2016-08-06

¿Por qué las mujeres se miran en los reflejos de los escaparates?



Cualquiera que sea mínimamente observador se habrá dado cuenta de que las mujeres, sobre todo cuando caminan solas por las ciudades, buscan a menudo espejos o escaparates en los que mirarse. Especialmente cuando se cruzan con hombres que las miran. Entonces esquivan su mirada y en su lugar la dirigen a sus reflejos, fugaces, en las superficies de los vidrios, que parecen acompañarlas, caminar a su vera.

En principio se podría pensar que las mujeres hacen esto porque son narcisistas. Pero esta sería una afirmación demasiado precipitada, teniendo en cuenta que las mujeres son solo una parte de la sociedad. Además sabemos que la sociedad contemporánea es narcisista en su conjunto. De manera que lo que habría que intentar comprender es este fenómeno, aunque sea predominantemente femenino, en el contexto de la sociedad en su conjunto. El caso es que creemos que este fenómeno de las mujeres que se miran en los escaparates de las calles encierra algunas claves para entender nuestra sociedad hollycapitalista.

Quizás la clave para comprender lo que está en juego aquí es admitir antes que nada que el individuo es un mito. Este es uno de los mitos fundamentales de la religión hollycapitalista. Que evidentemente no ha surgido de un día, pero que está ya en un proceso de consolidación muy avanzado, hasta el punto de que en muchos contextos, como en las grandes ciudades metrópolis occidentales, vivir solo es normal.

Lo importante es no perder de vista que este fenómeno es muy real y a su vez se sostiene en el mito de la individualidad. Es decir, en la creencia en que somos, por encima de todo, individuos. Pero la realidad es que somos siempre individuos y al mismo tiempo algo más: clanes, tribus, familias, razas, comunidades, naciones... o simplemente masa. Aunque creamos que somos individuos, que tenemos libertad para actuar, como por ejemplo pasear por la ciudad en solitario, lo cierto es que siempre vamos acompañados de una manera u otra por nuestras tribus, por nuestros fantasmas, por nuestros espectros, por nuestros pensamientos, por nuestras manías, por nuestras obsesiones, por nuestras sombras. Siempre caminamos como mínimo acompañados por nuestras sombras. Y nuestros reflejos en los espejos, en los escaparates o en las fachadas metálicas de la ciudad no son más que sombras; más luminosas, más fugaces, más alegres, pero sombras al fin y al cabo, espectros que nos acompañan.

La diferencia es que los hombres que caminan solos por la calle tienen una tendencia natural a ampliar su círculo tribal, en particular con miembros femeninos. Mientras que las mujeres tienden a consolidar el que ya conforman, del que ya forman parte. Los hombres tienen una tendencia natural al rapto, al saqueo, a la conquista, a la guerra. Las mujeres a conservar y a proteger lo que ya poseen, a hacer posible que crezca de manera orgánica. Siempre en términos generales, los hombres son extrovertidos y las mujeres introvertidas.

El hombre es más nómada, más viajero, más comerciante, más capitalista; la mujer es más sedentaria, más casera, más comunitaria, más comunista. Esto nos llevaría a comprender que hay una vinculación muy profunda entre esta dimensión sexual y la económico-productiva, que hay una tendencia a lo matriarcal en las culturas más sedentarias, más apegadas al territorio y a la nación, de la misma manera que una tendencia a lo patriarcal en la culturas más nómadas, más viajeras, más conquistadoras, más comerciantes. Siguiendo esta línea llegaríamos hasta el día de hoy para comprender que el conflicto más importante que hoy padecemos, que es el que libran los globalistas judeocristianos, pero sobre todo judeoprotestantes, contra las naciones en general, es también en buena medida el de un modelo predominatemente patriarcal contra otro predominantemente matriarcal. Todo esto nos llevaría comprender que no es una coincidencia que sea sobre todo la ideología y la moral judeoprotestante, la del dios terrible del Antiguo Testamento, la que sostiene el proyecto globalista, que sigue siendo en esencia rigurosamente patriarcal. Pero esto nos alejaría de nuestro tema.



