2017-01-07

Neuro-piratas: Reflexiones sobre la ingeniería social de Lucien Cerise (2)



Disolución y coagulación

Otro tema interesante en la obra de Cerise es su utilización de los términos alquímicos "disolución" (solve) y "coagulación" (coagula). Similares a las nociones de "sociedad líquida" y "sociedad sólida" de Zygmunt Bauman. Ya hemos introducido este tema al hablar de desestructuraciones y reestructuraciones sociales.

El sociólogo francés identifica la "disolución" con la "ingeniería social negativa" y la "coagulación" con la "ingeniería social positiva". La primera es la que utiliza el poder para "disolver" las estructuras sociales que se le oponen. La segunda la que propone como acción emancipadora, resistente, de protección y recuperación de soberanía (pp. 103-104, 210, 237, 328).

Pero el asunto es algo más complejo. Porque el poder, de hecho, utiliza alternativamente ambas tendencias. Esta es la clave para entender cómo recupera muchos movimientos que aparentemente se lo oponen. Esta está implícito en la obra de Cerise, siguiendo, entre otros, a Pierre Hillard. Así, reconoce que diversos regionalismos, soberanismos, independentismos, separatismos, etc., están antes que nada inscritos en una relación real de fuerzas con el poder imperial. Esta relación real de fuerzas es la que nos dice hasta qué punto actúan a favor o en contra de la agenda globalista, hasta qué punto son movimientos de recuperación, de oposición controlada (pp. 121-122). Cerise trata siempre de remitirse a los hechos, a las relaciones de fuerzas reales, más allá de las declaraciones o de las ideologías, y en esto vuelve a mostrar su lucidez.


Collage del autor.

De manera que no es tan sencillo decir que el poder "disuelve" las sociedades y para resistirlo debemos "coagularlas". En determinadas circunstancias el poder también "coagula", y esta "coagulación" explica su extraordinario poder para recuperar movimientos populares. Porque lo que en última instancia está implícito aquí es una mecánica de creación a partir de la destrucción.

La cuestión no es tanto "poner la otra mejilla", como propone el pacifismo naíf cristiano, que en realidad es una ideología creada por el imperio romano para amansar a las masas, para legitimar su monopolio de la violencia. Una verdadera e inteligente resistencia popular supone reconocer que, en determinadas circunstancias, es necesario recurrir a la violencia, pero solo si esto es imprescindible. O en otras palabras, no dejarse provocar por el poderoso, en la medida en que este puede benerficiarse de esta confrontación, sobre todo si puede escenificar ante la opinión pública que se trata, en su caso, de una defensa frente a un ataque ajeno.

"Disolución" y "coagulación" están, insistimos, en función de una mecánica de destrucción y creación mucho más elemental. Pero también mucho más mágica, propiciatoria y simbólica de lo que nos dice Cerise. Esta mecánica es la que conocen bien los magos negros que nos gobiernan en la sombra, la que siempre han practicado las religiones de misterios, las logias. Tanto la disolución como la coagulación, llevadas la extremo, implican una dimensión destructiva. La disolución tiende a destruir al individuo, como ponen de manifiesto las numerosas perversiones, anomalías, patologías que padece el ciudadano medio de las metrópolis contemporáneas. Pero también la coagulación, llevada al extremo, enfrentada a otra coagulación, lleva al conflicto ente comunidades, entre razas, entre religiones, a la guerra civil. El poder juega con estas dos tendencias, alternativa o incluso simultáneamente, en función de las circunstancias. Siempre teniendo en cuenta que la destrucción es el verdadero motor del sistema, el elemento verdaderamente activo. Destrucción necesaria para la regeneración. Esto es lo que saben los iniciados. Esto es lo que se aprende en las logias, lo que no se enseña en las universidades.

Cerise apunta a todo esto, pero no lo llega a desarrollar suficientemente. No comprende por completo la reciprocidad de las fases de coagulación y de disolución, a los distintos niveles. Es un autor muy lúcido, un todoterreno, que sabe poner las teorías al servicio de la realidad y el compromiso con su tiempo. Y sin embargo su pensamiento es demasiado lineal para comprender a fondo las ambivalencias del poder-religión, que no se puede entender en todo su alcance al margen de esta mecánica mistérica, religiosa. Lo que nosotros denominamos el mecanismo hierogámico-sacrificial.

