crisis natural más relevante desvela esta estratagema cultural. Pues bien, esto sucede tanto en el sentido sacrificial como en el hierogámico, es decir, como violencia o como goce. El sacrificio y la hierogamia no son más que estas producciones excesivas culturales, que mimetizan la violencia y el goce excesivos naturales. Pero también hemos mostrado que estas violencias y goces excesivos son solo uno de los modos en los que opera la MHS, siendo el otro modo el de la amenaza y el deseo correspondientes. En otras palabras, desde que surge el ser humano hay una suerte de disociación constitutiva entre dos formas de goce y de violencia, entre el goce y la violencia permitidos culturalmente, por un lado, y el goce y la violencia excesivos, prohibidos por la cultura, que en todo caso son permitidos e incluso obligatorios en el marco excepcional del ritual.

Aunque como hemos visto no se pueden desvincular por completo el polo hierogámico y el sacrificial, en el ámbito del primero de ellos, esta disociación se pone de manifiesto en la dicotomía existente entre las alianzas matrimoniales y toda una serie de fenómenos rituales que van de la hierogamia propiamente dicha a la orgía sagrada, pasando por diversas formas de prostitución religiosa. Entre unas y otras formas la diferencia es un distinto grado de ritualización, un distinto grado de participación de la comunidad, diversas formas de representación social, etc. En otras palabras, algunas de estas formas son más espontáneas, menos formales, en ellas tiende a participar toda la comunidad, mientras que otras son más ritualizadas, las conjunciones son de un orden más simbólico, tienden a darse figuras intermedias que representan y con los que se identifica la comunidad, que tiende a participar como espectadora. Como hemos intentado mostrar, el mecanismo hierogámico, como sucede con el sacrificial, abarca todas estas posibilidades, que superan con mucho las nociones de hierogamia y de sacrificio convencionales. Esta es, creemos, la limitación de muchos estudiosos. El no haber comprendido la continuidad estructural que existe entre todas estas manifestaciones religiosas. No sólo entre el sacrificio y la hierogamia, sino también entre las diversas constelaciones que se dan entre uno y otro, entre el modo crisis y el modo orden, entre las modalidades más formales y las más espontáneas. [2] Un ejemplo de esto son las danzas y bailes rituales, que oscilan entre el polo de la amenaza y el del deseo, pero en última instancia remiten todos a la fusión hieorogámico-sacrificial entre el goce y la violencia. [3] También hay que inscribir en estos rituales excesivos todas las cosmogonías que nos hablan del caos primordial, de la confusión de los elementos, de la noche cósmica, etc. Todas estas elaboraciones no son más que formas sublimadas de rituales reales en los que la violencia y el goce tenían una presencia real, a menudo combinada, y que son las versiones en bruto de la hierogamia-sacrificio. [4]

Todo lo que estamos viendo tiene una dimensión económica muy marcada. La castidad se relaciona con el modo orden, con el trabajo, el esfuerzo, la disciplina, el ahorro. La promiscuidad se relaciona con el modo crisis, con la fiesta, la laxitud, el esparcimiento, el derroche. Lo que es importante entender es que ambas dimensiones son dos caras de la misma moneda, que cualquiera de ellas no tiene sentido sin su complemento. Esta es también la lógica de la armonía de los opuestos, que remite a esta alternancia entre la crisis y el orden, a la complementariedad y la asimetría de una serie de nociones aparentemente opuestas tales como bíos y zoé, mortalidad e inmortalidad, cuerpo y alma/espíritu, etc. La mayoría de las culturas han entendido estas alternancias, las han utilizado como mecanismo de expurgación del excedente libidinoso-agresivo que se resiste a la culturización, como una forma de purificación social, en suma, como catarsis.