Volvamos a las mujeres caminando solas en la ciudades contemporáneas. Si algo caracteriza al régimen hollycapitalista es que en él el sistema nos convierte cada vez más en individuos atomizados, es que en él los grupos son cada vez menos grupos orgánicos y cada vez más sus estructuras sustitutorias. En este contexto cada vez más artificial e inhumano, cada vez más distópico, pero rigurosamente calculado e intencionado por el verdadero poder en la sombra, el hombre que camina solo por la ciudad tiende a mirar a mujeres que caminan solas, y las mujeres por su parte tienden, no solo a esquivar su mirada, sino a buscar una mirada cómplice de su mismo sexo. Y entonces lo que más a mano encuentran es su propio reflejo en las fachadas de metal y en las cristaleras de las tiendas.

Pero creemos que la clave está en que lo que impulsa a las mujeres, hablando siempre en términos generales, a mirar su reflejo, no es tanto el mirarse a sí mismas, como más bien el buscar miradas cómplices, encontrar alianzas, ampliar o reforzar el círculo grupal, en particular con otras mujeres en situaciones parecidas. Así, cuanto menos fiel sea el reflejo, cuanto más fugaz, cuanto más evasivo, cuanto más transformador, más eficaz resulta el ritual.

Considerando todo lo que hemos dicho, teniendo en cuenta la creencia generalizada en el mito del individuo, todo nos lleva a pensar que lo que las mujeres están verdaderamente haciendo no es simplemente mirarse en los reflejos, sino algo mucho más trascendente. Nos da la impresión de que lo que verdaderamente están haciendo es invocar espectros. Espectros hollycapitalistas, naturalmente.

La mujer es mucho más sensible que el hombre para percibir las verdaderas jerarquías que conforman la sociedad: el prestigio, el valor, la riqueza, la clase, la casta, la belleza, el instinto de supervivencia. Lo que las mujeres esperan que los cristales de los escaparates y las superficies metálicas les devuelvan, lo sepan o no, no es simplemente su reflejo sino algo mucho más profundo: el espíritu de la Gran Diosa. Al andar por la calle acompañadas de estos espectros luminosos se está produciendo un ritual muy singular, al tiempo de sacrificio y de encarnación, de disyunción y de conjunció. Las mujeres le están rindiendo tributo a esta figura, tanto en su arquetípo afrodítico como demétrico. Estan adorando a la virgen o a la prostituta sagrada, sin duda una de las divinidades centrales de la religión hollycapitalista neopagana que hoy se impone.

No es una casualidad que estos reflejos se mezclen con los objetos reales que se exponen en los escaparates, con los maniquíes, con la ropa y los complementos de moda, con los carteles publicitarios. Porque estos son también encarnación de la Gran Diosa, o mejor de las numerosas versiones de la Gran Diosa que integran el panteón politeísta hollycapitalista.

La mujer desempeña un papel fundamental en esta nueva religión, en este nuevo encantamiento del mundo, en esta nueva forma de paganismo en la que la distinción entre lo profano y lo sagrado tiende a difuminarse. Una nueva religión en la que los lazos sociales tradiciones se debilitan cada vez más a la vez que se instauran nuevas estructuras sociales en las que los individuos son cada vez más frágiles y están más expuestos a las estrategias de control y de dominación.

Este es el secreto que se esconde en los escaparates de la ciudad, que sirven a un difuso ritual que no solo se resiste a desaparecer, sino que de hecho se refuerza cada vez más, haciendo de todo el espectro social, un lugar encantado. Pero entendiendo por sociedad la sociedad de las mercancías, esto es, aquellos lugares en los que se expone la mercancía, en los que circula el capital.

Pedro Bustamante es investigador independiente, arquitecto y artista. Su obra El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses ha sido publicada recientemente en Ediciones Libertarias. http://deliriousheterotopias.blogspot.com/