El nazismo, apoyado por los grandes capitales atlantistas-sionistas, la Segunda Guerra Mundial, el Hollycausto, nos ofrecen un ejemplo privilegiado de cómo operan estos vórtices de coagulación y destrucción, que propician a su vez las creaciones de nuevos órdenes. Vórtice coagulador y destructor del nacionalsocialismo aleman, del Hollycausto, por un lado, y vórtice disolvente y creador de Israel y del sionismo global. Y esto a todos los niveles, al material y al energético, esto es, también al nivel simbólico, al de la producción de narrativas, de sentidos, de valores. Y así podríamos llegar hasta la vinculación del sionismo y del pinkwashing, como Cerise ha mostrado. Pero toda esta tendencia disolvente, que hoy declina, no estaría ahí sin la tendencia coagulante del nazismo alemán, catalizado por el imperio anglo-americano-sionista.

El sociólogo francés ha comprendido, como no podía ser de otra manera, que una de estas estrategias de largo alcance para la "disolución" de las culturas occidentales es la inmigración musulmana, en buena medida porque supone la
"multiplicación al infinito de los códigos de comunicación y los lenguajes, de manera a complejizar la situación más allá de lo controlable, lo que hará que aumente automáticamente la tasa de incomunicación, y por lo tanto de violencia y de entropía" (p. 111).
Esta es una de las claves para comprender por qué el sistema hoy no necesita censurar todo el repertorio de posiciones, movimientos, iniciativas, que se le oponen, siempre que no superen un cierto alcance. Todo lo que contribuya a la "disolución" beneficia al poder de hoy. Incluso aunque lo crítique o lo exponga con crudeza. Los más radicales, los más conspiranoicos le son tan útiles al poder como los medios de masas, siempre que la proporción entre unos y otros sea la adecuada. Siempre que las masas críticas sean suficientes. (Es también la lógica capitalista. El monopolio, el cartel, se ejercen de facto en el momento en que se domina una masa crítica de las acciones, del mercado.) Proporción que puede ser en todo momento controlada mediante operaciones psicológicas. El contenido no es lo prioritario, siempre que esté inscrito en la estructura o la tecnología del poder, que es la que le permite controlar el efecto que dichos contenidos tienen en las masas críticas. "El medio es el mensaje."

Generar en la sociedad desorden, entropía, sobreabundancia de códigos, de identificaciones, es por lo tanto una de las estrategias fundamentales para debilitarla, para despolitizarla (p. 191). Despolitizar con respecto a lo que más se opone al poder, para repolitizar según toda otra serie de cuestiones que, aunque parecen resistir al poder, en realidad lo apoyan. En este sentido funcionan el greenwashing y el pinkwashing, e incluso todas las revoluciones de color (pp. 345, 374). Se despolitiza la economía, la geopolítica, la soberanía, la guerra; y se repolitiza el género, el aborto, el ecologismo, el animalismo.

De nuevo, todo lo que tiene que ver con la liberación sexual debe ser interpretado en este sentido. Como una operación de disidencia controlada de muy largo alcance, que padecemos desde los años 60, que nos lleva una sociedad transhumana de ganado cibernético. Liberación que es también disolución, normalización de la transgresión.

Frente a esto, Cerise nos aconseja: "[h]ay que tener niños, el máximo de niños” (p. 174). O, frente a la homofobia, "heterofilia". O contra la falsa horizontalidad, que en realidad es una estrategia de recuperación por las estructuras jerárquicas verticales, estructuras alternativas, pero también complejas, articuladas, jerárquicas, intelectuales (pp. 175, 328-329).


La triangulación y escenificación de las divisiones sociales

Otro de los análisis muy lúcidos de Cerise es que esta ingeniería social negativa se basa en la utilización de estructuras triangulares. Se refiere al "triángulo de Karpman", que pone en escena un verdugo y una víctima (pp. 30 y ss, 43). Pero para nosotros esta estructura es algo más compleja, porque además de una tercera figura oculta, que es el poderoso que orquesta el espectáculo, tiende a haber una cuarta figura, que es el público asistente a dicho espectáculo, a dicha escenificación.

En todo caso, de lo que se trata es de escenificar la debilidad de la víctima, su inferioridad, su situación de minoría (pp. 371-372). De esta manera se busca la identificación, o en todo caso la compasión del espectador. Pero también la culpabilización de este último, como mayoría relativamente privilegiada y protegida. Se trata así de generar un consenso social, aparentemente humanitario, protector, solidario, políticamente correcto.