A medida que las religiones se han ido institucionalizando han ido perdiendo esta dimensión catártica para el conjunto de los fieles, al mismo tiempo que estos rituales se han conservado en secreto en las cúpulas. Así, particularmente en el marco de las instituciones religiosas célibes, y a fuerza de reprimir una de estas dimensiones de lo sagrado, se ha invertido por completo la mecánica de alternancia ritual de las primeras religiones. De manera que, en lugar de contribuir a la purificación social, como hacían las versiones paganas, las grandes religiones de masas son mecanismos de represión y de contagio de las perversiones de las élites, que conducen a prácticas cada vez más alejadas de las tendencias naturales, desde la pederastia o el abuso sexual a la homosexualidad.

Las instituciones del eunucato, el celibato y la virginidad, como hemos ido viendo, no pueden entenderse al margen del mecanismo HS y la alternancia que le es constitutiva. De la misma manera que, como veremos, el monarca es originalmente una víctima sacrificial cuya ejecución es diferida, el celibato religioso se puede interpretar como una hierogamia con la divinidad que espera a la muerte para consumarse, así como un sacrificio de la sexualidad física que remite en última instancia a la castración religiosa. [5] Como ha mostrado Robert Graves las Vestales romanas, antes de transformarse en vírgenes en el sentido actual del término, eran vírgenes en el sentido original. Es decir, protagonistas de rituales hierogámico-sacrificiales, sea en su forma más ritualizada o en forma de rituales orgiásticos más desinhibidos. [6] En efecto, en estas orgías rituales participaban seis Vírgenes Vestales y seis varones, y de estas uniones nacían hijos de virgen, es decir hijos divinos de los que no se conocía el padre, porque de hecho se creía eran encarnaciones del dios. Vemos en este ejemplo cómo el fenómeno del desconocimiento de la paternidad en las culturas matriarcales tiende a desaparecer pero pervive en el ámbito de lo sagrado, en forma de transgresión ritualizada. Vemos también cómo estos rituales son formas intermedias entre sacrificios-hierogamias más primitivos, en los que dos jóvenes copulaban poco antes de ser sacrificados, y formas más evolucionadas y disociadas, como son la encarnación de la Virgen cristiana y el sacrificio de Cristo.

Los rituales dionisíacos, antes de que sean más formalizados en la Grecia clásica, ponen de manifiesto la fusión de lo erótico y lo agresivo. Las congregaciones femeninas de ménades entraban en éxtasis a través de la danza y de la ingestión de sustancias estupefacientes y celebraban rituales orgiásticos y sacrificiales en los que desmembraban e ingerían la carne cruda de amantes o de sus propios hijos. Así, hay que ver en muchos de estos rituales promiscuos formas derivadas de sacrificios. Hoy nos puede parecer salvaje que en determinadas culturas las doncellas estuviesen obligadas a prostituirse ritualmente antes del matrimonio. [7] Pero hay que entender que la tendencia general es la de la sustitución de rituales más violentos por otros que los son menos. Es decir, que la obligación de la prostitución ritual vendría a sustituir rituales anteriores en los que lo obligado era entregar doncellas como víctimas para el sacrificio.

La misma ambivalencia que caracteriza a las víctimas sacrificiales es la que atraviesa la figura de la virgen y la transformación del sentido de este término. [8] Pero lo mismo sucede con el papel de la prostitución, generalmente femenina en el orden patriarcal. Así, esta valoración oscila entre la adoración y la denigración. En ciertas épocas las prostitutas sagradas son encumbradas como sacerdotisas del amor o como cortesanas de lujo, y en otras despreciadas como brujas o putas baratas. Las sacerdotisas de Venus lo mismo pueden ser veneradas que venéreas. [9] Otra de las afinidades de las esclavas sexuales con las víctimas sacrificiales es que a menudo eran reclutadas en campañas bélicas. Y casi siempre debían distinguirse marcadamente de las mujeres normales, vestirse con los signos de su actividad, de manera que se evitase toda confusión entre ambas dimensiones de lo erótico. [10]



