2017-06-05

Pornografía, necrofilia y satanismo



Hay algo de necrofílico en la pornografía. No nos referimos específicamente a la pornografía snuff, en la que se realizan sacrificios y actos sexuales con víctimas de sacrificios, antes, durante o depués. Evidentemente esta pornografía es necrofílica. Pero también la pornografía en general, para la que se utilizan vivos, la pornografía legal, la mainstream, tiene un trasfondo necrofílico. Si esto es así es, probablemente, porque la pornografía snuff está alimentando secretamente la mainstream. Porque en definitiva remiten al ritual de sexo y sangre, que como hemos mostrado en Sacrificios y hierogamias confluye en el sacrificio-hierogamia.

Hay algo de necrofílico en esta pornografía mainstream que puede percibirse en muchos detalles. Toda la pornografía está imbuida de violencia, incluso aunque no se haga explícita. Una violencia fuertemente patriarcal, incluso en la pornografía hecha para mujeres, porque en definitiva remite a la violencia contra la maternidad. La pornografía en general es uno de los mejores ejemplos de esta separación radical entre la dimensión erótico-sexual y la fértil que atraviesa nuestra cultura. Y que no surge sola, de manera espontánea, sino, como estamos diciendo una y otra vez, en el marco de un ritual y de una ingeniería social basada en él. En otras palabras, ha habido que divinizar el arquetipo afrodítico, y al mismo tiempo, demonizar el demétrico, para que esto suceda.

La pornografía comercial, legal, que utiliza actores vivos, no es un género distinto de la pornografía ilegal, snuff, en la que se ven actores muertos o en trance de morir. Ambas conforman un mismo fenómeno, son dos caras de una misma moneda. La primera es solo la punta del iceberg, pero la segunda lo sostiene. En este sentido hay que entender la violencia que constituye toda la pornografía, que en última instancia es la violencia del satanismo-luciferismo dirigida contra la maternidad. Violencia contra la madre, contra el vientre fecundo. Y también violencia luciferina del espíritu desencarnado contra el acto sagrado por excelencia de la creación de vida.

En este sentido, todo lo pornográfico está imbuido de una profunda religiosidad. Una religiosidad que, como decimos, remite al satanismo y al luciferismo. Una religiosidad que, en nuestra época, adquiere una expresión, un formato, un aura particulares, de la mano de los medios audiovisuales. Y que se sigue desarrollando aún más en forma de realidad virtual y cibernética. Pero siempre en este marco necrofílico que no puede abandonar jamás porque es donde ha surgido.

En otras palabras, la pornografía es un culto sublimado a la muerte, y a la muerte sacrificial. Las tomas cortas que la cámara hace de los órganos sexuales son metáforas de los desmembramientos sacrificiales. Simbólicamente, lo que se ofrece a la vista del consumidor de pornografía son cuerpos desmembrados, pechos mutilados, falos castrados, vaginas y anos reventados. La lógica es la misma que la de los rituales de desmembramiento, pero ahora mediada por la tecnología, la estética, los efectos especiales, la vaselina. Es un ritual de sexo y sangre pero domesticado, mitigado, sublimado, sin olor ni sabor. No hace falta, ni siquiera, desmembrar realmente a la víctima. La cámara es ahora el verdugo.

De la misma forma hay que intepretar los gemidos de placer, que en el límite no se distinguen de los gritos de dolor. Aquí se ve también cómo la pornografía mainstream remite a la snuff movie. Hay una enorme ambigüedad entre el dolor y el placer. Es como si se buscase llegar al punto en que estos confluyen. Todo se sostiene, al menos en la pornografía heterosexual, hecha para hombres, en la pretensión de que la actriz porno disfruta. Pero al mismo tiempo, en que disfruta de su dolor. Aquí vemos también cómo la violencia es central en cualquier tipo de pornografía. Incluso aunque no se demasiado explícita. Cómo lo que está en el centro de la pornografía es el sadismo, más típicamente masculino. Que en definitiva es también el motor fundamental del régimen del falo.

Como en el teatro, el público de la pornografía retorna a la inocencia de la infancia para creerse que la ficción que ve es real. El espectador de pornografía sabe que está viendo a una actriz porno y sabe que la está penetrando un actor porno, pero se abandona a la ilusión de que es él mismo el que la penetra y de que la actriz no está trabajando ni fingiendo su placer.

Y de aquí a confundir el gemido de dolor de la actriz con el gemido de placer hay solo un paso. Insistimos, la pornografía es, antes que nada, una práctica sádica. Sirve para descargar el sadismo que constituye la cultura humana, particularmente en el caso de los hombres, en lugar de hacerlo en la vida real. Tiene una función social fundamental, que es descargar este sadismo, que es, seguramente, lo que define antes que nada al humano.

Pero, al mismo tiempo, esta descarga de sadismo es una farsa, un engaño provisional, que no satisface al sádico, que realimenta esta tendencia sádica en la realidad. La pornografía, hasta cierto punto, amortigua este sadismo, pero no lo descarga por completo, genera también una reacción.

Esto nos lleva de nuevo a lo que decíamos, que la pornografía lleva implícita la necrofilia. La pornografía es una forma sublimada de satanismo y de culto a la muerte. No solo de culto a la muerte en abstracto, sino a la muerte como discontinuidad intencionada de la vida de la zoé, de lo que nos supera como bíoi. Esto es, culto al sacrificio de la maternidad. El sadismo sublimado que constituye la pornografía es el mismo que el del satanismo. Y en esto consiste, como estamos intentando mostrar, el transhumanismo.

Pedro Bustamante es autor de "Sacrificios y hierogamias: La violencia y el goce en el escenario del poder (1 y 2)" (2016) y "El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses" (2015).