Pero en realidad se trata de una estructura perversa, magnificada y falseada por los medios de masas, controlados por las élites que orquestan la operación desde detrás de bambalinas. Cualquier posición que se oponga a la mayoría de manipulados se convierte automáticamente en "extremista", "radical", "racista", "machista", "misógina", "conspiranoico", etc. Siempre con comillas porque estos mantras operan en el marco de una escenificación orquestada por el poder, que en definitiva es lo que les da su poder casi hipnótico. De nuevo esto nos llevaría, en última instancia, a los proyectos de control mental mediante trauma. A comprender que este control mental "blando", de masas, es la otra cara de la moneda del control de masas "duro" que sufren los MK Ultra o Monarch. Aquí es, otra vez, a donde Cerise no llega.

La dictadura de lo políticamente correcto y de la superficialidad opera en esta estructura triangular o triangulada. Pero también en esta estructura de control mental de masas a dos niveles, "duro" y "blando". De esta manera es como se lleva progresivamente a toda a una sociedad a renunciar a sus principios y valores "normales" para adoptar los de las minorías, en ocasiones tremendamente artificiales, pervertidos (pp. 346-347). Finalmente tremendamente antinaturales, lo que nos lleva a la transhumanización. Y esto sí lo explica Cerise con lucidez.

Primero tuvimos que aceptar el matrimonio homosexual. ¡Hoy toca respetar la elección de género de los niños! En las próximas décadas veremos la normalización de la pederastia y el incesto. De la misma manera, nos dice Cerise, en un futuro próximo habrá que respetar las diferencias de los robots, o la de los seres híbridos o transhumanos. Y así lo normal, la norma, irá siendo aniquilada progresivamente (p. 301).


Kerostasia, en A. S. Murray, A history of Greek sculpture, 1890, p. 28, a partir de lecito de Capua, ca. 490-480 a. C. (Antigua Grecia).

En esta estructura triangular siempre están implícitos un verdugo y una víctima. En la estructura política clásica, la de conservadores y progresistas, estamos ante la misma mecánica, aunque en este caso se tienda, en contextos estables, al equilibrio y la alternancia de ambos actores (p. 90). Pero insistimos en que, en la medida en que la situación se haga crítica, estos pasarán a desempeñar los roles de verdugo y víctima.

Cerise se inspira para estas ideas, entre otros, en René Girard y su "rivalidad mimética" (pp. 80-81). Pero ni Girard ni Cerise llegan a comprender que lo que está en juego es una mecánica, no solo sacrificial, sino hierogámico-sacrificial. No llegan a mostrarnos que uno de los fenómenos centrales en el sacrificio, sea de una minoría social, sea de materia y energía en general, es la destrucción. Y que esta, lo repetimos, está en función de una hierogamia, de una creación, de una regeneración.

El sociólogo nos muestra la importancia del trauma fundador (pp. 85-86, 211), y cómo este sigue estando en el trasfondo de las operaciones psicológicas y los ataques de bandera falsa. También cómo el poder utiliza hoy la "estrategia del shock" o el "management del terror" (pp. 164, 336). Pero, como decimos, no llega a vincular todo esto con la dimensión destructiva, en el sentido más amplio del término: destrucción de materia, de energía, de vida, de valores, de símbolos. Destrucción disolvente o coagulante.

Pone el dedo en la llaga, pero no llega a introducirlo. No llega a comprender que estamos ante una mecánica hierogámico-sacrificial, en la que el motor del sistema es siempre la destrucción sacrificial, y que esta destrucción sacrificial está en función de una regeneración, de una reconstitución, de una hierogamia a otro nivel. Esto le habría permitido también comprender que la distinción entre disolución y coagulación no es tan lineal como él la plantea, y que ambas están también implícitas en esta mecánica de disyunciones y conjunciones que opera en toda transformación del sistema.