Encontramos los dos extremos de esta oscilación en la Gran Diosa asiático-mediterránea, personificada, entre otras, en Astarté, Isis o Afrodita, caracterizada por la promiscuidad sexual, los rituales orgiásticos, la prostitución sagrada. [11] Pero que también da origen a la Virgen cristiana, figura en la que la promiscuidad se transforma en castidad. Denis de Rougemont ha mostrado cómo el siglo XII vio la emergencia de una suerte de "revolución psíquica", con nuevos cultos heréticos como el de los cátaros, que ponían en cuestión el matrimonio cristiano. Según Rougemont el culto oficial a la Virgen cristiana fue una estrategia de recuperación de tendencias populares que se inclinaban hacia el polo promiscuo más de lo que las autoridades podían controlar. Las órdenes monásticas que surgieron entonces tomaron como modelo para esta recuperación a las órdenes de caballería, que a su vez remiten a la vieja mecánica ritual de canalización de energías libidinoso-agresivas de los cazadores o guerreros primitivos, a través de bíoi sagrados femeninos. Es el caso de los "caballeros de María". [12] Pero lo importante es comprender que se trata siempre de la misma MHS, del mismo bíos sagrado femenino, sea subrayando el polo promiscuo o el casto. O dicho con pocas palabras, en última instancia Isis y la Virgen María son dos caras de la misma moneda.

Encontramos todo tipo de variedades de prácticas rituales promiscuas que podemos emparentar con la hierogamia-sacrificio. En algunos casos los amigos o parientes del novio debían transgredir precisamente la monogamia que el mismo ritual matrimonial instituía. [13] Un caso simétrico es el de la "hermana-amante" de los yakut, que los hermanos desfloran antes de entregarla a un matrimonio exógamo. [14] O bien alguna figura religiosa o política ejercía el "derecho de pernada" (ius prima noctis, 'derecho de la primera noche') con la desposada. En este caso es más evidente que esta práctica se deriva de la boda sagrada con el rey, que esta figura legal es una derivación y una mitigación de una costumbre ancestral de entrega sacrificial. En todo caso, como ha mostrado Ernest Crawley, la práctica del desfloramiento o la ruptura artificial del himen es muy habitual entre las culturas primitivas. [15] Así como la práctica del intercambio excepcional de mujeres, en el contexto de celebraciones rituales o de ceremonias de reconciliación, pacificación, alianza, enfermedad, o cualquier otra forma de crisis, etc. [16] Lo que de alguna forma confirma nuestra tesis de que hay que situar la hierogamia en el centro del resto de las prácticas eróticas, que la tomarían como referencia. El desfloramiento vendría a reproducir de una forma mitigada la violencia sagrada HS, con el objetivo de evitar que esta violencia se diese en el ámbito profano. Otra vez la distinción entre un exceso de goce o de violencia excepcional y permitido, y un exceso prohibido. La constante es la ostentación de este monopolio por parte del poder, en la constelación que sea, monopolio de la violencia, pero también monopolio del goce.

Estas distintas formas de desfloramiento ritual son asimilables al consumo de las primicias. Tanto en el polo sexual como en el alimenticio pretenden conjurar la amenaza que supone romper el tabú. La sangre es a menudo símbolo de estas vinculaciones. En el caso de la sangre de los desvirgamientos, esta es un signo evidente de la íntima vinculación entre goce y violencia. [17] Con todo esto se asociaba la menstruación en las culturas primitivas. [18] Otra vez vemos una suerte de reflejo entre la castración masculina y la menstruación o el desfloramiento femeninos, que como hemos intentado mostrar, deben ser interpretados como vestigios de prácticas HS. El mito de la vagina dentata da prueba de esta vinculación. [19] Lo que, como veremos, tiene implicaciones muy importantes en el ámbito económico, con los cauries como forma de dinero primitivo muy habitual en numerosos pueblos. La sangre, sea provocada ritualmente o surgida naturalmente, es interpretada en todo caso como un signo de la amenaza que refuerza las prohibiciones sexuales. Todos estas modalidades, masculinas y femeninas, todas estas prácticas aparentemente heterogéneas, tienen sentido, como venimos diciendo, en el contexto de iniciaciones, y por lo tanto se vinculan simbólicamente, es decir son formas sustitutorias de hierogamias-sacrificios. Las castraciones, circuncisiones, ablaciones, infibulaciones, etc., se asemejan a los desfloramientos y a las menstruaciones por que en todas estas prácticas aparece el signo de la sangre. La cuestión, una vez más, no es saber que viene antes. Encontraríamos que en unas culturas viene antes la aparición "natural" de la sangre femenina en los primeros coitos o en la menstruación y en otras esta sangre es provocada ritualmente. Lo importante es que en última instancia ambos polos se conjugan en un mismo mecanismo HS y lo hacen a través de símbolos comunes, entre los que la sangre ocupa el papel central. En otras palabras, la sangre significa peligro, significa prohibición, significa respeto al tabú, significa que se está frente a algo que es por definición social y sagrado, algo que no se puede hacer a la ligera, algo que tiene consecuencias.