Esta estructura triangular —o mejor, estructuración triangular, porque lo hace el poder es producir esta polarización, esta triangulación— la utiliza también Cerise a nivel geopolítico. Afirma que la Segunda Guerra Mundial fue un
"gigantesco conflicto mundial triangulado por actores financieros, que apoyaban a los dos bandos enfrentados para hacer avanzar su programa de hegemonía mundial al precio del caos en Europa" (p. 297).
Esta vinculación entre distintas escalas, entre distintas disciplinas, en este caso entre la geopolítica y la ingeniería social, es una de las virtudes del trabajo de Cerise. El modus operandi es siempre comprender una determinada mecánica, que permite entender diversos fenómenos aparentemente heterogéneos:
"Los separatismos pueden por lo tanto ser regionalistas, étnicos, culturales, pero también sexuales (entre hombres y mujeres) y familiares, enfrentando a los hijos contra los padres, que es el trabajo que se lleva a cabo desde la emergencia de la contracultura «juvenil» de los años sesenta hasta el día de hoy" (p. 322).
Insistimos, lo importante no es el "quién" sino el "cómo", lo importante no es el contenido sino la estructura, la forma, el símbolo. De lo que se trata es de desestructurar y reestructurar, y para esto se puede recurrir a unos u otros contenidos, en función de los contextos: cristianos y musulmanes, sunitas y chiitas, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, machistas y metrosexuales, etc. Siempre para desviar la atención de la distinción fundamental: élites de iniciados, amorales, pervertidos, criminales, sociópatas, por un lado, y pueblos morales, trabajadores, sanos, por otro.

También ha comprendido Cerise que esta "rivalidad mimética" está en buena medida orquestada por los medios de masas, protagonizada por "imágenes", por "palabras-clave" (p. 87). Casi podríamos hablar de mantras. De nuevo, porque es más importante la forma que el contenido. En última instancia lo que se busca es el posicionamiento de unos y otros, a uno y a otro lado de la división artificial que es presentada en el escenario del poder, que el propio mecanismo hace real, naturaliza (pp. 344-345). Ficción productora de realidad. Cuanto más cerca estemos de una situación crítica más neta será está separación, con mayor intensidad e irracionalidad serán demonizados o divinizados uno u otro bando.


Collage del autor.

En lo que hay que insistir es en la estructura espectacular, escénica, mediática, de esta triangulación. Cerise afirma que, en esta estructura triangular, solo dos de los tres integrantes aparecen en escena (p. 82). La tercera figura, el poder que orquesta la operación, está por encima del nivel en el que se enfrentan las otras dos partes del triángulo. De nuevo, según la lógica de que la desestructuración de la base hace posible la reestructuración de la cumbre:
"... dividir lo bajo para unificar lo alto. […] dividir, descentralizar y desorganizar siempre más la base de la pirámide social, lo que permite, por un efecto de vasos comunicantes, unificar, centralizar y organizar siempre mejor la cumbre de esta misma pirámide social. Acelerar artificialmente la entropía de los grupos humanos, intensificando las tendencias centrífugas que los recorren, para producir por contraste neguentropía centrípeta al nivel del control. En una palabra: «vampirización». Este es el nombre literario de esta transferencia de energía y de información" (pp. 320-231).
En esto, la teoría de Cerise (pp. 351-353) se acerca mucho a la que hemos propuesto nosotros, bajo el lema del "ojo que todo lo enmascara". En la pirámide masónica, no solo el ojo, esto es, el espíritu, el control, se ejerce desde arriba hacia abajo. Además, desde la base de la pirámide no se debe comprender lo que hay por encima. La escenificación de las falsas oposiciones se inscribe en esta estructura piramidal, en esta mecánica de enmascaramiento por niveles. De esta manera, los niveles superiores sirven de pantalla a los inferiores. Y finalmente ocultan lo que se esconde en la cumbre: la amoralidad, la perversión, la lascivia, el sadismo, el incesto, la antropofagia, el ritual de sexo y de sangre, el satanismo. Esta estructura piramidal y enmascaradora representa los diversos niveles y jerarquías de poder y de control, pero también los diversos niveles de comprensión del sistema. Y en este sentido la dimensión espectacular, escénica, mediática, enmascaradora, es clave.

Cerise está muy cerca de reconocer que lo que opera aquí es una mecánica sacrificial, pero no da el último paso. El sistema, en su conjunto, se alimenta de sí mismo, autodestruye su base para recuperar esta materia y esta energía y emplearla en la cohesión de su estructura, definida desde la cumbre. El espíritu, el plan, la cifra, la lógica, el valor de cambio, la cábala, se alimentan de la muerte de la materia, y al mismo tiempo la enmascaran en su aparato de propaganda, que hoy se extiende a todo. La metafísica es, en última instancia, antropofágica. La trascendencia es un erupto que apesta a carne humana.

Ya hemos dicho que una de las cosas interesantes de este investigador es su pensamiento transversal, transdisciplinar, multiescalar. Esto se aprecia a menudo, cuando sintetiza en una frase lo que para otros requiere páginas:
"La definición del capitalismo es: «Todo sistema en el que el dinero es el valor supremo» (p. 204)."
Efectivamente, aquí Cerise nos muestra que la clave es entender el capitalismo, el marxismo, el valor de cambio, en relación con el resto de valores. Lo que han hecho pocos economistas. Esto es lo que se echa de menos a menudo en la casta académica.

El francés no pierde de vista en ningún momento las vinculaciones profundas entre diversos ámbitos del conocimiento, en particular entre ingeniería social y capitalismo. Y así, nos dice que el objetivo de las élites es
"la abolición de todas las diferencias, salvo las que existen entre las cuentas bancarias" (p. 220).
De lo que se trata es de abolir todas las diferencias, de confundir todas las identidades, de vaciar todos los valores. De manera que toda la riqueza, que toda la energía que, por así decirlo, queda liberada, cargue el valor de cambio, como valor hegemónico global que estructura todo el sistema desde la cumbre. Aquí vemos el rol central que desempeña el dinero fiduciario en el régimen hollycapitalista que hoy padecemos.

O dicho con otras palabras, el capitalismo es "la abolición de todas las fronteras y de todos los límites" (p. 261). Excepto el límite del valor de cambio, como unidad de medida y jerarquía única y universal.

Insistimos en que lo más interesante de Cerise es pensar al mismo tiempo diversos ámbitos del saber. Así, para él, el transhumanismo es equivalente al capitalismo integral (p. 262). Diversos movimientos aparentemente heterogéneos, en realidad confluyen en la agenda transhumanista-hollycapitalista. El feminismo, el homosexualismo, el transgenerismo, el transgenetismo, el animalismo, el minoritarismo, el cibernetismo, etc., son epifenómenos de un fenómeno único que es la implementación de la agenda transhumanista. Esto es, del sacrificio del humano, tal como lo entendemos, para crear el transhumano.


Estamos en guerra

Por último, otro de los temas del pensamiento de Cerise que compartimos, y que muestra su lucidez y su compromiso, es que comprenda que "estamos en guerra":
"Es necesario no olvidar nunca una cosa: estamos en guerra. Hace falta tener esto muy presente. Tenemos por lo tanto que convertirnos en guerrilleros y librar esta guerra" (pp. 126, 173).
Pero aclara que esto no significa que sea necesario hacerlo, por el momento, con armas. La guerra es multidimensional, se libra desde hace décadas contra todos, en todos los frentes, también los psicológicos, cognitivos, mediáticos, etc.:
"Estamos en guerra y las armas utilizadas no son exclusivamente materiales" (pp. 337-339).
Cerise nos anima a librar esta guerra, pero con racionalidad, frialdad, inteligencia, mesura, nos llama a constituir, también, una élite intelectual (pp. 173-174).

Y nos recuerda que esta guerra es más crucial de lo que parece. Pues en definitiva implica el genocidio del ser humano, tal como lo entendemos. Nosotros añadimos que se trata, además de un genocidio, de un sacrificio del humano. Sobre todo de lo humano-social, de la zoé, en todas sus variedades —familia, clan, comunidad, raza, nación, Estado—, y con ello de lo humano-individual, que no es nada sin lo humano-social. En esto la religión del individualismo, que practicamente coincide con la religión del capital, tiene la máxima responsabilidad. El individuo es una más de las ficciones, de los mitos, de las creencias, de esta religión contemporánea que hoy padecemos.

Y junto al sacrificio del ser humano —Osiris—, lo que estamos presenciando hoy es la hierogamia de la inteligencia artificial —Isis— con su cadáver, para concebir y dar a luz a un nuevo ser transhumano —Horus—. Esto nos lo ha contando mejor que nadie Stanley Kubrick en "2001: Una odisea del espacio".

Pedro Bustamante es autor de "Sacrificios y hierogamias: La violencia y el goce en el escenario del poder (1 y 2)" (2016) y "El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses" (2015). Colabora en diversos medios alternativos como El Robot Pescador, El Espía Digital, Katehon, La Caja de Pandora y Csijuan.