Lo mismo podríamos decir de los nacimientos. Si estos no son ya de por sí milagrosos, la sangre y la violencia que los acompañan son de nuevo símbolos de que estos pertenecen al ámbito de lo sagrado, signos comunes a otros de fenómenos que forman parte de la constelación hierogámico-sacrificial. La coincidencia de las menstruaciones femeninas con los ciclos lunares no sería más que otro signo de la vinculación de los distintos planos de la realidad para la que el pensamiento mítico siempre ha sido más apto que el científico. Seguimos en el marco del misterio de la fertilidad femenina, que como hemos visto está en la raíz más profunda de la cultura humana, por más que las culturas patriarcales como la que hoy domina lo hayan querido marginar. El nacimiento supone una crisis de la misma envergadura, casi simétrica con respecto a la que provoca la muerte. De ahí que nacimiento y muerte se asocien, se sobredeterminen, se reflejen. Parecidos tabúes se aplican a menudo a los signos de la fertilidad y a los de la muerte, a las menstruantes y a los guerreros. En el parto, así como durante ciertos períodos que lo preceden y lo suceden, las parturientas son rodeadas de todas las precauciones de lo sagrado. [20] Todas estas prácticas deben ser interpretadas como iniciaciones, y las iniciaciones, como veremos, no son otra cosa que sustituciones hierogámico-sacrificiales. Los adolescentes mueren para renacer como adultos [21] en el marco de estos rituales, en los que no falta la sangre, sea el resultado de castraciones, circuncisiones, menstruaciones, partos, etc... así como diversas formas de escarificaciones, perforaciones o tatuajes.

Fragmento de la obra Sacrificios y hierogamias: La violencia y el goce en el escenario del poder, de próxima publicación.

1 H. Delacroix, Essai sur le mysticisme spéculatif en Allemagne au XIV siècle, citado en Evola 1958: 278.
2 Cf. Frazer 1890: 378.
3 Cf. Eliade 1954: 211-212; cf. Martín-Cano 2012: 117. 
4 Cf. Eliade 1954: 215-216.
5 Cf. "En una profesión", en Jesús: 78.
6 1948: 471; cf. Martín-Cano 2012: 47-48, 168.
7 Cf. Robertson Smith: 59.
8 Cf. Campbell 1949: 272.
9 Martín-Cano 2012: 236.
10 Ibíd.: 225-226.
11 Cf. Qualls-Corbett: 12.
12 114-116.
13 Burkert 1972: 110.
14 Cf. Lévi-Strauss 1948: 369.
15 162.
16 Crawley: 237.
17 Cf. Caillois: 35; Campbell 1959: 133.
18 Cf. Levítico: 12.1-4, 15.19-33; Eliade 1955: 242-243; Durand: 112-113.
19 Campbell 1959: 133.
20 Frazer 1890: 138-139.
21 Martín-Cano 2013: 135 y ss, 222.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/